perdiendo velocidad
El cuento del mes:
Perdiendo velocidad
por Samanta Schweblin.

La historia comienza

12|05
2008

la historia comienza

I

“Una historia no tiene comienzo ni fin: arbitrariamente uno elige el momento desde el cual mira hacia atrás o hacia adelante”. Así comienza El fin de la aventura. Unos renglones después Graham Greene admite que tal vez no sea él quien haya eligido por dónde comenzar, quizá sea producto de un designio divino.

Esas primeras derivas de Greene podrían considerarse como lo que Amos Oz define como “el contrato” de la narración. Cada inicio delimita una relación entre el escritor y el lector.

II

¿Dónde empieza un relato como es debido? Todo principio de relato es siempre una especie de contrato entre escritor y lector. Hay, por supuesto, toda clase de contratos, incluidos los que son insinceros. A veces el párrafo o capítulo inicial actúa a la manera de un pacto secreto entre escritor y lector, a espaldas del protagonista. Es el caso del inicio del Quijote y de Ayer mismo, de Agnón. Hay contratos engañosos, en los cuales el autor parece revelar toda suerte de secretos, de modo que el desprevenido lector muerde el anzuelo, imaginando que en efecto se le invita a entrar en el cuarto oscuro y sin darse cuenta de que ese “entre bastidores” no es en realidad lo de detrás de las bambalinas sino solamente un nuevo decorado; mentras el lector se imagina que forma parte de una conspiración, en verdad no es más que la víctima de otra conspiración más sutil: el contrato visible no es más que un objeto de mentira, el sujeto de un contrato interno, más sutil, más taimado. (…) Hay contratos filosóficos, como la famosa frase inicial de Anna Karenina, de Tolstói: “Todas las familias felices se parecen; cada familia infeliz lo es a su propia manera”. En realidad, el propio Tolstói, en Anna Karenina y en otras obras, contradice esta dicotomía.

Es preciso entonces, leer con detenimiento: se nos revelará mucho más que un buen comienzo. Y de hecho, quien haya leído El fin de la aventura, coincidirá conmigo que esas primeras diez o quince líneas abordar el tema de la novela con una precisión dolorosa.

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Dos hijos de puta

12|05
2008

¿Qué libros le hubiera gustado escribir de la literatura, la historia o el periodismo de todas las épocas?

Se va a sorprender con la respuesta, pues no hay nada que esté más alejado de mí, pero La montaña mágica, de Thoman Mann, o Del tiempo y el río, de Thomas Wolfe. Y claro que me hubiera gustado escribir varios de los libros de mis compañeros, maestros y amigos, como Walsh y Urondo. Y también un libro como El sueño de los héroes, de Bioy Casares, a pesar de yo no tener nada que ver con él.

Sus lectores más prejuiciosos, pienso, se sorprenderán.

Yo no soy nada prejuicioso. Y a pesar de no tener nada que ver políticamente con Bioy Casares, que era un gran hijo de puta, debo decir que era un gran escritor. Lo mismo corre para Borges.

Extracto de la entrevista que el mes pasado le realizó el periodista Mauricio Runno al columnista político de Página 12, Horacio Verbitsky.

Borges meando

09|05
2008

flores robadas en los jardines de quilmesToqué a Borges, qué rara emoción. Tentado, lo guié hasta el inodoro. El maestro me decía gracias, no se moleste tanto, gracias, todavía puedo. El me decía con cierto pudor, con deseos naturales de quedarse solo y pelar su pajarillo en paz. Lo coloqué, más o menos, al lado del inodoro y salí. Ni siquiera miré a Doña Paula, la cincuentona histérica que aguardaba en el pasillo la finalización de la pishada, que contemplaba, desde el pasillo, a la concurrencia, acaso pensando en sus recuerdos del mañana, en sus nietos, y daba exageradas gracias a Dios porque todo hubiera salido “lindo”, y porque Jorge Luis Borges estuviera allí, no tanto en el baño como en el altivo panamericano de artes y ciencias, un instituto embrionario, que se postula como paradigma, como dijo en el discurso. La cultura, ah, qué maravilloso es “hacer cosas en el campo de la cultura”, si hasta parecía mentira que su esposa, la Astete, la de Millán, estuviera cantando milongas, qué logro, qué satisfacción.

