03/08/2009

Escritoras: autoras que crean mundos {2

Por Colaborador invitado

Con motivo del curso que dará durante el mes de agosto, la semana pasada Marina Arias escribió una nota opinando sobre la diferencia entre literatura femenina y escritoras. La segunda nota, en esta caso sobre escritoras argentinas. Se puede leer la primera haciendo clic acá.


Por Marina Arias

En Una chica de provincia y en Sierra Padre, las escritoras argentinas Selva Almada y María Martoccia construyen mundos literarios en relación con eso que, desde esta metrópoli ombliguista y necia, llamamos “interior del país”.

La primera transcurre hace treinta años en el campo entrerriano.

La segunda puede estar ocurriendo ahora mismo en alguna sierra cordobesa.

Ilustración de Marta AlmadaIlustración de Marta Almeida

Mientras en la novela de Selva Almada la narradora es aquella niña que la autora pudo haber sido –en materia de literatura sabemos que todo es una construcción-, en la de María Martoccia la historia nos llega en tiempo presente, de la boca de un narrador omnisciente con ojos foráneos. Es posible que esa manera de presentarnos un mundo –la mirada es fría, por momentos imperturbable- se deba a que la autora escribió el libro instalada con su familia en San Marcos Sierra y da cuenta de los personajes con un dejo de aprensión y una distancia provechosa.

Sierra Padre construye un mundo rural opresivo, poblado de personajes insalvablemente miserables en el que se hace evidente que la ingenuidad bienintencionada por parte de “la gente de campo” no es más que un mito de quienes sufrimos en las urbes. Gran parte del texto son diálogos casuales, magníficamente construidos, en los que se entrevé el resentimiento de los pobladores hacia los citadinos que llegan con flamantes escrituras en la mano. “Porteños malculeados”, los llama Toto, un alcohólico al que la mujer abandonó por otro desdichado. “Compran las tierras y empiezan las quejas… se creen que todo tiene que funcionar como a ellos les parece”, sostiene por su parte Elvira, la almacenera que siente que está para otra cosa y mira con desprecio a sus coterráneos.

Pero en el mundo de Sierra Padre la desconfianza rige todas las relaciones: los vecinos nunca se dicen lo que están pensando ni piensan lo que se dicen. La naturaleza resulta amenazante a través de descripciones como

…la noche de pronto se vuelve azul, espesa, y puede escucharse el ruido de las alas de las lechuzas que pasan, rozan las ramas de los algarrobos y caen sobre los cuises para quebrarles el cuello”. Hasta el paisaje serrano se presenta arruinado: “a los costados del camino crecen higueras ásperas y hay plantas de membrillo y bolsas de basura que abrieron los perros o los zorros. El agua de la acequia corre aquí más rápido y arrastra las semillas que florecen en marzo, y también pañales deshechos y cartones que se pegan en las plantas como parásitos.

Así como en Sierra Padre el “interior” es un mundo en el que se hace visible la más sórdida desesperación del ser humano, en Una chica de provincia parece ser lo opuesto. A través de una mirada intimista, la novela retrata un mundo de personajes infinitamente queribles, no por falta de defectos sino por la precisión de los detalles con que la autora ha decidido describir a cada uno. La madre es alguien que prefiere asistir a los velorios a la medianoche porque

…es un momento íntimo, donde la muerte se despoja de exageraciones y se torna genuina, natural. Algo que le está pasando a otro, es cierto, pero que tarde o temprano nos va a suceder”. Y el padre alguien que “trabajaba en Obras Sanitarias desde que el Carlos Carruega ganó el gordo de navidad y dejó el puesto, y lo más cerca del cielo que podía llevarme era sobre sus hombros.

Originariamente conjunto de poemas, Niños, la primera parte del libro, utiliza un lenguaje en el que abundan los recursos retóricos para desplegar ese mundo de infancia en un pueblo entrerriano a través de una voz, que ya no es la de una nena pero que lo ha sido, y logra convocar esas primeras impresiones con exactitud. De la mano de su primo, Niño Valor, y echando mano a una sabiduría infantil que a cualquier lector le resulta familiar, la narradora nos cuenta –y el “cuenta” es casi literal, porque es como si nos hablara al oído y la ausencia de diálogos es casi total- de esa época de la vida en la que “el mundo de los adultos nos interesaba poco y nada, a lo sumo nos provocaba una curiosidad de entomólogo” y “la muerte de un hombre parecía no cambiar nada, sin embargo la muerte de un perro lo cambiaba todo”. Un mundo en donde la Abuela, endurecida por la vida, no puede ver en “Pelusa”, la mascota de los nenes, más que un cerdo para carnear una mañana de verano.

A pesar de tener en común el transcurrir en eso que mal llamamos “interior”, Una chica de provincia y Sierra Padre despliegan mundos literarios antagónicos.

El uno, íntimo y emotivo. El otro, crudo y ajeno.

Dos textos propios de autoras encarnadas.

Próxima reseña: el mundo de Lorrie Moore

2 comentarios en Escritoras: autoras que crean mundos {2

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