Fresán

Entrevista a Rodrigo Fresán.

Por Fabrizio Tocco.

Rodrigo Fresán

Mediodía de lunes con falso otoño. Después de infinitos intentos logro quedar con Rodrigo Fresán, en el café nuevo de mi librería preferida en Barcelona. Fresán debe creer que estos intentos no habrán comenzado hasta hace unos meses, cuando me enteré que publicaría su nueva novela, El fondo del cielo (Mondadori). La realidad es que si él supiera desde cuándo estoy provocando una ocasión idónea para conocerlo personalmente, pensaría, para empezar, que soy un paparazzo obseso, freak y fan de sus libros. Si llegara más lejos, sacaría la conclusión de que soy un perseguidor profesional, tirando a acosador, capaz de un inusitado cholulaje. Si leyera estas líneas, hasta podría sospechar que quien las escribe vino a estudiar Letras a Barcelona con la excusa de compartir su ciudad de residencia, para poder entrevistarlo alguna vez.

El último intento había sido en la inauguración de la exposición-homenaje a J.G. Ballard en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, donde trabajé como informador de sala el año pasado. Fresán estaba en una pantalla, loando en loop al novelista inglés. Antes, recuerdo una mañana en la primavera de 2007, donde Fresán paseaba en cochecito a su bebé por la misma librería, y me saludaba previsiblemente después de darse cuenta los minutos que mis amigos y yo llevábamos observándolo. Recuerdo, también, una conferencia que dio, con otros escritores, sobre Borges (¿otoño de 2006?) en la sala de actos de una biblioteca preciosa del barrio de Gràcia. Cuando terminó su exposición nos cruzamos “casualmente” y Rodrigo volvió a saludar. El lector podrá inferir de estas anécdotas, además de lo persistente que llega a ser la labor persecutoria, que Fresán es una persona atenta, humilde y cercana. El autor de estas líneas lo ratifica.

Fotos: Àngel Monlleó

***

Fabrizio Tocco: ¿Cuáles son los dos mundos destruidos en El fondo del cielo?

Rodrigo Fresán: Uno es el planeta extraterrestre que se auto-destruye y el otro es la Tierra, que el libro destruye de varias maneras posibles. Al final del libro, te das cuenta que está transcurriendo todo al mismo tiempo, como suspendido en el espacio. La idea de presente, pasado, futuro que puedas ir manejando a lo largo de la novela, queda un poco anulada. Responde a ese párrafo de Vonnegut de Slaughterhouse five (Matadero cinco) sobre cómo son los libros de los extraterrestres, que me gusta muchísimo (la idea de los “momentos maravillosos contemplados al mismo tiempo”).

FT: Además del homenaje que hacés a la ciencia-ficción, ¿hay un tono elegíaco en la manera de abordarla?

RF: El libro es un homenaje a la ciencia ficción que me gusta, la que transcurre quince minutos en el futuro o en un presente alternativo. Hay una anécdota muy famosa de Phillip Dick, quien publicaba sus libros en los sesenta y situaba sus tramas en los ochenta. Su editor le pedía que por favor sus novelas transcurrieran un poco más adelante. [Risas] La ciencia-ficción que me gusta es la de Ballard, la de Lem.

FT: ¿La de Bradbury, también?

RF: Bueno, Bradbury está muy presente en esos atardeceres extraterrestres de Evasión (la novela dentro de la novela de El fondo del cielo). Pero el libro también es una crítica a la ciencia ficción clásica, que siempre detesté: Clarke, Asimov. Todo el tiempo estaban jactándose de cómo la realidad confirmaba lo que ellos habían escrito antes: algo así como “en mi libro de 1910 ya aparecían las escaleras mecánicas”. Se sentían como si les pusieran medallas cada vez que el mundo obedecía a sus fantasías. A mí me parece horrible eso. Creo que la mejor ciencia ficción es aquella que el mundo real no puede asumir o digerir. Lo único que me gusta de Clarke es algo que no es suyo, sino de Kubrick, la película de 2001.

