La historia comienza
2008
I
“Una historia no tiene comienzo ni fin: arbitrariamente uno elige el momento desde el cual mira hacia atrás o hacia adelante”. Así comienza El fin de la aventura. Unos renglones después Graham Greene admite que tal vez no sea él quien haya eligido por dónde comenzar, quizá sea producto de un designio divino.
Esas primeras derivas de Greene podrían considerarse como lo que Amos Oz define como “el contrato” de la narración. Cada inicio delimita una relación entre el escritor y el lector.
II
¿Dónde empieza un relato como es debido? Todo principio de relato es siempre una especie de contrato entre escritor y lector. Hay, por supuesto, toda clase de contratos, incluidos los que son insinceros. A veces el párrafo o capítulo inicial actúa a la manera de un pacto secreto entre escritor y lector, a espaldas del protagonista. Es el caso del inicio del Quijote y de Ayer mismo, de Agnón. Hay contratos engañosos, en los cuales el autor parece revelar toda suerte de secretos, de modo que el desprevenido lector muerde el anzuelo, imaginando que en efecto se le invita a entrar en el cuarto oscuro y sin darse cuenta de que ese “entre bastidores” no es en realidad lo de detrás de las bambalinas sino solamente un nuevo decorado; mentras el lector se imagina que forma parte de una conspiración, en verdad no es más que la víctima de otra conspiración más sutil: el contrato visible no es más que un objeto de mentira, el sujeto de un contrato interno, más sutil, más taimado. (…) Hay contratos filosóficos, como la famosa frase inicial de Anna Karenina, de Tolstói: “Todas las familias felices se parecen; cada familia infeliz lo es a su propia manera”. En realidad, el propio Tolstói, en Anna Karenina y en otras obras, contradice esta dicotomía.
Es preciso entonces, leer con detenimiento: se nos revelará mucho más que un buen comienzo. Y de hecho, quien haya leído El fin de la aventura, coincidirá conmigo que esas primeras diez o quince líneas abordar el tema de la novela con una precisión dolorosa.








