06/12/2007

Semblanza de Michel Houellebecq

Por P Z

Leído por Alan Pauls en la conferencia que Michel Houellebecq dio ayer en la Alianza Francesa.


Michel Houellebecq es uno de esos escritores que ya no tienen curriculum, si no prontuario. A esta altura del partido no son tanto sus libros los que llaman la atención en lo que los medios dicen de él, son sobre sus apariciones públicas, sus escándalos, sus monosílabos, sus exilios, sus performances como poeta rapper, sus condenas a muerte, sus cambios de editor.

Curiosa inflación de la figura de un escritor que si de algo puede jactarse, es de haber apostado todo, incluso –o empezando por– su capital personal, a una sola ficha: convertirse en una máquina de describir. Un distintivo a la vez muy viejo y muy nuevo, dedicado a relevar, a observar, a registrar… qué exactamente. No el yo, sin duda, no la subjetividad ni la interioridad humana, si no la lógica fluida y monstruosa y asordinada que nos corroe, nos ridiculiza y quizá nos extingue. La lógica de un mundo colonizado por el mercado, el mundo post capitalista.

Es fácil leer la obra de este ex ingeniero agrónomo como una literatura de agenda. A lo largo de 13 años y 5 novelas –Ampliación del campo de batalla, Las partículas elementales, Lanzarote, Plataforma, La posibilidad de una isla– Houellebecq ha explorado con una puntualidad asombrosa un repertorio de endemias más representativo y espectacular del occidente contemporáneo. El corporativismo, el consumo, el turismo sexual, la clonación, los experimentos genéticos, las ingenierías post humanas, el terrorismo, el milenarismo, las sectas, los desastres naturales, la saturación hedonista, la pedofilia, el poder tecnocientífico [...]. Nada que haya gozado de 15 minutos de fama en la primera plana de un diario o en un noticiero de televisión puede faltar en una novela de Houellebecq.

Gran balzaciano, este panoramista increíble tiene un ojo clínico que no tiene nadie. Y siempre se empeña en orientarlo hacia un objeto informe, irritante, a la vez ineludible y pedestre, que la literatura sólo toca con pinzas como para reducirlo a un mero decorado. Ese objeto es la actualidad. Esa compulsiva vidriera de goces en donde coexisten en pie de igualdad Steve Jobs y la estrella porno de moda, las vacas locas y David Bisbal, la loca conjetura sobre el origen del universo y el último grito en atentados fundamentalistas, Philippe Sollers y el lanzamiento de la cámara Sony DSCF101 con tres millones de píxeles.

Enfrentado con la actualidad, Houellebecq actúa como un escáner implacable. Caracteriza universos, cataloga tipos, señala tendencias. Nada de la industria del presente parece escapársele. Pero esa perspicacia luminosa está teñida, como cortada, por una especie de sarcasmo amargo, casi tóxico, el tipo de mal gusto que dejan en la boca todos esos saberes que sociólogos, semiólogos y mitólogos acuñaron a fines de los años ’60 para criticar el capitalismo post industrial, y ahora, cuarenta años más tarde, son bibliografía obligatoria en las sesiones de marketing donde se piensa cómo seguir reproduciéndolo.

Ese efecto de resaca histórica es uno de los factores más notables en la ficción de Houellebecq, mucho más quizá que el cinismo que reivindican a menudo sus personajes o que los sopapos que sus provocaciones políticas propinan al lector bienpensante.
Otro factor que hace un juego perfecto con la resaca es el tono que esa ficción elige para desplegarse. Es el tono crudo, neutro y como anestesiado de un informante escrupuloso pero exhausto, obligado a informar sobre un estado de cosas que no necesita de él, ni de su informe, ni de su tono, ni de nada que no sea él mismo. La propia compulsión que ese estado de cosas experimenta para seguir, para ir más allá, básicamente más allá de lo humano. Es el tono, para hacernos una rápida idea, de un Albert Camus que permanece en vela, pero ya no tiene una sola gota de energía, lobotomizado por años y años de estadísticas, [...], trabajos de campos, sondeos de opinión, compulsas multinacionales. Es el tono de un burócrata vitalicio atrapado en la peor de las situaciones: no poder evitar ocuparse de un mundo que ya no lo desea.