Hay algo de elegíaco en la novela. No tanto como el fin de un género sino el de un determinado futuro que es con el que crecieron muchas generaciones. Tal vez la nuestra sea la última de ellas. No sé qué idea de futuro estará manejando un niño que a los tres años ya maneja un ordenador, pero me parece que va a ser muy diferente. Aunque aún haya una fantasía sobre la vida inteligente extraterrestre; si no aparecen, la verdad que a esta altura ya importa poco. Nadie nos va a venir a salvar ni a destruir. Una de las postales comunes de la ciencia ficción era la del platillo volador lanzando un rayo sobre los polos para derretirlos. Esto lo hacemos nosotros ya sin ningún tipo de ayuda del más allá o de otras dimensiones. El libro también se pregunta un poco eso: se pregunta más cómo fue que cómo será. Como digo al final de la novela, no es un libro de ciencia ficción sino con ciencia ficción.

FT: ¿Qué creés que terminó con ese futuro? ¿La tecnificación masiva?

RF: La carrera espacial ha ido muy lenta. Cuando Kubrick decía que en el 2001 iba a haber bases en la Luna, era normal pensarlo si el hombre había llegado a la Luna en 1969. Yo creo que tiene que ver con eso. Con la idea del espacio exterior como un territorio que ya no es interesante. Y en cambio, el espacio interior, sí: la decodificación del ADN, el vivir más, las enfermedades. Como si nosotros nos hubiéramos convertido en nuestros propios aliens. Lo dice por ahí el libro. Ante la imposibilidad de conocer otras civilizaciones planetarias, nosotros nos vamos convirtiendo en seres bastante extraños: las cirugías plásticas, la idea de la eterna juventud, ancianos que viven más de cien años como si cumplieran una especie de objetivo.

FT: ¿Y en el modo de narrar el 9/11? Como fin de un mundo, en un sentido histórico.

RF: Yo recuerdo que el americano medio, al ver por la televisión el 9/11, la sensación que tenía era de estar siendo atacado por seres de otro planeta. Para los americanos, casi todo lo que transcurre fuera de Estados Unidos es de otro planeta. Incluso, el modo en el que se preparan para ir a guerras en el extranjero es como si llegaran a otro planeta, con unos uniformes y una tecnología completamente astronáuticos.

La cultura norteamericana, que de algún modo es internacional por su grado de radiactividad, tiene entre sus dos acontecimientos más grandes a nivel de influencia en la psique humana el 9/11 (por lo inesperado y por el cambio de signo que generó) y el asesinato de Kennedy (porque implanta en el inconsciente colectivo la idea de lo conspirativo-paranoico). Obviamente, antes de eso, nunca nos contaban toda la verdad. Pero había una cierta ingenuidad, una inocencia o predisposición a creer en lo que te contaran. Con Kennedy se produce ese gran quiebre.

FT: Ambos momentos históricos marcarían el principio y el final de esa época que despide la novela: la segunda mitad del siglo XX.

RF: Sí, yo creo que ahí se acaba algo para que empiece otra cosa. Tengo claro qué se acabó pero lo que comenzó todavía está un poco en el aire.

FT: Es muy pronto, quizás.

RF: Sí.

FT: El año pasado, en una entrevista que te hicieron en Quimera, decías algo así como que la “realidad escribe cada vez mejor”.

RF: Debería matizarlo, porque cuando lo leí, dije, “joder, ¡no!”. Dije que la realidad cada vez es más ocurrente. Estilísticamente, escribe cada vez peor, es muy grosera. Pero a nivel de tramas, no deja de sorprender. Por desgracia, la realidad se parece más a Dan Brown que a Proust. [Risas] Bueno, Dan Brown no es un ejemplo muy feliz porque hay escritores mucho mejores que él en esa vertiente, como Stephen King.

FT: En relación a esta idea, la inclusión de un hecho histórico pero esencialmente mediático y “fantástico” como el 9/11 en una novela cuyos personajes son escritores de ciencia ficción parece respaldar aquella célebre competencia entre realidad y ficción.

RF: La verdad, si debo ser extremadamente sincero, el 9/11 me interesaba simplemente como escenario porque me gustaba la imagen de los dos protagonistas encontrándose después de mucho tiempo. Que conversaran mientras veían aviones que se les venían encima, una especie de cosa íntimo-apocalíptica.

FT: ¿Sería muy trillado clasificar El fondo del cielo como meta-ciencia-ficción?

