John Berger inédito
Publicado en Ñ el sábado 30/12/2006
En casa
John Berger
Así que quieres una historia sobre estar en casa, dijo ella, ahí te va una:
Tenía trece años, tal vez catorce. El ya tenía voz de hombre pero no el ritmo de una voz de hombre. Estaba sufriendo y estaba decidido a que no se le notara. K y dos chicos más habían golpeado a mi puerta y me habían despertado. Cuando hay problemas y corre la sangre, la gente suele venir a consultarme porque saben que trabajo en la farmacia. Y yo asumo ese rol porque, a pesar de lo que muchos creen, eso me hace la vida más fácil. Raf estaba herido en la pierna y no podía apoyar el pie derecho. Había venido saltando en un pie, los dos brazos alrededor de los hombros de los otros. Se llama Raf, me dijeron.
En los tiempos en que vivimos, el coraje espontáneo empieza bien en la juventud. Lo que viene con la edad es la resistencia el cruel regalo de los años.
Le dispararon desde uno de los jeeps; estaba afuera después del toque de queda. El se las arregló para arrastrarse bajo un camión abandonado y después, esconderse en un lugar en ruinas. Dije a los chicos que lo iba a examinar a solas, en la farmacia. Así, si las luces llamaban la atención –era más de medianoche–, ellos no quedarían implicados.
Buscamos una camilla de lona, pusimos a Raf encima, lo llevamos hacia atrás por el camino roto y después, lo pasamos a la camilla permanente que está en la habitación trasera de la farmacia. Aparentemente, había perdido una buena cantidad de sangre.
Le dije a K que podía volver en una hora si quería y que si, por cualquier razón, encontraba la farmacia cerrada y con candado, eso significaría que yo me había llevado a Raf al hospital, de urgencia.
Los tres se me quedaron mirando como si yo me hubiera vuelto inmensamente grande. Probablemente no haga falta, les dije para tranquilizarlos, voy a hacer todo lo que podamos para evitarlo pero tenemos que pensar en todo, ¿no es cierto? Si estamos aquí, golpeen a la puerta tres veces.
Cuando nos quedamos solos, Raf me sonrió. Una sonrisa rara para alguien tan joven, como si ambos, los dos, hubiéramos pasado un examen para hacer algo, y la sonrisa fuera de reconocimiento y orgullo por eso.
Tiraron cinco cargadores y creo que erraron tres, dijo.
¿Dónde está tu madre?
En la aldea.
¿Qué estás haciendo aquí?
Trabajando.
Trabajas hasta tarde...
Usted también trabaja hasta tarde, contestó él y se frotó los ojos. Yo no supe si era por dolor o como señal de complicidad. Tal vez, las dos cosas.
Le saqué los vaqueros, le limpié la pierna y corté con tijeras el torniquete que le habían hecho en la parte superior del muslo. No hubo un brusco chorro de sangre así que, gracias a Dios, no habían tocado la arteria. El me miraba, curioso, pero no sobre su situación inmediata: ¿Sabe con qué sueño?, me preguntó.
Yo controlé sus reacciones tocando la planta del pie polvoriento, manchado de sangre, y la pierna se retorció como es debido. Los nervios le funcionaban bien. Le lavé los pies.
¿Sabe con qué sueño?, repitió él.
No, dime. Ahora te voy a examinar la herida; si te duele demasiado, me lo dices en voz baja.
Sueño, dijo, que estoy panza arriba en la cubierta de una lancha a motor y usted está manejando y estamos lejos de la costa y la lancha está golpeando las olas. Zump. Zump.
Eran dos heridas adyacentes. Una era larga y no muy profunda y la otra era fea y pequeña y profunda. Supuse que la bala que había causado la primera había entrado por una tangente porque la habían disparado desde arriba y había vuelto a salir donde terminaba la herida, sobre la rodilla.
¿Adónde va nuestra lancha?, le pregunto mientas levanto con la mano izquierda el pequeño instrumento que sirve para abrir los labios de una herida. La orilla de una herida, como dicen los franceses, como la orilla de un río.
En la mano derecha, tengo una cánula y con la punta, golpeo con delicadeza a todo lo largo de la abertura; espero oír un ruido metálico o tocar bruscamente la dureza del metal. Es más fácil registrar una bala incrustada así que verla con los ojos.
Así que, ¿adónde vamos?, pregunta él. Estoy acostado en cubierta y usted está en el timón. ¿Adónde vamos?
No había ninguna bala. Dejé caer el labio. Ahora, la fea.
¿Sabes una cosa sobre los sueños de todos ustedes, los hombres?, le pregunto.
Dígame, dice en tono áspero.
Les encanta soñar con el confort...
