Las fotos de Vila Matas y Chejfec son de Cristian Piazza, la de Fresán de Àngel Monlleó y la de Javier Marías de la Universidad Católica de Chile
Una lectura de la primer parte de Tu rostro mañana de Javier Marías en un reciente viaje por el Litoral me suscitó varias preguntas que gloso en estas líneas con apoyo crítico. En la última edición de la revista española Quimera, Jorge Carrión coordinó un dossier temático en torno a las diez mejores novelas españolas de esta última década. Para el mismo, reunió una serie de críticos prestigiosos que se inclinaron por diferentes obras. Entre ellos, el mismo Carrión realizó un análisis (“Teoríafobia. Hipótesis sobre la literatura española estrictamente contemporánea”[1]) donde vertió una idea tan certera como atractiva: definió la literatura española como teórico-fóbica y la literatura argentina como teórico-fílica, al menos en lo que respecta a las últimas cuatro décadas. Para ilustrar esta oposición, el escritor catalán cita entre los primeros a Cela, Delibes, Marsé, Muñoz Molina y entre los segundos, a Piglia, Aira, Fogwill y Saer.
Carrión indica que en España la ruptura la establece Juan Goytisolo y propone y refuta dos excepciones aparentes para la teoría-fobia española: Javier Marías y Enrique Vila-Matas. Comparto esta afirmación, pero propongo dos excepciones algo menos ambiguas para la “teoríafilia” argentina: Rodrigo Fresán y Sergio Chejfec. De modo constante, ambos escritores (que la crítica significativamente agrupó en una misma generación literaria) se distanciaron de las formulaciones teóricas en torno a su propia obra en particular y a la órbita académica en general. Cuando presentó su última novela en Barcelona, Mis dos mundos, recuerdo que Chejfec me refirió que cualquier descripción de su estética era un trabajo para la crítica universitaria, que él definitivamente no pensaba en términos de etiquetas al componer su obra. Fresán a su vez, agregó en esta línea que no se considera tan consciente de los mecanismos estructurales de una obra literaria (sea escrita o no por él) como para poder describirlos. Y, además, que no le interesa hacerlo. Porque, según defiende, la reflexión teórica va en detrimento de la magia (el efecto estético) que pueda producir el arte[2]. A pesar de sus infaltables postfacios, donde enumera las fuentes principales de cada uno de sus trabajos, Fresán es escéptico con la necesidad de la teoría: “No soy de esas personas que le gusta ir con la teoría por delante. Escribo y pienso del modo en que lo hacía desde niño. Kafka o Fellini veían el mundo de una determinada manera que después la gente calificó de kafkiano o felliniano”.
Por otro lado, en el mismo dossier, el profesor Pozuelo Yvancos (una eminencia en el campo de la teoría literaria en la Península) finaliza su análisis con una reflexión lúcida: “el discurso político oficial dice […] el español es hegemónico para todos cuantos hablan de él, pero la literatura en español (y la americana de modo principal entre ella) no va a la zaga de tales triunfos y ni siquiera intercomunica fácilmente en los dos continentes dentro de la misma lengua”.[3] ¿Por qué existe tanta indiferencia entre las literaturas nacionales escritas en español? Concreto esta pregunta en un fenómeno que observo desde que empecé a estudiar literatura: ¿por qué se lee tan poco a los escritores españoles en Argentina? Salvo honrosas excepciones (como sucede parcialmente con Vila-Matas en la actualidad y obviamente con Cervantes desde hace siglos); este síntoma se percibe desde los orígenes mismos de la literatura argentina. Tiene explicaciones históricas que exceden los límites de esta reseña y sobre las que ya he indagado en diferentes entrevistas. Conozco pocas excepciones. Macedonio Fernández, Mujica Láinez y Borges fueron fervientes lectores de Cervantes, Quevedo y Gracián. Durante los casi dos siglos de literatura argentina, la tendencia dominante fue la adoración recurrente de otras literaturas nacionales europeas. En un principio, se ejerció la importación de la literatura francesa (un hecho que también caracterizó la literatura española y otras literaturas europeas durante siglos)[4]; durante el s. XX (sobre todo, después de las Vanguardias) esta tendencia se desplazó hacia la hegemonía anglófona: la literatura inglesa y, luego, la estadounidense, se convirtió en herencia imprescindible para cualquier escritor argentino que haya canonizado la historiografía literaria. Borges, tan conflictivo en su relación con la literatura española (tan hispanófobo, tan hispanófilo), es un ejemplo paradigmático de este desplazamiento desde la galofilia hacia la anglofilia.
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