Todos somos delincuentes
Diego Grillo Trubba (“te parecés a un personaje de Lost”, le dijo Pablo Alí) abrió la presentación de In Fraganti, con este divertimento.
El pretendido ingeniero Juan Carlos Blumberg tenía razón: vivimos en el delito. Cito sólo algunas frases de uso frecuente: me mató, dice un adolescente más o menos fumado cuando algo le gustó mucho; me robó el corazón, dice alguien de cualquier edad que, cuando se enamora, apela a la poesía de Armando Manzanero; está para matarla, le dice un hombre a otro en relación a alguna dama que raja la tierra.
El asesinato y el robo, por hablar sólo de dos formas delictivas, están en nuestro lenguaje porque forman parte de nuestra vida. Digo: somos todos delincuentes. Todos y cada uno de quienes estamos en esta sala hemos cometido al menos algún delito. Y no hace falta que lo nieguen: al menos hasta donde yo sé no hay, acá, ahora, ningún policía de incógnito que vaya a detenernos. Por otro lado, estamos en un barrio chic, en una librería chic, con lo cual, salvo que intentemos afanarnos algún libro –cosa que no descarto que alguno de los delincuentes aquí presentes ya haya hecho-, salvo eso, decía, no habrá castigo alguno como nunca lo hay en los barrios chic.
Lo que intento decir es que todos los seres humanos son delincuentes. Por lo tanto, si se detuviera a todos quienes delinquen, ¿quién los cuidaría? ¿Quién nos cuidaría? ¿Mamá? Imposible: mamá estaría en una de las celdas del pabellón femenino. Por lo tanto: somos todos delincuentes, pero no podemos ir presos porque es empíricamente imposible.
Noto cierta aura de incredulidad en el ambiente, por lo que pasaré a detallar pruebas que hacen a mi afirmación.
Tomemos un día promedio en la vida de un ser humano promedio. No sé si en estadística se pueden sacar de promedios de promedios, pero bueno, estamos en la presentación de un libro, a quienes escriben las matemáticas siempre les resultan áridas, a quienes leen también y, salvo que acá haya algún pariente contador público –flor de delincuente entre los delincuentes, la créme de la créme de los delincuentes, por lo que no creo que, decía, si hay, salten a refutarme-, entonces puedo permitírmelo.
Promedio de promedio. Un día promedio en la vida de un ser humano promedio. Vayamos a eso.
La persona promedio, este día promedio del que hablo, despierta. Se trata de alguien que contrajo matrimonio, por lo que al abrir los ojos descubre a su pareja del otro lado de la cama. Mira el paso de los años en su pareja, en la boca abierta y aún babeante de su pareja, recuerda lo que era cuando se conocieron y reconoce lo que es ahora, y la persona promedio, al ver a su pareja promedio, piensa con toda naturalidad: me quiero morir. Lo cual, por cierto, es un deseo delictivo, ya que en nuestro código penal el suicidio está tipificado. Pero bueno, no estoy hablando de deseos delictivos, eso sería un facilismo para con la hipótesis que planteo. Vayamos a las acciones.
Y nuestra persona promedio, esta mañana de un día promedio, quiere, justamente, acción. Se acerca a su pareja, la besa. Digámoslo sin rodeos: tienen sexo. Un mañanero, por así decirlo. En el transcurso, tienen sexo anal –que no lo neguemos, cada vez está más difundido, aunque la mayoría de los aquí presentes prefieran confesar un asesinato antes que admitir que entregaron el rosquete-. Tienen sexo anal, decía, y he aquí el primer delito. En ciertos países árabes, el sexo anal está tipificado como delito. Ya sé, alguien me dirá que exagero, que en los países árabes todo es un delito excepto los asesinatos contra occidentales, que no vale para mi hipótesis argentina y judeocristiana. Bueno, pongamos que sí. Sigamos, entonces.
Nuestra persona promedio, esta mañana promedio, que acaba de tener un sexo promedio, llega a su trabajo promedio con retraso promedio justamente por ese mañanero promedio. Tenía una reunión, y le esperan. He aquí otro delito común, que dejamos pasar. La impuntualidad de las grandes urbes argentinas implica que hay alguien esperando. Es decir, alguien que está sentado –en el mejor de los casos, pues la espera puede ser de pie, en la calle, con cinco grados bajo cero, que el calentamiento global nos va a matar a todos, ese gran criminal-, alguien que está sentado, decía, sin poder hacer lo que desea por el retraso del otro. Tiempo perdido no por voluntad propia sino por iniciativa criminal del otro, que acaba de robarle el tiempo. Y el robo, espero que nadie lo niegue, es un delito.