RF: Me gusta mucho leer literatura de género pero, como señalo al final de la novela, en la práctica me gusta no ir hacia ese género, sino que él venga a mi terreno, se amolde a mis protocolos previos.

Si me pedís una definición de El fondo del cielo habría tres: la de una historia de amor con traje espacial (donde la historia de amor vence el constreñimiento del traje espacial), la de una historia íntima o privada del fin del mundo y la última es la de una historia universal del amor. Quiero decir que si vas a lo más profundo de la novela, para mí el verdadero extraterrestre es el amor. Aquello que te invade, te hace actuar de otra manera y muchas veces te destroza.

Si se me permite decir algo que me gusta del libro es el modo en el que usa ciertos tópicos, cierto imaginario de la ciencia ficción, para llevarlo a otro lugar. Cuando Isaac dice algo así como “te metiste en mi pecho, te instalaste y saliste” es una obvia referencia a Alien.

FT: ¿Cómo describirías ese terreno al que llevás los géneros literarios?

RF: Sí, dejar que los niños se acerquen a mí, diría otro personaje de ciencia ficción [Risas]. Creo que estas definiciones no le caben a uno, en realidad. No soy de esas personas que le gusta ir con la teoría por delante. Escribo y pienso del modo en que lo hacía desde niño. Soy muy desconfiado de los adjetivos personalísticos: Kafka o Fellini veían el mundo de una determinada manera que después la gente calificó de kafkiano o felliniano. Hay dos frases que siempre tengo muy presente. Una es de William S. Burroughs, que decía que “se llama experimental a algo cuando el experimento salió mal”. La otra es de Proust que decía que “un libro al que se le nota la teoría es como un regalo al que se le deja el precio”.

La verdad que no sé si me interesa saber cuál es mi terreno. Se podría decir que hay dos tipos de escritores, en cuanto a una actitud sobre lo que se hace. Por un lado, el escritor que cuando va a ver un espectáculo de magia está todo el tiempo preocupado por cómo el mago hace los trucos. El otro escritor es el que se rinde a la magia y a la ilusión. Yo soy de los últimos, sin lugar a dudas. Soy más un lector que escribe que un escritor que lee. No me interesa conocer los trucos de los demás y mucho menos los míos. Aparte uno nunca está totalmente capacitado para eso. Cuando uno conoce los trucos, también, está la terrible tentación de caer en la auto-parodia o en el pastiche. Me parece que es algo que creo que pasa mucho con la literatura argentina. Cuando te descubren esos puntos clave, como si te clavaran con los alfileres de la acupuntura, te encuadran ahí.

FT: ¿Qué sentiste que te hizo renunciar a la proto-novela (“más histórica y enciclopédica”, más cercana a Chabon que a Vonnegut) para transformarla en un texto más ambiguo y menos extenso?

RF: La sensación que tenía era que la parte sci-fi-pop-freak estaba cubriendo la parte de los sentimientos y la historia de amor. Ese creo que es el problema que tiene The Amazing Adventures of Kavalier & Clay. Había una segunda posibilidad que era la de escribir una novela a la Thomas Pynchon. Tampoco me interesaba.

FT: Al final de la novela mencionás a Murakami.

RF: Sí, tampoco me interesaba algo así. Tal vez la única manera posible era escribir una novela decimonónica, donde el mundo de la documentación y el de los sentimientos corriera parejo, pero hay que ser John Irving para eso. [Risas] Hay que ser consciente de las limitaciones de uno. En ese sentido, a mí siempre me interesaron los libros huérfanos, raros, como Slaughterhouse five, Nightwood de Djuna Barnes o Le Livre de Monelle de Marcel Schwob. Son libros que no se sabe muy bien de dónde vienen ni qué descendencia tuvieron. Entonces pensé en hacer eso, pero también en un libro trafalmadoriano, en el que transcurre todo a un mismo tiempo, como te decía. Creo que lo he conseguido, estoy contento en ese sentido. Es un libro que no es fácil de colocar en ninguna estantería, que son los libros que generalmente más me gustan.

FT: ¿Entre esos libros huérfanos podría estar Pedro Páramo?

