Entrevista a Rodrigo Fresán {1
Mediodía de lunes con falso otoño. Después de infinitos intentos logro quedar con Rodrigo Fresán, en el café nuevo de mi librería preferida en Barcelona. Fresán debe creer que estos intentos no habrán comenzado hasta hace unos meses, cuando me enteré que publicaría su nueva novela, El fondo del cielo (Mondadori). La realidad es que si él supiera desde cuándo estoy provocando una ocasión idónea para conocerlo personalmente, pensaría, para empezar, que soy un paparazzo obseso, freak y fan de sus libros. Si llegara más lejos, sacaría la conclusión de que soy un perseguidor profesional, tirando a acosador, capaz de un inusitado cholulaje. Si leyera estas líneas, hasta podría sospechar que quien las escribe vino a estudiar Letras a Barcelona con la excusa de compartir su ciudad de residencia, para poder entrevistarlo alguna vez.
El último intento había sido en la inauguración de la exposición-homenaje a J.G. Ballard en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, donde trabajé como informador de sala el año pasado. Fresán estaba en una pantalla, loando en loop al novelista inglés. Antes, recuerdo una mañana en la primavera de 2007, donde Fresán paseaba en cochecito a su bebé por la misma librería, y me saludaba previsiblemente después de darse cuenta los minutos que mis amigos y yo llevábamos observándolo. Recuerdo, también, una conferencia que dio, con otros escritores, sobre Borges (¿otoño de 2006?) en la sala de actos de una biblioteca preciosa del barrio de Gràcia. Cuando terminó su exposición nos cruzamos “casualmente” y Rodrigo volvió a saludar. El lector podrá inferir de estas anécdotas, además de lo persistente que llega a ser la labor persecutoria, que Fresán es una persona atenta, humilde y cercana. El autor de estas líneas lo ratifica.
Fotos: Àngel Monlleó
***
Fabrizio Tocco: ¿Cuáles son los dos mundos destruidos en El fondo del cielo?
Rodrigo Fresán: Uno es el planeta extraterrestre que se auto-destruye y el otro es la Tierra, que el libro destruye de varias maneras posibles. Al final del libro, te das cuenta que está transcurriendo todo al mismo tiempo, como suspendido en el espacio. La idea de presente, pasado, futuro que puedas ir manejando a lo largo de la novela, queda un poco anulada. Responde a ese párrafo de Vonnegut de Slaughterhouse five (Matadero cinco) sobre cómo son los libros de los extraterrestres, que me gusta muchísimo (la idea de los “momentos maravillosos contemplados al mismo tiempo”).
FT: Además del homenaje que hacés a la ciencia-ficción, ¿hay un tono elegíaco en la manera de abordarla?
RF: El libro es un homenaje a la ciencia ficción que me gusta, la que transcurre quince minutos en el futuro o en un presente alternativo. Hay una anécdota muy famosa de Phillip Dick, quien publicaba sus libros en los sesenta y situaba sus tramas en los ochenta. Su editor le pedía que por favor sus novelas transcurrieran un poco más adelante. [Risas] La ciencia-ficción que me gusta es la de Ballard, la de Lem.
FT: ¿La de Bradbury, también?
RF: Bueno, Bradbury está muy presente en esos atardeceres extraterrestres de Evasión (la novela dentro de la novela de El fondo del cielo). Pero el libro también es una crítica a la ciencia ficción clásica, que siempre detesté: Clarke, Asimov. Todo el tiempo estaban jactándose de cómo la realidad confirmaba lo que ellos habían escrito antes: algo así como “en mi libro de 1910 ya aparecían las escaleras mecánicas”. Se sentían como si les pusieran medallas cada vez que el mundo obedecía a sus fantasías. A mí me parece horrible eso. Creo que la mejor ciencia ficción es aquella que el mundo real no puede asumir o digerir. Lo único que me gusta de Clarke es algo que no es suyo, sino de Kubrick, la película de 2001.