Mucho más que los temas calientes, las bravuconadas sexuales o la incorrección política, es ese idioma implacable y deshidratado lo que le corta el aliento [...]. El escándalo viene menos de las [...] eróticas que de la prosa distante y gélida que las narra.

Hay en efecto algo en esa lengua administrativa de Houellebecq, escritor frío, sin alma, desapegado, como lo describe a menudo la prensa, que recuerda inevitablemente el decir maquínico de Sade, el escritor más candente de la literatura francesa. El mismo talento descriptivo, la misma capacidad de razonar el goce del mal, la misma impunidad para mimetizarse con posiciones intolerables, la misma adicción a una risa negra sin fondo, y el mismo arte para reducir un gran fantasma occidental, el sexo, a un manual de instrucciones seco pero eficaz que cualquier hijo de vecino puede poner en práctica en casa sin dificultades.

Hay mucho sexo en los libros de Houellebecq. Quizás el mejor, el sexo menos erótico y más contagioso que pueda rastrearse en la ficción contemporánea. Es un sexo que tiene, al menos, variantes. La primera, sin duda una de las más originales, es problemática, desdichada, siempre insatisfactoria. Es un sexo de gente traumatizada o vaciada de deseo. Otra, es el sexo eficaz, exitoso, del que cada órgano y cada deseo buscan y encuentran siempre su lugar. El sexo literal, que Houellebecq parece calcar del cine porno como nadie, asordinando siempre el énfasis virtuoso que lo envuelve en la pantalla. La tercera es el sexo extático, el que corona o transmite la voluntad de eficacia con un plus inclasificable, que se vive como un trance, un desvanecimiento, un deseo de muerte. Cada una de esas variantes sexuales implica una cierta economía de tiempo. La primera es la interrupción. La segunda, la continuidad mecánica. La tercera, una especie de abolición abrupta y brutal.
De las tres, la segunda es la que mejor responde al mundo pleno y autosuficiente de las novelas de Houellebecq, donde dos ideas como fornicar y vomitar pueden tentar al mismo tiempo, con las mismas chances de ganar, al tipo que mira a una mujer que acaba de sonreírle. Las otras dos, la torpe y la mística, brillan siempre como dos anomalías aristocráticas. Una es un síntoma, el rastro tragicómico pero vivo que deja una humanidad en retirada. La otra es, sin duda, una felicidad. Pero una felicidad imposible, siempre condenada al desastre. Ambas encierran, sin embargo, esa energía desesperada y romántica, que tarde o temprano terminan tajeando como un relámpago, el famoso depresionismo houellebecquiano.

Ampliación del campo de batalla cita a Barthes: “de pronto me fue indiferente no ser moderno”. Houellebecq se apropia de esa indiferencia y parece dictaminar: las alternativas al desierto post capitalista no son, no podrían ser modernas, porque la modernidad es la madre del post capitalismo. Las alternativas sólo podrían ser anacrónicas. Las alternativas son: la poesía -que por algún milagro siempre parece sobrevivir en el desencanto houllebecquiano-, las evidencias de cierto sentido común existencial -”en el fondo uno nace sale, vive solo y muere solo”, reflexiona en algún momento un personaje-, la emoción simple, el sentimiento desnudo, el afecto del que prácticamente es imposible decir nada. Nada al menos que pueda corromperlo con alguna dosis de inteligencia. Esas son las únicas islas posibles.

“He tenido que conocer lo mejor que hay en la vida: dos cuerpos que disfrutan de su felicidad uniéndose y renaciendo sin fin”, dice el último poema de La posibilidad de una isla. El poema que enciende la mecha y empuja a una mujer neo humana a desertar del post mundo en el que vegeta y a buscar la nueva utopía humana.