Estaba buscando y oí el ruido del metal. Dos golpes más. Una bala.
Y las mujeres, ¿qué es lo ellas...? De pronto, apretó los dientes.
Vamos a hacer algo para que te deje de doler, Raf.
No se vaya.
¿Crees que te voy a dejar en la camilla? Espera treinta segundos.
Crucé hacia los analgésicos donde encontré la morfina que estaba buscando.
Voy a darte una inyección en el hombro.
Le di la inyección (5 mg) y los dos esperamos.
¿Y con qué sueñan las mujeres?, preguntó por fin.
Con que los lugares ya no estén separados, le digo.
Los lugares tiene que estar separados, ¡para eso están los kilómetros!
La lógica tranquila de su respuesta me recordó a mi esposo, que está en prisión.
No mires ahora, susurro, cierra los ojos.
Con los ojos cerrados, me asusto, veo las Uzi 5s que me están apuntado.
Entonces, mírame la cara, no las manos.
¡Así que tiene hoyuelos!, dijo, todavía tiene hoyuelos.
Desde el fondo de la herida, saqué con los fórceps una bala verdosa como un diente podrido. El ni siquiera se estremeció. Después, hice gotear un poco de antiséptico en la herida hasta que rebalsó como un volcán. El cerró el puño derecho, solamente eso.
Levanté la bala de 30 mm de la Uzi con un par de pinzas y se la mostré.
Y él empezó a sollozar. Puse mi cabeza junto a la de él, y después de unos minutos, se durmió.
Le cierro las heridas con hilo y una aguja curva chiquita. Después de que cada uno de los puntos acerca las dos orillas del río, hago un círculo con el hilo alrededor de las pinzas que sostienen la aguja para hacer un nudo. Procedo, nudo por nudo. La herida quiere que la una.
Hacer los nudos me hizo recordar los dedos de mi abuela y la forma en que se movían cuando ella estaba bordando. Eran dedos más diestros que los míos.
Le hago dos vendajes, le pongo una almohada bajo la cabeza. Y hamaco la camilla imitando una lancha que cabalga en las olas que se levantan a su paso.
Eran las 2.30 de la mañana. Estábamos solos, estábamos esperando. Todo estaba tranquilo.
Revista Ñ, 30/12/2006 - Traducción: Márgara Averbach
En casa
John Berger
Así que quieres una historia sobre estar en casa, dijo ella, ahí te va una:
Tenía trece años, tal vez catorce. El ya tenía voz de hombre pero no el ritmo de una voz de hombre. Estaba sufriendo y estaba decidido a que no se le notara. K y dos chicos más habían golpeado a mi puerta y me habían despertado. Cuando hay problemas y corre la sangre, la gente suele venir a consultarme porque saben que trabajo en la farmacia. Y yo asumo ese rol porque, a pesar de lo que muchos creen, eso me hace la vida más fácil. Raf estaba herido en la pierna y no podía apoyar el pie derecho. Había venido saltando en un pie, los dos brazos alrededor de los hombros de los otros. Se llama Raf, me dijeron.
En los tiempos en que vivimos, el coraje espontáneo empieza bien en la juventud. Lo que viene con la edad es la resistencia el cruel regalo de los años.
Le dispararon desde uno de los jeeps; estaba afuera después del toque de queda. El se las arregló para arrastrarse bajo un camión abandonado y después, esconderse en un lugar en ruinas. Dije a los chicos que lo iba a examinar a solas, en la farmacia. Así, si las luces llamaban la atención –era más de medianoche–, ellos no quedarían implicados.
Buscamos una camilla de lona, pusimos a Raf encima, lo llevamos hacia atrás por el camino roto y después, lo pasamos a la camilla permanente que está en la habitación trasera de la farmacia. Aparentemente, había perdido una buena cantidad de sangre.
Le dije a K que podía volver en una hora si quería y que si, por cualquier razón, encontraba la farmacia cerrada y con candado, eso significaría que yo me había llevado a Raf al hospital, de urgencia.
Los tres se me quedaron mirando como si yo me hubiera vuelto inmensamente grande. Probablemente no haga falta, les dije para tranquilizarlos, voy a hacer todo lo que podamos para evitarlo pero tenemos que pensar en todo, ¿no es cierto? Si estamos aquí, golpeen a la puerta tres veces.
Cuando nos quedamos solos, Raf me sonrió. Una sonrisa rara para alguien tan joven, como si ambos, los dos, hubiéramos pasado un examen para hacer algo, y la sonrisa fuera de reconocimiento y orgullo por eso.
Tiraron cinco cargadores y creo que erraron tres, dijo.
¿Dónde está tu madre?