RF: Puede ser. El modo en que Rulfo maneja lo fantástico podría ser análogo al modo en que manejo aquí la ciencia ficción, con cierto desapego. Para mí, el problema de la ciencia ficción clásica es que está siempre señalándote qué es fantástico. En Rulfo y, tal vez, en esta novela, hay cierta normalidad. Está todo como simbiotizado ya, de una manera muy clara. No deja de ser un elogio. Gracias.

FT: Más allá de las diferencias históricas, ¿en qué se parecen, a nivel compositivo, el Bagdad de El fondo del cielo y el Dresden de Slaugtherhouse Five?

RF: Hay más de un factor común. Primero, un cierto espanto ante el ridículo y el absurdo del que somos capaces de llegar. Generalmente es en las guerras donde se puede contemplar muy claramente la estupidez de los humanos. Tanto mi Bagdad como el Dresden de Vonnegut están contaminados por Vietnam y su representación artística. Lo digo en el libro: desde Vietnam, todas las guerras son Vietnam. Es como una espora, un virus extraterrestre. Slaugtherhouse Five es una novela sobre la Segunda Guerra Mundial y sin embargo está vietnamizada.

FT: Entre las fuentes que citás, ¿se podría agregar Falling Man de DeLillo?

RF: La verdad que quedé enormemente desilusionado cuando DeLillo escribió sobre el 11 de septiembre. Porque lo venía contando en todos sus libros antes de que sucediera. Yo pensé que él tenía que resistirse a esa tentación. Incluso en la portada de la edición americana de Underworld está el World Trade Center. En Mao II él dice que el futuro va a estar contado por los terroristas y no por los escritores, que la nueva ficción es la que va a establecer el terrorismo y no la literatura. De algún modo hizo aquello que mencionábamos antes de Asimov y Clarke. Además, Falling Man no me parece una gran novela de DeLillo. Quiero decir que toda esta decepción, posiblemente, no la hubiera sentido si estuviéramos hablando de una novela maestra total y absoluta. No me parece que agregue nada a su obra.

FT: Tenemos a Isaac Goldman, tenemos a Sarah, ¿dónde está Abraham? [en El fondo del cielo, el padre de Isaac es un rabino llamado Solomon].

RF: No pensé en términos antiguo-testamentarios, la verdad. Es una buena pregunta. Si vamos a hacer una lectura judaica, en realidad todos los personajes son Job, me parece. [Risas]

FT: ¿Cuál es tu frase favorita de Estrella distante que homenajea la tercera parte de la novela?

RF: Bolaño dice “esta es mi última transmisión en el planeta de los monstruos” y al final de El fondo del cielo esta frase aparece negada. Es una frase que siempre me gustó mucho.

FT:¿Qué implicó para vos y para la redacción de tu última novela que la misma fuera escrita entre las muertes de muchas de tus musas: Vonnegut, Foster Wallace, Ballard?

RF: Sería muy egoísta pensar que es algo así como “bueno, sigue tú, muchacho” [Risas]. No, me entristeció, me pareció un poco raro. De todas maneras es cierto que sucedió lo mismo con la muerte de Philip K. Dick y con Andy Warhol, también dos grandes visionarios: todos se murieron en el momento en el que el mundo empezaba a parecerse demasiado a sus visiones.

Yo era un gran fan, bueno, en realidad era un gran yonqui [Risas] de las dos o tres primeras temporadas de Gran Hermano en España. Luego me cansé. Creo que acá es el único lugar en donde se sigue emitiendo con éxito. El otro día, en un hotel de Madrid, me fijé a ver qué hacían ahora, en esta temporada. Era increíble. Ahora tienen dos casas, una debajo de la otra. Los participantes no saben que tienen vecinos, entonces sospechan que hay como otra dimensión donde la estarán pasando mejor que ellos. Como lo vi en un momento de ensueño, pensaba que lo había soñado. Pero parece que fue cierto: se abre una puerta y entra una tribu completa de papúas semidesnudos que empezaban a aullar, los participantes estaban aterrorizados porque pensaban que se los iban a comer. Muy raro. Ahí están Foster Wallace, Ballard y Vonnegut, los tres juntitos, en una misma noche y una misma pantalla.

FT: Siempre mencionás a Proust como uno de tus referentes. Puntualmente, en El fondo del cielo, ¿se puede hablar de la presencia de Joyce, en cuanto a subordinar la narración de una trama por la explotación de una situación? Citás una idea bastante similar pero es de Cheever: la preferencia de trabajar con “momentos” en vez de “argumentos”.