Hay algo de elegíaco en la novela. No tanto como el fin de un género sino el de un determinado futuro que es con el que crecieron muchas generaciones. Tal vez la nuestra sea la última de ellas. No sé qué idea de futuro estará manejando un niño que a los tres años ya maneja un ordenador, pero me parece que va a ser muy diferente. Aunque aún haya una fantasía sobre la vida inteligente extraterrestre; si no aparecen, la verdad que a esta altura ya importa poco. Nadie nos va a venir a salvar ni a destruir. Una de las postales comunes de la ciencia ficción era la del platillo volador lanzando un rayo sobre los polos para derretirlos. Esto lo hacemos nosotros ya sin ningún tipo de ayuda del más allá o de otras dimensiones. El libro también se pregunta un poco eso: se pregunta más cómo fue que cómo será. Como digo al final de la novela, no es un libro de ciencia ficción sino con ciencia ficción.
FT: ¿Qué creés que terminó con ese futuro? ¿La tecnificación masiva?
RF: La carrera espacial ha ido muy lenta. Cuando Kubrick decía que en el 2001 iba a haber bases en la Luna, era normal pensarlo si el hombre había llegado a la Luna en 1969. Yo creo que tiene que ver con eso. Con la idea del espacio exterior como un territorio que ya no es interesante. Y en cambio, el espacio interior, sí: la decodificación del ADN, el vivir más, las enfermedades. Como si nosotros nos hubiéramos convertido en nuestros propios aliens. Lo dice por ahí el libro. Ante la imposibilidad de conocer otras civilizaciones planetarias, nosotros nos vamos convirtiendo en seres bastante extraños: las cirugías plásticas, la idea de la eterna juventud, ancianos que viven más de cien años como si cumplieran una especie de objetivo.
FT: ¿Y en el modo de narrar el 9/11? Como fin de un mundo, en un sentido histórico.
RF: Yo recuerdo que el americano medio, al ver por la televisión el 9/11, la sensación que tenía era de estar siendo atacado por seres de otro planeta. Para los americanos, casi todo lo que transcurre fuera de Estados Unidos es de otro planeta. Incluso, el modo en el que se preparan para ir a guerras en el extranjero es como si llegaran a otro planeta, con unos uniformes y una tecnología completamente astronáuticos.
La cultura norteamericana, que de algún modo es internacional por su grado de radiactividad, tiene entre sus dos acontecimientos más grandes a nivel de influencia en la psique humana el 9/11 (por lo inesperado y por el cambio de signo que generó) y el asesinato de Kennedy (porque implanta en el inconsciente colectivo la idea de lo conspirativo-paranoico). Obviamente, antes de eso, nunca nos contaban toda la verdad. Pero había una cierta ingenuidad, una inocencia o predisposición a creer en lo que te contaran. Con Kennedy se produce ese gran quiebre.
FT: Ambos momentos históricos marcarían el principio y el final de esa época que despide la novela: la segunda mitad del siglo XX.
RF: Sí, yo creo que ahí se acaba algo para que empiece otra cosa. Tengo claro qué se acabó pero lo que comenzó todavía está un poco en el aire.
FT: Es muy pronto, quizás.
RF: Sí.
FT: El año pasado, en una entrevista que te hicieron en Quimera, decías algo así como que la “realidad escribe cada vez mejor”.
RF: Debería matizarlo, porque cuando lo leí, dije, “joder, ¡no!”. Dije que la realidad cada vez es más ocurrente. Estilísticamente, escribe cada vez peor, es muy grosera. Pero a nivel de tramas, no deja de sorprender. Por desgracia, la realidad se parece más a Dan Brown que a Proust. [Risas] Bueno, Dan Brown no es un ejemplo muy feliz porque hay escritores mucho mejores que él en esa vertiente, como Stephen King.
FT: En relación a esta idea, la inclusión de un hecho histórico pero esencialmente mediático y “fantástico” como el 9/11 en una novela cuyos personajes son escritores de ciencia ficción parece respaldar aquella célebre competencia entre realidad y ficción.
RF: La verdad, si debo ser extremadamente sincero, el 9/11 me interesaba simplemente como escenario porque me gustaba la imagen de los dos protagonistas encontrándose después de mucho tiempo. Que conversaran mientras veían aviones que se les venían encima, una especie de cosa íntimo-apocalíptica.