Mientras tanto yo me preguntaba en cuánto podría cotizarse, dentro de algunos años, una fotografía de Borges meando. Continuar leyendo »

El trabajo

09|05
2008


Colaboración enviada
por Cristian de Nápoli.


Si en 2007 se imprimieron tres o cuatro novelas tan buenas como El trabajo, sigue justificada la narrativa rioplatense desde la óptica del hacha misionera. Si esas tres o cuatro novelas pasaron tan desapercibidas como ésta de Aníbal Jarkowski, entonces sí estaríamos talando sin necesidad.

El trabajo apenas se reseñó y casi no tuvo hasta ahora lectores, en parte porque la editó Tusquets que es una editorial –diría Puig– fantasmagórica, en parte porque su autor parece estar fuera de las negociaciones con el periodismo cultural estándar y sin el respaldo, todavía, del puñado de lectores que le quedan al mundo blog. Hubo una reseña ajustada de Osvaldo Aguirre en el diario La Capital. Otra, que es más bien un ensayo sobre tres libros, la escribió Beatriz Sarlo en medio de un intento por acercarse a César Aira y los académicos pop. Y está también la desnorteada rúbrica de Gustavo Ferreyra publicada en el blog del narrador decadentista Pedro Mairal, donde se afirma que la de Jarkowski es una novela “cool”. Allá Ferreyra y sus sinónimos para lo diferente. Nos dice incluso que El trabajo no es en absoluto una novela erótica, seguramente porque Ferreyra es un buen tipo y no se permite excitarse con una protagonista que la pasa mal.

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La nota al pie

08|05
2008

Matías Fernández


por Matías Fernández
matiasfernandez.hda@gmail.com


Los compradores de libros pueden cruzarse con muchos desafíos en excursiones a las bocas de expendio, las librerías.

Lo más común es no encontrar el título buscado. Que no lo asombre al comprador desprevenido, en la cadena de la Y no siempre tienen 1984. (¿La culpa es de la librería o de las editoriales?)

Pero existen otras dificultades cuando buscamos un libro no como objeto de placer sino como herramienta. En esa búsqueda se puede llegar a necesitar características particulares. Una traducción específica, un formato exacto o, lo que a mí me interesaba: una edición anotada.

Es común que el librero -que no es de una librería sofisticada, como la de Once que cada tanto visito- mire al comprador con cara de angustia existencial al pedir un libro anotado. Me respondieron alguna vez “no vendemos usado”. Ese es el momento en que me vi en la obligación de explicarle al comerciante qué es un libro anotado. Decirle que no entra en esa categoría al tener una nota al pie o dos sino en estar completa y sistemáticamente anotado.

Las notas al pie no son decoraciones de relleno, o no deberían serlo, sino un servicio que tiene el objeto de brindar datos indispensables al lector sin los cuales le sería imposible comprender ciertos aspectos de la obra; tiene algo de pedagógico, pero también de gesto amigable. Yo buscaba un Facundo. Datos como la asunción de cada período rosista, los viajes por venir de Sarmiento o las razones de su exilio son poco más que indispensables.

Podemos encontrar notas al pie en gran variedad de libros. En los de ficción clásica sirven las notas del editor o del traductor (NdelA, NdelE) que generalmente aclaran obstáculos insalvables en su tarea. En cambio, en los libros contemporáneos de ficción tiendo a verlas como una aberración, siempre y cuando no sean del autor.

Pero claro, la precedente es la excepción. Lo más común es hallarlas en los llamados libros de no-ficción, así, por la vía negativa. Ensayos, crónicas, biografías y otros.