RF: Yo empecé trabajando con argumentos, pero cada vez trabajo más con situaciones. Siempre tengo la fantasía de que algún día podré escribir una novela decimonónica. Pero me parece que no está dentro de mis posibilidades, no tengo esos programas en el disco duro de mi cerebro. Aunque he leído todo lo que ha publicado Joyce, no soy un gran lector de su obra. Me gustan muchísimo “The Dead”, Portrait of the Artist as a Young Man y partes del Ulysses (que debería volver a leer). La única gran influencia que siento de Joyce está en “After the Race”, un cuentito muy raro de Dubliners, que es como una especie de postal. Cuando leí el final epifánico del brindis recuerdo haberme emocionado. Me interesa la epifanía como animal, pero me gusta más la epifanía sostenida, la de Cheever, la de larga distancia. La idea de poder alargar la epifanía, que dure lo que dura una canción o un disco entero.

FT: Más cercana a Proust que a Joyce.

RF: Por supuesto. Si lo ponemos en términos fubolísticos (cosa que detesto) yo juego para el Deportivo Proust y no para el Club Atlético Joyce. Obviamente, reconozco la grandeza de ambos.

FT: Estarás contento: la literatura española, este año, ha dejado de narrar la Guerra Civil para pasar al golpe de estado de Tejero.

RF: [Risas] No, el libro de Javier Cercas es un gran libro. La verdad que si todo fuera así, habría un panorama distinto. Para citarte otras excepciones, en cine está El laberinto del Fauno o El espinazo del diablo, que transcurre en un internado para niños, durante la Guerra Civil Española. Pero no están todos los personajes ahí, diciendo “Guerra Civil Española”. Hay un problema con el cine y la novela histórica: parecería que todo el mundo deba ser consciente del momento histórico y generalmente no sucede así. No hay una percepción constante de la historia presente. Imaginate a los esclavos en Egipto construyendo las Pirámides: de ningún modo pensarían “de aquí a cuatro mil años esto va a estar lleno de turistas”. Paradójicamente, la novela realista acaba siendo la más irreal de todas cuando maneja este tipo de comportamientos.

No es molestia lo que siento frente a la abundancia de ese tipo de novelas, en realidad, es un poco de asombro: que alguien se limite exclusivamente a narrar un evento histórico. Sería molestia si alguien me dijera que tengo que escribir una novela sobre la Guerra Civil o sobre los Desaparecidos. Lo hice en Esperanto, pero de una manera diferente.

FT: Sí, rodeando el tema. También lo hacés en algún cuento de Historia argentina.

RF: También. De algún modo entroncándolo en mi percepción de la Argentina, que es casi de otro planeta. Son todos cuentos escritos por un extraterrestre. Historia argentina trata los acontecimientos históricos en función de sus posibilidades. Narrar con la efeméride por delante es hacerlo como con la vanguardia o la teoría por delante. Pero que cada cual narre como quiera.

FT: Ahora, en serio, tus musas, tanto en esta novela en particular como en tu obra en general, pertenecen a la tradición anglófona (si no consideramos de esta tradición a Bioy Casares o Borges). Teniendo en cuenta los temas en los que incurrís con frecuencia, ¿te sentís cómodo escribiendo en una lengua que cultivó el realismo de forma dominante?

RF: No, porque yo soy un escritor argentino. La gran tradición literaria argentina es fantástica: desde Arlt hasta Piglia en La ciudad ausente y muchas novelas de Aira, pasando por Marechal o Cortázar.

FT: Sí, o antes Lugones y Macedonio.

RF: Exacto. No hay temas de pudor o de rareza. En El fondo del cielo se reconocen dos antecedentes muy fuertes: La invención de Morel y El sueño de los héroes, historias de amor preocupadas por el tiempo y la imposibilidad de encontrarse o de reunirse. En ese sentido, cuando Borges en 1932 dice en “El escritor argentino y la tradición” que ser argentino es una fatalidad pero que también es una máscara. No hay nada argentino. También dice que cualquier cosa que un escritor argentino haga, lo hará con felicidad. Termina diciendo que el patrimonio del argentino es el universo. Yo me acordé de estas ideas y pensé, al componer El fondo del cielo, en escribir una novela sobre el universo, para reclamar ese patrimonio de una manera muy clara.