FT: ¿Sería muy trillado clasificar El fondo del cielo como meta-ciencia-ficción?
RF: Me gusta mucho leer literatura de género pero, como señalo al final de la novela, en la práctica me gusta no ir hacia ese género, sino que él venga a mi terreno, se amolde a mis protocolos previos.
Si me pedís una definición de El fondo del cielo habría tres: la de una historia de amor con traje espacial (donde la historia de amor vence el constreñimiento del traje espacial), la de una historia íntima o privada del fin del mundo y la última es la de una historia universal del amor. Quiero decir que si vas a lo más profundo de la novela, para mí el verdadero extraterrestre es el amor. Aquello que te invade, te hace actuar de otra manera y muchas veces te destroza.
Si se me permite decir algo que me gusta del libro es el modo en el que usa ciertos tópicos, cierto imaginario de la ciencia ficción, para llevarlo a otro lugar. Cuando Isaac dice algo así como “te metiste en mi pecho, te instalaste y saliste” es una obvia referencia a Alien.
FT: ¿Cómo describirías ese terreno al que llevás los géneros literarios?
RF: Sí, dejar que los niños se acerquen a mí, diría otro personaje de ciencia ficción [Risas]. Creo que estas definiciones no le caben a uno, en realidad. No soy de esas personas que le gusta ir con la teoría por delante. Escribo y pienso del modo en que lo hacía desde niño. Soy muy desconfiado de los adjetivos personalísticos: Kafka o Fellini veían el mundo de una determinada manera que después la gente calificó de kafkiano o felliniano. Hay dos frases que siempre tengo muy presente. Una es de William S. Burroughs, que decía que “se llama experimental a algo cuando el experimento salió mal”. La otra es de Proust que decía que “un libro al que se le nota la teoría es como un regalo al que se le deja el precio”.
La verdad que no sé si me interesa saber cuál es mi terreno. Se podría decir que hay dos tipos de escritores, en cuanto a una actitud sobre lo que se hace. Por un lado, el escritor que cuando va a ver un espectáculo de magia está todo el tiempo preocupado por cómo el mago hace los trucos. El otro escritor es el que se rinde a la magia y a la ilusión. Yo soy de los últimos, sin lugar a dudas. Soy más un lector que escribe que un escritor que lee. No me interesa conocer los trucos de los demás y mucho menos los míos. Aparte uno nunca está totalmente capacitado para eso. Cuando uno conoce los trucos, también, está la terrible tentación de caer en la auto-parodia o en el pastiche. Me parece que es algo que creo que pasa mucho con la literatura argentina. Cuando te descubren esos puntos clave, como si te clavaran con los alfileres de la acupuntura, te encuadran ahí.
FT: ¿Qué sentiste que te hizo renunciar a la proto-novela (“más histórica y enciclopédica”, más cercana a Chabon que a Vonnegut) para transformarla en un texto más ambiguo y menos extenso?
RF: La sensación que tenía era que la parte sci-fi-pop-freak estaba cubriendo la parte de los sentimientos y la historia de amor. Ese creo que es el problema que tiene The Amazing Adventures of Kavalier & Clay. Había una segunda posibilidad que era la de escribir una novela a la Thomas Pynchon. Tampoco me interesaba.
FT: Al final de la novela mencionás a Murakami.
RF: Sí, tampoco me interesaba algo así. Tal vez la única manera posible era escribir una novela decimonónica, donde el mundo de la documentación y el de los sentimientos corriera parejo, pero hay que ser John Irving para eso. [Risas] Hay que ser consciente de las limitaciones de uno. En ese sentido, a mí siempre me interesaron los libros huérfanos, raros, como Slaughterhouse five, Nightwood de Djuna Barnes o Le Livre de Monelle de Marcel Schwob. Son libros que no se sabe muy bien de dónde vienen ni qué descendencia tuvieron. Entonces pensé en hacer eso, pero también en un libro trafalmadoriano, en el que transcurre todo a un mismo tiempo, como te decía. Creo que lo he conseguido, estoy contento en ese sentido. Es un libro que no es fácil de colocar en ninguna estantería, que son los libros que generalmente más me gustan.