El Instituto Cervantes dice en su libro Saber escribir(1) que las notas, si están de más, pueden llegar a quedar como un ejemplo de presunción erudita y que dificultan la lectura. Aunque reconoce que en los textos académicos cumplen ciertas funciones.

  1. Indicar el origen de las citas
  2. Añadir bibliografía de refuerzo
  3. Introducir una cita de refuerzo
  4. Corregir afirmaciones
  5. Realizar referencias internas o externas al texto.

Algunos investigadores piensan que es una buena idea utilizar las notas al pie como espacio marginal, una especie de banquina. Allí van todas las ideas alternativas que no encajaban en el texto principal, en la parte central de la caja. Este es otro uso de la nota, un ejercicio de renunciamiento. ¿Existen libros en los que las notas son más interesantes que el texto principal? Seguro que si.

¿Y si molestan? Algunos lectores habituales de HdA tienen la costumbre de tachar las notas, no las aguantan, les gritan buchonas y aguafiestas, por quitarle lo difícil al libro. Yo no concuerdo, claro.

¿Adónde podemos ubicar las notas, si molestan? Este no es un tema menor para algunos editores que sostienen su posición fervorosamente. Muchos de ellos prefieren ubicarlas al final de cada capítulo. Claro, armar un libro con las notas en cada página significa mucho más trabajo. No hablemos de aquellos que ni siquiera se toman la molestia del capítulo y mandan todo al final del libro. Sin más, como en penitencia. Termina sentenciándose a la nota a la inexistencia. Porque ¿quién pasa todas las hojas con el número de orden en la memoria para buscarlas notas de la número cinco? Esto es una gran contradicción: el servicio del autor termina convirtiéndose en un castigo del editor para el lector. En otras palabras, paga el justo por pecador.

¿Y en la poesía? Allí como todo, es un gesto con significación propia, salvo, repito, cuando es nota del traductor. El caso mas famoso a nivel nacional quizás sean las notas “orientalistas” en La Cautiva de Echeverría.

A quién adivine el origen de esta cita le regalo una felicitación telepática:

*Los perros fracasados han perdido a su dueño por levantar la pata como una mandolina, el pellejo les ha quedado demasiado grande, tienen una voz afónica, y son capaces de estirarse en un umbral, para que los barran junto a la alfombra.

(1)En: Saber escribir, Instituto Cervantes, Editorial Aguilar, Buenos Aires, 2007, pp 467/8

Hoy hablamos del asunto en eBlog

08|05
2008


por P. Z.


Leandro Zanoni se tomó unos días de vacaciones y tuvo la gentileza de invitarme a publicar un post en eBlog. Y fue más gentil todavía cuando, injustificadamente, me incluyó dentro de un Dream Team.

Aproveché el espacio para trabajar una de mis pasiones: recorrer Buenos Aires a través de sus marcaciones literarias. Cortázar, Sasturain, Piglia, Feinmann, Cané, Kohan, Baldomero y muchos otros nos llevan desde Plaza de Mayo hasta la manzana de Borges.

Lo que no logré poner allá fueron estas diapositivas. Acá están medio descolgadas, pero si leen la nota, seguro les encontrarán sentido.

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Un último comentario: le agradezco a Matías que ayer, y hasta la una y pico de la mañana, estuvo ayudándome, revisando y corrigiendo el texto.

Fogwill y Villoro en La Boutique

08|05
2008


por P. Z.


Volvía del mecánico. No sé qué le pasa al auto, todos los meses es un dolor de cabeza. O, mejor, sí sé: está viejo.

Volvía, decía, cuando recordé que estaba muy cerca de la Boutique del Libro donde Fogwill y Juan Villoro presentaban sus novelas En otro orden de cosas y Los culpables. Quería llegar a casa, ver el partido con mi hijo, comer con Ella, olvidarme de un miércoles largo. Pero estaba tan cerca.

