16/09/2009

Un reconocimiento al bibliófilo

Por Marcelo Zuccotti

El país del humo

Cada tanto surge la remanida pregunta acerca de dónde se encuentran los libros que se agotan. La respuesta obvia y repentina es siempre “en las librerías de viejo o en mesa de saldos”. En parte debe ser cierto, puesto que el paracircuito del libro descartado o usado evidentemente tiene sus adeptos y librerías –y libreros- respetabilísimos no existirían o habrían perdido vigencia.

Se podrá argüir que en los tiempos actuales, donde los gastos no incluidos en la canasta familiar deben ser disminuidos por orden de la supervivencia, el único acceso que queda al pueblo lector es justamente acudir a estos centros secundarios de aprovisionamiento. Mas sería injusto no reconocer que existe una fauna exótica que recorre parques los fines de semana en busca de un viejo ejemplar -como pirata detrás de un tesoro-, como así también aquellos que sólo son atraídos por el olor a humedad, un viejo tangazo que gira en la batea y la penumbra que habitualmente son parte de los largos pasillos, acompañados más de una vez de un gato maula que descansa de sus correrías nocturnas. Todo esto es parte de una mística que es incapaz de compartir el asiduo concurrente a las marquesinas relumbronas de las grandes cadenas de librerías en búsqueda de novedades editoriales.

Pero hay un selecto grupo de bibliófilos al que pertenezco, que somos parte de un club imaginario, sin carnet de acreditación y detectable solo por pequeños gestos o miradas tan fugaces que nadie más que otro asociado podría identificar, cuyo amor por un título lo lleva a estar atento a toda reseña, crítica o comentario que de él aparezca en medio gráfico trascendente, para dar rienda suelta a su obsesión recortando el artículo y pegándolo en algún lugar disponible de la obra. Una forma de renovar la devoción por el objeto de su amor, como quien regala flores o escribe y envía una tarjeta cada mes o aniversario.

Esto, naturalmente, sólo puede encontrarse en un libro usado presente en las librerías de viejo o en su defecto en alguna biblioteca popular o particular; nunca en un estreno. Se preguntará qué se busca con esta actividad. Cada cual tendrá su respuesta. En mi caso, guardo la esperanza de volver a ese libro un día, muchos años después de concluirlo y que la sola lectura de ese recorte me recuerde parte del deleite que significó leerlo, con un sentir similar del que toma una fotografía vieja en la que están presentes muchos de los cuales ya no están y, al cerrar los ojos, aparecen desplegados en ese instante capturado en el papel, único e irrepetible. Por otra parte, pienso que algún alma sensible, el día que ya no esté en mi poder, heredará ese amado ejemplar y podrá saber qué se decía de él en el tiempo en que se publicó. Una manera simple de comprometerme con el futuro.

Para cerrar, allego a los lectores algo escrito por Joaquín Neyra, cofundador de la Academia Nacional de Periodismo y periodista en su momento de un diario importante –hoy fallecido-, con motivo de la publicación de “El país del humo”, de Sara Gallardo, publicado en 1977 por Ed. Sudamericana, que se encontraba en el libro que compré y acabo de leer.

Alguien que podría advertir sobre el misterio del mundo

El País del Humo

Sara Gallardo es autora de varias novelas que le han dado un justo prestigio, como “Enero”, “Pantalones azules”, “Los galgos, los galgos” y sobre todo, según nuestro entender, “Eisejuaz”, cuya fuerza expresiva, estructura y valoración de los personajes, el dramatismo enloquecedor del hombre en sus impulsos más secretos, en su amor y en su odio, en sus frustraciones más dolorosas, se encuentran de nuevo en alguno de sus cuentos de “El país del humo”, editado por Sudamericana.

El título no alude a ninguno de los relatos del libro. “Le puse ese nombre porque mis cuentos tratan sobre Latinoamérica. Y el país del humo es, para mi, la tierra americana. Es un continente que parece perdido en el tiempo, en el que las huellas, las personas, parecen borrarse en extensiones tan vastas como desoladas”.

Y eso se nota muy bien en ese terrible relato con reminiscencias brumosas del lobizón en “Fases de la luna”. Sara Gallardo une la realidad con el delirio. Una raíz de pesadilla saca a la luz la intimidad del ser, esa que nace misteriosamente en la entraña, en lo más abisal del origen primigenio, eso que no siempre anulan del todo las necesarias fórmulas de la convivencia. Lo real y lo sobrenatural obran como fuerzas integradoras de la personalidad en un mundo propio no manejable. La verdad total del hombre está en sus sueños y no en su imaginación en vigilia. Lo que se vive en sueños tiene más fuerza que lo que se vive en la realidad. Es un traspaso de límites.

¿Lo onírico puede engendrar la locura o es la locura la que engendra los espantos, el horror, el caos onírico que construye y destruye?. Lo patentiza la autora en un cuento magistral: “Cosas de la vida”, una inundación escrita oníricamente con prodigiosa imaginación, en la que naufraga un alma. En “Una nueva ciencia” ensaya curiosa fenomenología del nefelismo en los acontecimientos históricos o en los destinos de la humanidad, más acá de oráculos y arúspices. Dejamos sin nombrar cuentos escritos con maestría, para referirnos al más conmovedor, al más dramático (o trágico), “Un solitario”, dedicado a H. A. Murena, el poeta, ensayista y novelista que fue su marido, uno de los grandes creadores de nuestra literatura. Una vida por dentro, un hombre en los lindes de lo cotidiano y lo absoluto, uno que podría enseñar o advertir sobre el misterio del mundo.

Joaquín Neyra

5 comentarios en Un reconocimiento al bibliófilo

  1. Hablando del asunto dijo el

    Un reconocimiento al bibliófilo:

    Cada tanto surge la remanida pregunta acerca de dónde se encuentran los libro.. http://bit.ly/10QjcD

  2. Mariano Ramos Mejia dijo el

    RT @libreros: Un reconocimiento al bibliofilo http://viigo.im/0UfI

  3. Mariano Ramos Mejía dijo el

    RT @libreros: Un reconocimiento al bibliofilo http://viigo.im/0UfI

  4. Federico Reggiani dijo el

    Muy linda nota…
    Hay una cuestión con el libro electrónico (del que no soy un enemigo desesperado ni mucho menos) que me apena, y es la desaparición posible de ese pedazo del pasado (los subrayados, los papelitos dentro del libro, las bibliotecas personales), que se asocia al libro impreso.

  5. Marcelo Z dijo el

    Federico, me ha pasado encontrar en libros usados sobre temas de historia política nacional comentarios al margen, subrayados furibundos y tachaduras varias, amén de algún que otro graffitti. Esas revelaciones pasionales son las que jamás nos ofrendará un libro electrónico.

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