Vidas de santos, vidas de poetas
Por lo general, a nadie se le ocurre discutir si alguien que construye mesas es carpintero o si uno que da clases es profesor; y ninguno de ellos, ni los carpinteros ni los profesores, se enorgullece o avergüenza de ello, al menos mientras lo dicen. Sin embargo, el título de “poeta”, aplicado a sí mismo, nos suena a joya falsa: lo más probable es que quien se presenta como “Juan Pérez, poeta” -así, con jactancia, como si el hecho de serlo no correspondiera a un azaroso hecho de la naturaleza, de la cultura o de la incultura-, haya escrito buena poesía en cantidad inversamente proporcional a su orgullo, reunida en un volumen llamado, por ejemplo, Papeles al viento, Presentes o Soy la que soy. Suena duro, sí, pero lo que pretendo graficar es que, a diferencia de lo que le pasa a un carpintero, en el campo artístico-literario la legitimación siempre viene en los ojos de los otros.
La pregunta -o las preguntas- son: ¿cuándo se es poeta? ¿se nace, o se hace? ¿lleva una vida vulgar, como la nuestra -una vida peronista: de casa al trabajo y del trabajo a casa- o hay algo distinto en su experiencia que lo vuelve un ser de luz, un aura impar, un manojo de contemplación?
Para empezar, un punto básico: para ser poeta hay que escribir poesía. No vale jugar al bohemio, encontrar metáforas en las copas de los árboles y dar discursos sobre el derecho a la pereza. Se puede hacer todo eso, además, pero no es suficiente. Hay que trabajar, en suma; trabajar la palabra pero también salir al mundo, como todos. La diferencia con un humano normal no está en lo que hace, sino en la manera en que es capaz de hablar, poéticamente, sobre lo que hace, lo que cree y lo que piensa. Un poeta podría ser empleado de la burocracia, sin ninguna duda; aunque la mayoría de los empleados de la burocracia no sean poetas, la mayoría de los veintañeros que recorren, fotocopias en mano, los pasillos de la Facultad de Ciencias Sociales, tampoco lo son. La torre de marfil también es una construcción poética, de algún modo: no existe como tal, y sin embargo se la reivindica como el punto más alto de lo artístico. Cuando digo que no existe, me refiero a que es imposible escribir sobre lo que nunca se ha conocido ni de lejos. Si el poeta realmente estuviera subido a una torre de marfil, sólo hablaría de personajes sin carne: los que ve desde arriba y desde lejos. Vivir como un poeta es, sencillamente, vivir.
Sin duda sí hay algo distinto en su experiencia, pero no sólo en lo que le sucede en concreto. Todos perdemos amores, padres, años, belleza; no todos somos capaces de escribirlo, y muchísimo menos de escribirlo bien. Se aprenden las formas, no la sensibilidad, aunque sin formas no pueda ser transmitida. El poeta aprende formas, cuando lee a otros; luego las rompe, las invierte, las estira a su antojo, pero siempre precisa de ellas: son las palabras, la métrica, la música. Un poema sin música es como el sexo sin amor: a veces, un mero ejercicio de vanidad. Cualquier ejemplo que dé sería inútil, habida cuenta de lo subjetivo de los ejemplos, pero los grandes poemas, los que esconden esa sensibilidad de niño índigo, tienen implícita una música, no importa cuál.
Descreo de la poesía como entrenamiento intelectual, pero también como postura sentimental, y por eso, ser poeta no es una elección, sino un premio o castigo donde el premiado o castigado debe decidir entre ponerse a la altura o ignorarlo, por más que esto último le resulte demasiado difícil. No es una mentira, una autodefinición, una opción de vida, la excusa bajo la que alguien evitaría hacer balances contables -maldita sea la sangría de excusas: “dedicarse a la poesía” ya dejó de ser una artimaña posible-.