Así que me fui para allá, la charla ya empezada, me quedé un cachito, y llegué a grabar estos dos minutos de Fogwill:

Después sí: volando a casa, que Boca ya había hecho el segundo.

Recibimos: Conejo de Viaje

07|05
2008

El agradecimiento a Editorial Sudamericana por el envío del nuevo libro de Liniers, Conejo de viaje.

conejo de viaje

Voy a contar una intimidad de HdA. Al recibir libros, generalmente vemos quién se lo lleva, evaluando quién tiene tiempo, cuál es el interés del texto, quién puede producir un mejor lectura.

Pero en este caso, no hay entrega posible. El libro se queda en casa. Por dos motivos: el primero, porque me encanta Liniers; el segundo -y el más importante-, porque si mi hija se llegara a enterar que lo cedí es capaz de echarme a la calle.

El mito de la mujer fatal

07|05
2008


por Marcelo Zuccotti
mgzuccotti@yahoo.com.ar


carmen

Introducción

Que las cosas que uno vive en la infancia quedan guardadas en un recóndito lugar de la memoria, no es nada nuevo. Razón de ser inicial de la Psicología, junto a la interpretación de los sueños, la evocación de imágenes es parte tanto de la vida consciente como de la inconsciente. Lo curioso resulta siempre la forma en que uno llega al recuerdo.

Contaba con escasos diez años, cuando una cansina tarde de verano mi prima me acercó un libro de cuentos, entre los cuáles se hallaba “La Venus de Ille”, enrolado dentro de la llamada “literatura fantástica”. Aun hoy viene a mí la enorme impresión que dejó ese relato; tanto, que hasta ahora mismo podría narrarlo bastante fielmente.

Luego, al ponerse en camino mi pasión por las artes, llegué a una vieja película donde una cigarrera y contrabandista gitana lo tenían a maltraer a un joven soldado, hasta que él le daba muerte, puesto que no podía vivir sin ella, y sus celos le habían enfermado.

Finalmente, al decidir aprender algo sobre ópera, tuve la fortuna de asistir a una función de la obra de Bizet, inspirada en el texto que comento.

En la presente edición de Carmen, de Prosper Merimée, (Biblioteca Edaf, Madrid, 2003) se encuentra un prólogo en el que se hace un resumen de la vida del autor, su actividad como funcionario del emperador Luis Napoleón Bonaparte (amigo de la esposa de éste), su rescate de valiosas obras culturales francesas y, también, su oposición al romanticismo neonato, en autores de la talla de Flaubert, Hugo y Baudelaire. Descreído de los beneficios que aparejaba el republicanismo, Merimée se hace acreedor de la transformación del género romántico apasionado, hacia un realismo más natural y menos pomposo. Sus obras más destacadas resultan breves, más destinadas a entretener a un público femenino afín que a la concreción de la “gran novela” francesa del siglo XIX.

La obra

Resulta altamente llamativo el epigrama inicial que abre el relato: “Toda mujer es hiel, pero tiene dos momentos buenos: uno, en el lecho; el otro, en la muerte”, tomado de Páladas (poeta griego, ca. 400 d.C.). Resume e impregna a toda la obra de esa visión amarga y pesimista.

La historia de Carmen y José, ambientada en torno al mundo gitano, tiene como fondo la España atrasada culturalmente respecto de la moderna Francia, que el autor no deja de retratar. Conocedor de la realidad social y gran observador, Merimée delinea al joven soldado, hidalgo del País Vasco, inculto y obediente, al que una joven y bonita mujer, de origen gitano, a fuer de encantos y de mentiras, degrada hasta convertirlo en asesino, contrabandista y fugitivo, por amor.

