28/07/2009

Enseñame a escribir {1

Por Cristian Piazza (Desde New York)

Creative writingFoto: Robert Goodwin

El miedo a no lograr un producto acabado con el mismo diseño como fue imaginado me abstiene del producto en sí. Son incontables las veces en las que doy vueltas sobre el mismo eje tratando de encontrar las condiciones ideales para redactar un artículo, un cuento, un fragmento que pegado a otros formen un texto de ambiciones literarias.

Una vez superado ese peaje ilusorio comienzo a deslizarme como un patinador sobre hielo, la imagen es pobre pero diáfana. Luego vuelve a situarse el muro con su ademanes sólidos e infranqueables. Esta es la historia de estas líneas, de esa función arrítmica de mis encuentros con la condición de escribir, que no necesariamente se remite (exclusivamente) a cierta coordinación nervio-muscular (no basta con mover la mano).

Así llegamos a los talleres literarios (como se les conoce en nuestro idioma) o las maestrías de escritura, que es el trato que se les confiere en Estados Unidos. Los primeros hablan de una condición más relajada en el afrontar el deseo de la escritura; uno va si quiere y hasta cuando quiere. No hay créditos ni reconocimientos institucionales. Si alguien nace con ganas de escribir estudia letras, filosofía o derecho, o ninguna de las anteriores.

En Buenos Aires vemos anuncios de talleres casi a diario. Estando allí en marzo supe de los talleres de Alberto Laiseca y de Abelardo Castillo. Para este último, sin embargo, esos encuentros no enseñan a escribir; para Castillo la función de esas cofradías es la misma que desempeñaban las revistas literarias del pasado (El escarabajo de oro): conocerse, intercambiar ideas, pasarse los borradores, emborracharse y fumar juntos bajo el prisma de las palabras.

También el blog abolió en parte la tertulia In situ, o en todo caso extendió su radio de acción. Mucho de lo que empieza en una bitácora concluye casi siempre (distancias permitiendo) alrededor de una mesa y un café. Aprendemos a discutir y a leer a otros con un ojo entrenado para la pluralidad.

La revista The New Yorker publicó un abultado ensayo sobre el fenómeno académico de los programas de escritura creativa; una corriente que se está llevando por delante todo lo anterior; lo bueno y lo pastoso de la tradición literaria norteamericana. Luois Menad coteja opiniones tan diversas como el aceto balsámico y el aceite de oliva. A diferencia de los “inofensivos” talleres del cono Sur, los programas derivados de las universidades se han convertido en el paso previo de todo escritor y el haber andado por alguno de ellos (Iowa, Princenton, Stanford) es un aval para la industria editorial que promueve a sus escritores no por la calidad del material que ofrecen, sino por lo prolijo del currículum.

Mi opinión sobre estas alocuciones de laboratorio es más cercana a lo que piensa y dice Castillo, pero no deja de ser “soltanto” una opinión. Subrayé y anoté en los bordes de las páginas, desmejorando el aspecto de la edición que compré. De aquí en adelante me dedicaré a comentar mi subrayado, a citar y a desvariar si la sintaxis lo permite. Queda claro que los caminos a la felicidad de la escritura son infinitos y que toda regla se guarda siempre sus excepciones.

El axioma que da de comer a estos programas es que la creatividad o la escritura creativa son endosables. Los axiomas son indemostrables, tanto como los misterios divinos. Sin embargo, el proceder interno, los que caminan por esos pasillos se manejan en el filo de la incertidumbre, como trapecistas sin red; el tortazo como un plan B aparatoso. Dice Menad: “El escepticismo es ampliamente compartido.”

El de la universidad de Iowa, como dice el articulo, es el más prestigioso (16 premios Pulitzer – Michael Cunningham, John Cheever) empero el lema aborde esta ambigüedad: “Nosotros continuamos buscando el talento más promisorio que existe en el país, convencidos de que la escritura no se enseña pero que los escritores pueden ser estimulados”, una especie de cláusula de exención donde si te hacés mierda la cátedra no carga con ninguna responsabilidad.

Una referencia importante del ensayo es un artículo de John Barth publicado en el New York Times en 1985: “Writing: can it be taught?” Una pregunta repetida infinitas veces desde el inicio de estas prácticas pero con escasas probabilidades de ser respondida a lo Twitter. Obviamente, corrí a los archivos virtuales para leerlo. Barth es uno de los mejores escritores norteamericanos de la posguerra y también es un caudillo de los programas de escritura; enseñó por 22 años en Johns Hopkins.

Comienza delineando el menguar de la universalidad de su literatura local, muy a pesar del viraje académico que se dio luego del 1945. Paradójica estadística si se piensa en la capacidad de las universidades de producir escritores a la velocidad del microondas: “we have presently no writer of international stature; [...] the most commanding figures in contemporary Western literature happen not to be Americans: Samuel Beckett, Jorge Luis Borges, Gabriel Garcia Marquez. In short, that production is up, but quality is down.Dos o tres párrafos después remata: “Most such artifacts (writing programs) are the work of men and women who consider themselves writers by trade – rather, by calling;”

[Continuar leyendo

4 comentarios en Enseñame a escribir {1

  1. Hablando del asunto 3.0 » Blog Archive » Enseñame a escribir {2 dijo el

    [...] [Leer parte 1] [...]

  2. Fabricio dijo el

    Me gusta John Barth. Me divierten sus apreciaciones sobre las ideas de Lyotard en torno a la posmodernidad.

    Acá en Barcelona hay una facultad de Letras que cuenta con la materia de «Escritura creativa» pero creo que a nivel estatal no está tan extendido como allá, ni por asomo. Me parece que la enseñanza de la escritura de creación cuenta con un status bastante similar al de Buenos Aires: queda relegada a los talleres literarios.

    Una vez una profesora de Literatura Hispanoamericana pretendió que escribiéramos un microrrelato à la Monterroso. Todos la miramos con estupor.

  3. Cristian Piazza dijo el

    Sin querer lograste tu relato Monterroso: “Todos la miramos con estupor…”

  4. Fabricio dijo el

    Sin contar que la profesora es un dinosaurio.

Dejanos tu comentario

Aprovechá este espacio para comentar, sugerir, criticar, saludar o lo que quieras.
Los insultos y cosas que consideremos inadecuadas serán borradas.
Los comentarios son de responsabilidad absoluta de sus autores y no expresan las opiniones del autor de la nota.

Switch to our mobile site