Los escritores argentinos no tenemos ese problema. Para bien o para mal. Porque también está esa idea de traición o extradición como tradición, que en otros campos nos ha traído varios problemas. La incapacidad de asumirnos como un país, ese sálvese quién pueda constante. Inclusive dentro del campo literario, el canibalismo absoluto y la violencia que hay entre facciones todo el tiempo, tipo “lo vamo a reventar”. La culpa de todo la tiene el fútbol, ¿no? [Risas] Es el único momento, parecería, en el que los argentinos son argentinos. Por desgracia.

FT: Quitando, entonces, la tradición argentina. ¿Por qué creés que hay tan poca ciencia-ficción escrita en castellano?

RF: Pues, no lo sé. Tal vez es gente que no necesitó escaparse de la idea de que están viviendo en Argentina. Tal vez son gente más feliz o más interesada en el sitio en el que les tocó vivir. También hay una cosa muy liminar: Argentina está en el fin del mundo. En comparación con otros países latinoamericanos, en Argentina sólo hay dos o tres generaciones. De la cultura indígena no nos ha quedado absolutamente nada, salvo en el Norte. No hay ruinas impresionantes que te recuerden ese pasado, que te hagan consciente de que en ese lugar hubo otros planetas antes que el tuyo. Argentina siempre está en órbita y como perdida en el espacio.

FT: Bueno, hay mucha literatura escrita en inglés, donde se vehiculó el desarrollo tanto de la literatura fantástica como del realismo.

RF: Creo que lo que ocurrió en Estados Unidos y no ocurrió mucho ni en Argentina o España es que allí se vivió una Edad de Oro de las revistas de género. También por la depresión o por la necesidad de fantasear. Pero había cuarenta y cinco revistas de ciencia ficción conviviendo en un determinado momento. Bueno, era fuente de trabajo. No creo que el pensar fantásticamente sea patrimonio de un determinado país, pero sí de determinadas circunstancias.

FT: Después de una década viviendo en Barcelona, ¿cómo valorás estos años a nivel profesional y personal?

RF: Muy bien. Siendo escritor, el modo en que califico una ciudad pasa por los libros que escribí allí. Lo que he escrito en Barcelona me gusta. Tuve un hijo, algo que hace de ese lugar una cosa mucho más importante en tu vida. Yo llegué aquí con treinta y cinco años y para mí fue un enorme alivio que la gente me viera como tal. Porque, generalmente, los lugares donde empezás profesionalmente, a los veinte años tenés veinte años hasta que te morís. En la óptica de muchísima gente, seguís siendo el joven escritor argentino, forever and ever. Tal vez es algo que le pase a Ray Loriga aquí. Mi sensación es que envejecí apenas aterricé en España. Y fue muy agradable envejecer. Que se me considere alguien de la edad que tengo. En Argentina, estaba cansado que mis libros se juzgaran siempre pasados por un cierto filtro de la ocurrencia juvenil.

Además, me parece que hay que irse. Yo nunca criticaría al escritor que nunca sale de su casa, que se muere en la cama donde nació y que toda su literatura pasa por la manzana donde vive. Me parece que hay escritores muy interesantes. Pero a mí me interesa, cada tanto, mover, cambiar el paisaje, limpiarme la pupila. Yo me fui muy joven de Argentina. Por todas las razones incorrectas. Y obligado, además, tenía diez u once años. Lo que te ocurre es que cuando te vas a esa edad y volvés a los dieciséis, sos una especie de extranjero profesional. Después… no hay que olvidarse nunca: Borges, Cortázar, Gardel, el Che Guevara, todos murieron afuera. Evita murió en Argentina pero pasearon su cadáver por medio mundo. [Risas] Las manos de Perón andá a saber dónde están.

FT: Bioy Casares murió en Buenos Aires.

RF: Creo que no le dio tiempo. Me da la impresión de que si hubiera tenido un par de meses más, hubiese disparado. Yo hablaba bastante con Bioy y me parece que hubiera salido corriendo. Me lo imagino más… Costa Azul, agonizando en un Petît-Hôtel frente al Mediterráneo. Me parece que le hubiera gustado mucho más.