A la hora del almuerzo, nuestra persona promedio va a almorzar junto a compañeros de trabajo. Acuden a un piringundín de esos donde aún se sirven platos que convencen por lo abundante. Pagan, porque no son ladrones, no señor, y se van. Y acaban de cometer un delito. Desde el infausto Cavallo en adelante, la solicitud de factura por parte del cliente es obligatoria, y el no pedirla implica un delito. Delito, por lo tanto delincuente.
Lo impositivo es todo un tema: casi nadie tiene el pago de sus impuestos al día, ni está encuadrado en la categoría que le corresponde –y si no que me corrija ahora el familiar contador que antes no se atrevió a hablar.
Volvamos a nuestra persona promedio, que regresa a su trabajo promedio y, luego del atracón, comienza a sentir efluvios en su estómago. Mide, calcula de si se trata de sólido ó gaseoso. Gaseoso, descubre. Y estima que silencioso. Silencioso y mortífero. Lo lanza. Alguien promedio, en ese trabajo promedio, con un espanto fuera de cualquier promedio, pregunta quién fue. Nuestra persona promedio no dice nada, quizás sonríe incluso, luego de su delito. Porque no me negarán que es un delito: por hedores mucho más benévolos nuestros compatriotas aguerridos cortan el puente en Gualeguaychú, ateniéndose a la ley de contaminación ambiental.
Nuestros actos más privados y más o menos públicos, dependiendo del exhibicionismo de cada uno, implican crímenes. ¿Qué es la utilización del push up, ese invento nefasto para que las mujeres planas aparenten poseer dos misiles exocet, qué es sino publicidad engañosa, tipificada en la ley de defensa al consumidor? ¿Y los jeans ajustados que al quitarlos dejan ver carnes que se caen como esperanzas de radical luego de las elecciones? ¿Y las ropas de color oscuro para esconder la obesidad? ¿Y los lentes de contacto de colores? ¿Y los tipos que se esconden un pañuelo en el bolsillo del pantalón para que las damas de turno supongan que son los sucedáneos de Nacho Vidal?
Mentimos, evadimos. Y no sólo eso. A las personas casadas les aclaro que, de acuerdo al código penal, la infidelidad es delito. Y no sólo eso. ¿Cuántas estafas cometemos en una entrevista de trabajo, cuántas falsedades esgrimimos con tal de conseguir el puesto? ¿Y los psicólogos que le dan órdenes a sus pacientes como si todo fuese una ciencia exacta cuando saben que no lo es? ¿Y los sociólogos que predicen muy sueltos de cuerpo un futuro que nunca se cumple? ¿Y los economistas que luego de diciembre del 2001 hablaban de dólares de hasta quince pesos? ¿Alguien fue preso? ¿Alguien es castigado? ¿Alguien es siquiera multado? No. Mienten, estafan. Mentimos, estafamos. Y nadie va preso.
Somos todos delincuentes, decía en un principio, y creo haberlo comprobado, y si alguien lo duda a esta altura no importa, que se me acerque luego de la presentación y lo convenzo, o la convenzo –si es dama mejor, por supuesto-, porque ahora me estoy quedando sin tiempo y no deseo aburrir.
Somos todos delincuentes. Por eso cuando Glenda Vieites y Pablo Aveluto, de editorial Sudamericana, me propusieron hacer la antología In Fraganti, dije que sí de inmediato. Recopilar crímenes es dar cuenta de nuestras vidas, y en cierto sentido eso es hacer literatura. Me dediqué a convocar delincuentes más o menos aptos, y el resultado fue el libro que hoy presentamos.
Lo curioso del asunto es que tanto estos veintiún chorros, estafadores, mentirosos, pungas, asesinos en potencia, estos que están acá conmigo, son tan delincuentes como quienes van a presentarnos, de quienes no daré su currículum para no apabullar –son más grandes, por lo que hay más delitos-, y son tan delincuentes como cada uno de ustedes que escuchan en el público, y son tan delincuentes como cualquier hijo de vecino. Todos somos delincuentes.
Me gustaría cerrar esta presentación planteando una paradoja: somos todos delincuentes, pero no todos vamos presos. Ese es el espejismo, y la paradoja que planteo. Cometemos crímenes y creemos no ser castigados y nos regocijamos. Lamento informarles que, de Dostoievsky en adelante, si hay crimen hay castigo. El castigo de todos nosotros, todos delincuentes, es vivir en esta sociedad creyendo que somos libres.
Muchas gracias por el tiempo que acabo de afanarles.


Muy bueno el principio. Creo que nuestro lenguaje es un factor importante a la hora de reflejar nuestros comportamientos y compulsiones.
Para mi toda la exposición es un poquito tirada de los pelos. Pero supongo que para la presentación debe haber funcionado perfectamente. Seguro está hecha para ser escuchada y no para ser leida.
no me gustó. en algunas partes está buena, pero en otras pierde el registro y ya no resulta gracioso.