El contraste entre ambos personajes es quizás lo mejor de la obra. Ella, resuelta y bien pagada de sí, toma la vida “como viene” y está dispuesta a correr todos los riesgos, excepto uno: el perder su libertad. Para este ser, la prisión y el vínculo afectivo resultan sinónimos. Es por eso que rechaza el amor y la devoción que le demuestra José. Éste, no omite esfuerzo ni humillación ninguna para obtener el amor de su ser amado. Enfermo de celos y de desazón, ante la imposibilidad de lograr su cometido, decide darle fin al objeto de su sentir, sabiendo que, haciéndolo, también él se da fin a si mismo, puesto que su vida deja de tener sentido.

Conclusión

Hacía mucho tiempo que no leía un relato “pasional”, donde cada escena se encuentra cargada de tensión, y en el que los personajes quedan tan bien definidos desde el inicio de la trama. Si bien el género parece muy trillado, rescato la economía de palabras para describir perfectamente situaciones y circunstancias, como uno de los más altos valores de la obra. En un tiempo en el que pareciera necesario llenar hojas para definir un texto, el relato de Merimée no por breve resulta menos vívido y ameno. Sin dudas, todo un modelo de narración.

No lean

06|05
2008

José María Figueras


por José María Figueras
josemfigueras@gmail.com


Y sí, la verdad es que no tengo la menor idea de qué habla Dostoievski en Los hermanos Karamazov, no leí Crimen y castigo y del escritor ruso sólo leí unas cuarenta páginas de El jugador, libro que, luego me entero, no es de lo mejorcito que escribió. Jamás leí a Graham Green. Ni a Augusto Roa Bastos. Ni a John Berger. Ni a Clarice Lispector, leí muy poco de Cortázar apenas algunos cuentos en la secundaria. Y así podría seguir, la lista de todo lo que no leí es enorme.

Como enorme es la cantidad de libros que hay. Hubo y habrá. Pocas sensaciones más frustrantes (y a la vez, emocionantes) que ver los estantes de las librerías. Nunca leeremos todo lo que ahí espera. Conscientes de nuestra finitud, seleccionamos nuestras lecturas y, de a poco, vamos definiendo nuestro propio perfil de lector. Compramos lo que nos gusta o por lo menos lo que pensamos que nos va a gustar. Igualmente eso no alcanza para consolarnos, sabemos que hay ciertas lecturas que hay que conocer sí o sí. Hay un canon universal preestablecido al que no nos invitaron a votar pero existe, está, es real y de alguna manera hay que pasar por él.

No podés no leer Hamlet, El lobo estepario, 1984, El viejo y el mar, El Quijote, Martin Fierro, El castillo, etc, etc, etc. Te gusten o no. Esa es otra historia. Pero hay que leerlos.

O por lo menos saber comentarlos. Eso es lo que propone un señor que se llama Pierre Bayard en un libro que saldrá en septiembre (y que será obviamente best seller como ya lo es en todo el mundo) y que se llama Cómo hablar de los libros que no se han leído.

En una entrevista en Ñ, él dice que “Yo no le puedo decir exactamente si leí a Hegel, a Kant o Freud o Lacan. He leído fragmentos. Y después leí muchos textos sobre esos autores”.

Quizás por no querer abusar del caradurismo, debo confesar que a mí me da más vergüenza que orgullo desconocer textos “básicos del conocimiento mundial”.

Bayard no carga con esa mochila: “Yo mismo no terminé el Ulises de Joyce y no me culpabilizo porque quizás no sea un libro para mí”. Este profesor francés de literatura también aniquila la vieja práctica de leer ordenadito desde la primera hoja y hasta la última sin saltear nada. Por el contrario, avala la práctica de leer por la mitad, de leer párrafos sueltos o saltearse capítulos enteros.

Estamos frente a un problema: ¿se puede opinar sobre algo que se desconoce? Bayard cree que sí: “se puede tener una apasionada conversación sobre un libro que uno no leyó e incluso con una persona que tampoco lo leyó”.

Bueno, ya saben si me ven opinando sobre Dostoievski no me hagan caso…