FT: ¿Entre esos libros huérfanos podría estar Pedro Páramo?
RF: Puede ser. El modo en que Rulfo maneja lo fantástico podría ser análogo al modo en que manejo aquí la ciencia ficción, con cierto desapego. Para mí, el problema de la ciencia ficción clásica es que está siempre señalándote qué es fantástico. En Rulfo y, tal vez, en esta novela, hay cierta normalidad. Está todo como simbiotizado ya, de una manera muy clara. No deja de ser un elogio. Gracias.
FT: Más allá de las diferencias históricas, ¿en qué se parecen, a nivel compositivo, el Bagdad de El fondo del cielo y el Dresden de Slaugtherhouse Five?
RF: Hay más de un factor común. Primero, un cierto espanto ante el ridículo y el absurdo del que somos capaces de llegar. Generalmente es en las guerras donde se puede contemplar muy claramente la estupidez de los humanos. Tanto mi Bagdad como el Dresden de Vonnegut están contaminados por Vietnam y su representación artística. Lo digo en el libro: desde Vietnam, todas las guerras son Vietnam. Es como una espora, un virus extraterrestre. Slaugtherhouse Five es una novela sobre la Segunda Guerra Mundial y sin embargo está vietnamizada.
FT: Entre las fuentes que citás, ¿se podría agregar Falling Man de DeLillo?
RF: La verdad que quedé enormemente desilusionado cuando DeLillo escribió sobre el 11 de septiembre. Porque lo venía contando en todos sus libros antes de que sucediera. Yo pensé que él tenía que resistirse a esa tentación. Incluso en la portada de la edición americana de Underworld está el World Trade Center. En Mao II él dice que el futuro va a estar contado por los terroristas y no por los escritores, que la nueva ficción es la que va a establecer el terrorismo y no la literatura. De algún modo hizo aquello que mencionábamos antes de Asimov y Clarke. Además, Falling Man no me parece una gran novela de DeLillo. Quiero decir que toda esta decepción, posiblemente, no la hubiera sentido si estuviéramos hablando de una novela maestra total y absoluta. No me parece que agregue nada a su obra.
[Clic acá para continuar leyendo la segunda y última parte]


Muy bueno, realmente. Fresán es un tipo inagotable. La nueva edición por parte de Anagrama de “historia argentina” es uno de los acontecimientos literarios de 2009, por lo menos en mi (acotada) realidad.
Aún no leí la entrevista, la guardo para más tarde.
Pero sí leí la primera parte del post y me acuerdo de mis dos encuentros con Fresán: una, en la Boutique del Libro, una noche de lluvia, hace algunos años.
Otra: en mayo del 96, yo estaba viviendo en New York, y me lo crucé un día por una de las calles. Iba vestido de negro, con su mujer-novia. Yo, que tenía que hacer tiempo, lo seguí por cuadras y cuadras. Entraba en los locales que ellos entraban, miraba los libros que ellos miraban… No me animé a hablarle, pero me divertí toda la tarde.
[...] This post was mentioned on Twitter by laperiodica, myriam kazue and Princesa De La Furia, Hablando del asunto. Hablando del asunto said: Entrevista a Rodrigo Fresán {1: Mediodía de lunes con falso otoño. Después de infinitos intentos logro quedar .. http://bit.ly/3WnIzD [...]
perdón, no leí nada, solo vi la foto y me pregunté, ¿dónde es?, ¿me decís, Mati? Chas gracias
Es un bar de Barcelona, si querés te puedo averiguar la dirección para que te tomes un cafecito.
Llibreria “La Central” de Mallorca.
Carrer de Mallorca 237.
Te deja el metro (parada Diagonal) a tres cuadras y media.
[...] [Clic acá para leer la primera parte] Fotos: Àngel Monlleó [...]
[...] esto -y mucho más- se concentra en El fondo del cielo (Ed. Mondadori), la última novela, recién publicada, de Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963), uno [...]
[...] esto -y mucho más- se concentra en El fondo del cielo (Ed. Mondadori), la última novela, recién publicada, de Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963), uno [...]