Los tipos como yo
Fue la reseña a La mesera era nueva –novela del autor publicada por la misma casa editora- la que me brindó la posibilidad de leer este nuevo título, debido a la gentileza de B. Viterbo que me lo envió, dado mi manifiesto entusiasmo al disfrutar el anterior.
Nuevamente, la lectura de este libro ha sido realizada con sumo placer. En esta oportunidad, Fabre nos relata la historia de un hombre de poco más de cincuenta años, divorciado, con un hijo de algo más de veinte, y acompañado por dos amigos de la adolescencia; uno de ellos, en un segundo matrimonio, con un hijo adicto a las drogas; el otro, sin trabajo hace más de tres años, viviendo del seguro de desempleo y habiendo perdido el rumbo de su vida.
Lo llamativo es el estilo con que el autor nos cuenta sus historias, el que por otra parte ya había utilizado precedentemente. Si bien hay diálogos, el clásico guión que separa lo dicho por cada personaje se disuelve parcialmente dentro del párrafo siguiente, de manera de incluir la respuesta en él. Además, la descripción con que delinea los personajes le otorga mayor credibilidad al relato.
El libro repasa una diversidad de temas que resultan comunes a cualquiera que tenga la edad de su protagonista, en una suerte de narración atemporal y ageográfica. El acontecer transcurre en las inmediaciones de París, y aborda los miedos que se presentan ante el divorcio después de más de quince años de vida matrimonial; la rutinaria vida de las oficinas; las dificultades de asunción de un hijo adicto; la falta de trabajo –fenómeno extendido en todo el mundo-; los obstáculos en la comunicación entre padres e hijos y las limitaciones que surgen cuando se desea encontrar un nuevo amor, que sea capaz de redimir nuestros más recónditos temores de hastío y soledad.
Desde el inicio cuenta con dos grandes aciertos: el que la trama se desarrolle en medio de los barrios de París, y el mapa de la portada que nos permite hacer un seguimiento más detenido. Si cambiáramos Clichy, Levallois y Garenne-Colombes por San Telmo, Flores y Mataderos, v.g., sería exactamente igual; de alguna manera, el relato nos incluye. Pero la alusión a esa tendencia a “entornar la persiana” –tomada de F. Scott Fitzgerald, autor al que Fabre rinde culto en esta obra- y encerrarse en sí mismo del personaje principal es la característica sobresaliente de la obra.
El querer salir del aislamiento y no encontrar la manera; el desear establecer con el hijo un vínculo más fuerte ante la inminencia de su partida; lo fugaz de las relaciones humanas en un medio social dedicado al trabajo, donde el desempleo es considerado un fracaso, junto al carácter superficial de los encuentros entre personas con las que sólo se intercambian palabras, llamados telefónicos y alguna que otra cena, son elementos suficientes para mostrarnos cuán solos estamos en el devenir de esta vida y pone al desnudo nuestras más habituales justificaciones.
Para colmo, Fabre no escatima el uso de la tecnología moderna; tanto la PC como el chat por Internet están presentes para darle aun más referencias actuales a un texto que ahonda en nuestros miedos e incertezas; el saber que todo ha cambiado y que no nos encontramos preparados para afrontar el futuro porque las armas con que contamos pertenecen a un mundo que ya no existe.
El no hallar respuestas apropiadas cuando se ha transitado más de media vida pareciera ser el denominador común de las situaciones. Con prosa prolija y lenguaje cotidiano, nuestro protagonista se pregunta qué hacer cuando nuestra pareja enferma de cáncer; cómo fortalecer nuestro vínculo filial cuando hemos estado ausentes durante mucho tiempo; cómo volver a creer después de una separación dolorosa y conflictiva, entre otras. En suma, una novela que nos lleva a buscar nuestras propias respuestas –si es que las hay- y refleja la problemática de “los tipos como yo”.
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La hiper-realidad que plantea Jean Baudrillard, la feroz unificación de todas las cosas, y un “reencantamiento del mundo” (dixit Maffesoli). Los signos se difuminan.
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