¿El poeta es una persona común? ¿el poeta no es una persona común? Sí, aunque quizá no. Tal vez. Depende del cristal con que se mire. Hay tantas opiniones como opinadores. Cada maestrito con su librito. Pero, para mí es común porque pertenece, interactúa y sobrevive en el mundo de las personas comunes. No lo es, porque tiene un rasgo especialísimo que los demás no poseen, que es más que una habilidad, una virtud o un talento: algo constitutivo e ineludible. Un señalado, un animal raro, el hombre de los seis dedos o el lunar en el ojo, aunque los oculte con zapatos prolijos y anteojos ahumados: trabaja en un banco y es poeta, y no hay allí ninguna contradicción.

Impecable. Está claro que este asunto es algo poco claro pero esa falta de claridad deja un par de certezas: no es entrenamiento intelectual, tampoco es algo exclusivamente sentimental. Si fuera el primer caso, un fanático de la RAE sería un gran poeta y si fuera el segundo, cualquiera con una exacerbada emocionalidad sería nuestro ideal a seguir.
La intelectualidad en sí requiere, para ser sostenida, una interpelación desde afuera que termina por determinarla: ¿o acaso algún intelectual se denominaría “intelectual”? El trabajo con la palabra requiere de este Otro, todo el tiempo, tal vez porque el mensaje, en contenido o forma, requiere de dos extremos que le den sentido.
Sobre las torres de marfil: http://www.geocities.com/lospobresdelatierra3/textos/mariateguitorredemarfil.html
saludos
Los poemas, los fonemas, morfemas, la prosodia, las metricas, la rima, y bueno claro esta, la lirica.
Paso lo mismo con todo el mundo de las artes. Hoy está lleno de “aritistas” que así se presentan. A veces son apenas artesanos, o aficionados al arte, pero artistas… No lo es el que quiere sino el que puede.
Yo tengo una sensibilidad de niño indigno.
Excelente.
Me causó mucha gracia la frase “lleva una vida peronista”, jaaaa. La única vez que la había escuchado fue de parte de un librero muy ocurrente que conozco.
Saludos.
Tuve épocas peronistas, del trabajo a casa, pero nunca lo habia pensado así, menos mal me hubiese deprimido. Qué poetaaa!!
De entrada es la forma mas esencial de escritura, del decir algo. Por eso los adolescentes son tan poetas y los viejos son tan poetas de verdad, aunque ni los unos ni los otros escriban bien. Vos lo comparas con oficios, y quizás algunos poetas hayan sido buenos hobbystas, aeromodelistas de la palabra. En mi caso, con la poesía en la época de la Olivetti jugaba al pirómano.
Elijo vivir la vida de un poeta, que no soy, sobre la de un hombre corriente. Sin embargo el poeta se queda en el anhelo, apechuga cierta insatisfacción cuando intuye algo increible y lejos de adentrarse a explorarlo, prefiere correr a buscar de un lápiz para hacer anotaciones.
Ser poeta es otra manera de ver las mismas cosas que otros ven.
el ultimo poeta fue jorge luis borges (con el, murio la poesia y toda la literatura).
Creo que estás muy buena!
segundo…hola
escribo poesia…del lodo
probalo…leéme….
creo, que posiblemente te aporte otra mirada..
ah…
tengo puesto el traje de mi papá
qué pasó con esta chica, la despidieron? renunció?
se necesitan palabras entre tanto ruido
No, nadie despidió a nadie. Simplemente ella tiene otros compromisos y tuvo que alejarse por un tiempo.
Para Allá:
Terminala con la ironía y dedicate a aprender la puntuación, poesía del lodo… tu léxico es del lodo.
No concuerdo, Giselle.
¿Ser poeta es un premio, donde el premiado debe decidir si estar o no a la altura?
No se que hubieran pensado Rimbaud o Baudelaire al respecto. Ni hablar de Alfonsina.
Alvaro “No se que hubieran pensado Rimbaud o Baudelaire al respecto. Ni hablar de Alfonsina”
… no hubieran pensado nada, absolutamente, de eso.