FT: ¿Qué extrañás de Bolaño?

RF: En tanto amigo, su humor. Bolaño era un tipo muy divertido, nos reíamos mucho. Teníamos conversaciones completamente rocambolescas, nos contábamos los libros que estábamos leyendo. No hablábamos tanto de lo que hacíamos cada uno. Es lo que él escribió en “Todos los temas con Fresán” en Entre paréntesis. Nos hicimos amigos muy rápidamente, lo conocí a los dos días de llegar a Barcelona. En tanto lector, los libros que Bolaño jamás podrá escribir, que además eran muchísimos, porque era un tipo con una capacidad bestial. Siempre te queda la duda de si esa capacidad no estaba dictada por la inminencia o la posibilidad de su muerte. En todo caso, era un pozo donde había mucha agua todavía.

FT: ¿Cómo valorás tu temprana trayectoria en Pelo y tus primeros pasos en Página 12 después de haber publicado ocho obras?

RF: Para mí el periodismo fue la manera de poder costear mis proyectos. La no-ficción trabajó para la ficción. Fue un modo de financiarme, porque yo tuve una vida académica muy complicada. El periodismo era lo más parecido a la literatura, porque generalmente trabajás solo en la escritura. También es cierto que por intuición o por una gran astucia me las arreglé para trabajar siempre en medios en donde me dejaban hacer lo que quería. Quiero decir que la diferencia que establezco entre ficción y no-ficción es un poco de formato y de soporte, pero mucho de lo que hago en un campo lo siento muy cercano a lo que estoy trabajando en el otro. Si me preguntás si algo ha cambiado con los años, te diría que sí, que los años van pesando, que el cuerpo responde menos. Ya no hay esa velocidad para ponerte un sombrero y sacarte el otro. Pero también es cierto que a veces fantaseo, con cómo será dejar por completo el periodismo y pasar a la ficción. Y me asusta un poco, porque si dejo uno, dejo el otro también. El periodismo te mantiene el músculo caliente.

FT: Supongo que notarás la diferencia que hay en la sofisticación del periodismo entre la actualidad y el tiempo en el que arrancaste con tu carrera. Intuyo que entonces era más flexible. Por lo menos acá, en España, para acceder a determinados puestos de trabajo, te exigen cierto nivel académico que a vos no te hizo falta.

RF: Me parece que todavía hoy en Página 12 no creo que nadie te pida un diploma. Pero sí, yo soy de la generación que básicamente se formaba en una redacción.

FT: No había Masters de Periodismo.

RF: No. Y, por suerte, yo debo ser bastante psicópata porque no tuve que salir a cubrir muchas cosas desagradables y siempre me las arreglé con mis editores para escribir sobre lo que quería. Yo tenía un buen sistema que consistía en proponer algo antes de sentarte a esperar a que te lo pidan. Porque lo que te pidan siempre va a ser mucho peor que lo que vos llegues a proponer.

FT: Después de México, Londres y Nueva York. ¿Se puede saber en qué metrópoli aterrizará La parte inventada, tu próxima novela?

RF: No. Estoy tentado de que sea Cataluña, por una vez. Pero tengo que averiguar cómo se dice “Canciones tristes” en catalán [Risas, Fresán aclara que sí lo sabe]. Lo lógico sería llegar aquí, pero es un libro extraño a nivel que no importa tanto el lugar donde transcurra, me parece.

10 thoughts on “Fresán

  1. Muy bueno, realmente. Fresán es un tipo inagotable. La nueva edición por parte de Anagrama de “historia argentina” es uno de los acontecimientos literarios de 2009, por lo menos en mi (acotada) realidad.

  2. Aún no leí la entrevista, la guardo para más tarde.
    Pero sí leí la primera parte del post y me acuerdo de mis dos encuentros con Fresán: una, en la Boutique del Libro, una noche de lluvia, hace algunos años.

    Otra: en mayo del 96, yo estaba viviendo en New York, y me lo crucé un día por una de las calles. Iba vestido de negro, con su mujer-novia. Yo, que tenía que hacer tiempo, lo seguí por cuadras y cuadras. Entraba en los locales que ellos entraban, miraba los libros que ellos miraban… No me animé a hablarle, pero me divertí toda la tarde.

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