¿Y si el cínico, el pesimista, el gran desapegado fuera en el fondo un sentimental? ¿Y si la apatía con que las ficciones de Houellebecq constatan la lógica de un presente atroz no estuviera siempre acechada por la sombra de un sueño crédulo, el sueño de que dos cuerpos que disfrutan de su felicidad rompan el cerco de lo actual y reintroduzcan un poco de tiempo real, un poco de pasado y de futuro, no sé si en nuestras vidas, pero sí, al menos, en nuestras novelas?

En su primera novela, Houellebecq ya confesaba el desafío que había asumido al escribir ficción: encontrar la forma novelesca capaz de retratar la indiferencia, el vacío, la nada. La forma más adecuada a una civilización que, salvo las sardinas en lata, ya no conciben nada de larga duración.

Las cuatro novelas que publicó –las cinco, perdón– prueban que la encontró. Pero que, al mismo tiempo, que esa forma adecuada al mundo encontró también su resistencia y su antídoto. En una suerte de neo inocencia. El extraño tipo de entusiasmo y de confianza que, inyectándole tiempo, todo ese tiempo que el mundo ya no tiene, la contradicen y la ponen en peligro.

8 comentarios en Semblanza de Michel Houellebecq

  1. estrella dijo el

    De Houellebecq,, en El mundo como un supermercado: “Esta progresiva desaparición de las relaciones humanas plantea ciertos problemas de la novela. ¿Cómo acometer narraciones de esas pasiones fogosas, que duran varios años, cuyos efectos se dejan sentir, a veces, en varias generaciones? Estamos lejos de “Cumbres Borrascosas”, es lo menos que puede decirse. La forma novelesca no está concebida para retratar la indiferencia, ni la nada; habría que inventar una articulación más anodina, más concisa, más taciturna”.

    Hace unos años, leí una crítica donde alguien decía: “H. pretende tomar una radiografía que exhiba los tumores sociales en crudo… No tiene ninguna pretensión de escribir bien. Su intención es dejar constancia de su infelicidad mediante una suerte de antiliteratura que no forma parte de ninguan vanguardia”.

    Me parece interesante, y completa lo que acabo de leer.

  2. Cass dijo el

    Cada vez más ganas de leer, y tan poco tiempo!

    PZ, si le consuela de algo, no llegué ni ahí :D

  3. alcácer dijo el

    La sobreexposición de Alan lo hace aún más pesado. Yo que él me mando a guardar uno o dos años.

  4. Hablando del asunto 2.0 » Blog Archive » Houellebecq - Alianza Francesa /1 dijo el

    [...] a contestar algunas de las cosas que usted ha dicho, que me parecen interesantes y le voy a contar brevemente mi [...]

  5. El libro en la pizarra (09/02/09) « Eterna Cadencia dijo el

    [...] Así definió Alan Pauls a Michel Houellebecq cuando éste se presentó en la Alianza Francesa en diciembre de 2007, ante un auditorio tan desbordado que fue necesaria la apertura de dos salones más con transmisión simultánea. Luego Pauls avanzó sobre el libro que hoy destacamos: [...]

  6. fran dijo el

    gran nota!

    no deja de impresionarme la capacidad de Pauls como critico
    ni la capacidad de Houellebecq como escritor.

    saludos!

  7. Un mundo feliz « Eterna Cadencia dijo el

    [...] La segunda, la continuidad mecánica. La tercera, una especie de abolición abrupta y brutal.” Alan Pauls sobre Michel Houllebecq en la Alianza Francesa (05-dic-07) var addthis_pub = ”; var addthis_brand = ‘Compartir’;var [...]

  8. El libro en la pizarra (25/05/09) « Eterna Cadencia dijo el

    [...] Alan Pauls sobre Michel Houllebecq en la Alianza Francesa (05-dic-07) [...]

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