En la aldea.
¿Qué estás haciendo aquí?
Trabajando.
Trabajas hasta tarde...
Usted también trabaja hasta tarde, contestó él y se frotó los ojos. Yo no supe si era por dolor o como señal de complicidad. Tal vez, las dos cosas.
Le saqué los vaqueros, le limpié la pierna y corté con tijeras el torniquete que le habían hecho en la parte superior del muslo. No hubo un brusco chorro de sangre así que, gracias a Dios, no habían tocado la arteria. El me miraba, curioso, pero no sobre su situación inmediata: ¿Sabe con qué sueño?, me preguntó.
Yo controlé sus reacciones tocando la planta del pie polvoriento, manchado de sangre, y la pierna se retorció como es debido. Los nervios le funcionaban bien. Le lavé los pies.
¿Sabe con qué sueño?, repitió él.
No, dime. Ahora te voy a examinar la herida; si te duele demasiado, me lo dices en voz baja.
Sueño, dijo, que estoy panza arriba en la cubierta de una lancha a motor y usted está manejando y estamos lejos de la costa y la lancha está golpeando las olas. Zump. Zump.
Eran dos heridas adyacentes. Una era larga y no muy profunda y la otra era fea y pequeña y profunda. Supuse que la bala que había causado la primera había entrado por una tangente porque la habían disparado desde arriba y había vuelto a salir donde terminaba la herida, sobre la rodilla.
¿Adónde va nuestra lancha?, le pregunto mientas levanto con la mano izquierda el pequeño instrumento que sirve para abrir los labios de una herida. La orilla de una herida, como dicen los franceses, como la orilla de un río.
En la mano derecha, tengo una cánula y con la punta, golpeo con delicadeza a todo lo largo de la abertura; espero oír un ruido metálico o tocar bruscamente la dureza del metal. Es más fácil registrar una bala incrustada así que verla con los ojos.
Así que, ¿adónde vamos?, pregunta él. Estoy acostado en cubierta y usted está en el timón. ¿Adónde vamos?
No había ninguna bala. Dejé caer el labio. Ahora, la fea.
¿Sabes una cosa sobre los sueños de todos ustedes, los hombres?, le pregunto.
Dígame, dice en tono áspero.
Les encanta soñar con el confort...
Estaba buscando y oí el ruido del metal. Dos golpes más. Una bala.
Y las mujeres, ¿qué es lo ellas...? De pronto, apretó los dientes.
Vamos a hacer algo para que te deje de doler, Raf.
No se vaya.
¿Crees que te voy a dejar en la camilla? Espera treinta segundos.
Crucé hacia los analgésicos donde encontré la morfina que estaba buscando.
Voy a darte una inyección en el hombro.
Le di la inyección (5 mg) y los dos esperamos.
¿Y con qué sueñan las mujeres?, preguntó por fin.
Con que los lugares ya no estén separados, le digo.
Los lugares tiene que estar separados, ¡para eso están los kilómetros!
La lógica tranquila de su respuesta me recordó a mi esposo, que está en prisión.
No mires ahora, susurro, cierra los ojos.
Con los ojos cerrados, me asusto, veo las Uzi 5s que me están apuntado.
Entonces, mírame la cara, no las manos.
¡Así que tiene hoyuelos!, dijo, todavía tiene hoyuelos.
Desde el fondo de la herida, saqué con los fórceps una bala verdosa como un diente podrido. El ni siquiera se estremeció. Después, hice gotear un poco de antiséptico en la herida hasta que rebalsó como un volcán. El cerró el puño derecho, solamente eso.
Levanté la bala de 30 mm de la Uzi con un par de pinzas y se la mostré.
Y él empezó a sollozar. Puse mi cabeza junto a la de él, y después de unos minutos, se durmió.
Le cierro las heridas con hilo y una aguja curva chiquita. Después de que cada uno de los puntos acerca las dos orillas del río, hago un círculo con el hilo alrededor de las pinzas que sostienen la aguja para hacer un nudo. Procedo, nudo por nudo. La herida quiere que la una.
Hacer los nudos me hizo recordar los dedos de mi abuela y la forma en que se movían cuando ella estaba bordando. Eran dedos más diestros que los míos.
Le hago dos vendajes, le pongo una almohada bajo la cabeza. Y hamaco la camilla imitando una lancha que cabalga en las olas que se levantan a su paso.
Eran las 2.30 de la mañana. Estábamos solos, estábamos esperando. Todo estaba tranquilo.
Revista Ñ, 30/12/2006 - Traducción: Márgara Averbach
Etiquetas: John Berger, Medios, Relatos


0 Comments:
Publicar un comentario en la entrada
<< Home