Entrevista a Rodrigo Fresán {2
Segunda y última parte de la entrevista a Rodrigo Fresán.
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Fotos: Àngel Monlleó
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Fabrizio Tocco: Tenemos a Isaac Goldman, tenemos a Sarah, ¿dónde está Abraham? [en El fondo del cielo, el padre de Isaac es un rabino llamado Solomon].
Rodrigo Fresán: No pensé en términos antiguo-testamentarios, la verdad. Es una buena pregunta. Si vamos a hacer una lectura judaica, en realidad todos los personajes son Job, me parece. [Risas]
FT: ¿Cuál es tu frase favorita de Estrella distante que homenajea la tercera parte de la novela?
RF: Bolaño dice “esta es mi última transmisión en el planeta de los monstruos” y al final de El fondo del cielo esta frase aparece negada. Es una frase que siempre me gustó mucho.
FT:¿Qué implicó para vos y para la redacción de tu última novela que la misma fuera escrita entre las muertes de muchas de tus musas: Vonnegut, Foster Wallace, Ballard?
RF: Sería muy egoísta pensar que es algo así como “bueno, sigue tú, muchacho” [Risas]. No, me entristeció, me pareció un poco raro. De todas maneras es cierto que sucedió lo mismo con la muerte de Philip K. Dick y con Andy Warhol, también dos grandes visionarios: todos se murieron en el momento en el que el mundo empezaba a parecerse demasiado a sus visiones.
Yo era un gran fan, bueno, en realidad era un gran yonqui [Risas] de las dos o tres primeras temporadas de Gran Hermano en España. Luego me cansé. Creo que acá es el único lugar en donde se sigue emitiendo con éxito. El otro día, en un hotel de Madrid, me fijé a ver qué hacían ahora, en esta temporada. Era increíble. Ahora tienen dos casas, una debajo de la otra. Los participantes no saben que tienen vecinos, entonces sospechan que hay como otra dimensión donde la estarán pasando mejor que ellos. Como lo vi en un momento de ensueño, pensaba que lo había soñado. Pero parece que fue cierto: se abre una puerta y entra una tribu completa de papúas semidesnudos que empezaban a aullar, los participantes estaban aterrorizados porque pensaban que se los iban a comer. Muy raro. Ahí están Foster Wallace, Ballard y Vonnegut, los tres juntitos, en una misma noche y una misma pantalla.
FT: Siempre mencionás a Proust como uno de tus referentes. Puntualmente, en El fondo del cielo, ¿se puede hablar de la presencia de Joyce, en cuanto a subordinar la narración de una trama por la explotación de una situación? Citás una idea bastante similar pero es de Cheever: la preferencia de trabajar con “momentos” en vez de “argumentos”.
RF: Yo empecé trabajando con argumentos, pero cada vez trabajo más con situaciones. Siempre tengo la fantasía de que algún día podré escribir una novela decimonónica. Pero me parece que no está dentro de mis posibilidades, no tengo esos programas en el disco duro de mi cerebro. Aunque he leído todo lo que ha publicado Joyce, no soy un gran lector de su obra. Me gustan muchísimo “The Dead”, Portrait of the Artist as a Young Man y partes del Ulysses (que debería volver a leer). La única gran influencia que siento de Joyce está en “After the Race”, un cuentito muy raro de Dubliners, que es como una especie de postal. Cuando leí el final epifánico del brindis recuerdo haberme emocionado. Me interesa la epifanía como animal, pero me gusta más la epifanía sostenida, la de Cheever, la de larga distancia. La idea de poder alargar la epifanía, que dure lo que dura una canción o un disco entero.
FT: Más cercana a Proust que a Joyce.
RF: Por supuesto. Si lo ponemos en términos fubolísticos (cosa que detesto) yo juego para el Deportivo Proust y no para el Club Atlético Joyce. Obviamente, reconozco la grandeza de ambos.
FT: Estarás contento: la literatura española, este año, ha dejado de narrar la Guerra Civil para pasar al golpe de estado de Tejero.
RF: [Risas] No, el libro de Javier Cercas es un gran libro. La verdad que si todo fuera así, habría un panorama distinto. Para citarte otras excepciones, en cine está El laberinto del Fauno o El espinazo del diablo, que transcurre en un internado para niños, durante la Guerra Civil Española. Pero no están todos los personajes ahí, diciendo “Guerra Civil Española”. Hay un problema con el cine y la novela histórica: parecería que todo el mundo deba ser consciente del momento histórico y generalmente no sucede así. No hay una percepción constante de la historia presente. Imaginate a los esclavos en Egipto construyendo las Pirámides: de ningún modo pensarían “de aquí a cuatro mil años esto va a estar lleno de turistas”. Paradójicamente, la novela realista acaba siendo la más irreal de todas cuando maneja este tipo de comportamientos.
No es molestia lo que siento frente a la abundancia de ese tipo de novelas, en realidad, es un poco de asombro: que alguien se limite exclusivamente a narrar un evento histórico. Sería molestia si alguien me dijera que tengo que escribir una novela sobre la Guerra Civil o sobre los Desaparecidos. Lo hice en Esperanto, pero de una manera diferente.
FT: Sí, rodeando el tema. También lo hacés en algún cuento de Historia argentina.
RF: También. De algún modo entroncándolo en mi percepción de la Argentina, que es casi de otro planeta. Son todos cuentos escritos por un extraterrestre. Historia argentina trata los acontecimientos históricos en función de sus posibilidades. Narrar con la efeméride por delante es hacerlo como con la vanguardia o la teoría por delante. Pero que cada cual narre como quiera.
FT: Ahora, en serio, tus musas, tanto en esta novela en particular como en tu obra en general, pertenecen a la tradición anglófona (si no consideramos de esta tradición a Bioy Casares o Borges). Teniendo en cuenta los temas en los que incurrís con frecuencia, ¿te sentís cómodo escribiendo en una lengua que cultivó el realismo de forma dominante?
RF: No, porque yo soy un escritor argentino. La gran tradición literaria argentina es fantástica: desde Arlt hasta Piglia en La ciudad ausente y muchas novelas de Aira, pasando por Marechal o Cortázar.
FT: Sí, o antes Lugones y Macedonio.
RF: Exacto. No hay temas de pudor o de rareza. En El fondo del cielo se reconocen dos antecedentes muy fuertes: La invención de Morel y El sueño de los héroes, historias de amor preocupadas por el tiempo y la imposibilidad de encontrarse o de reunirse. En ese sentido, cuando Borges en 1932 dice en “El escritor argentino y la tradición” que ser argentino es una fatalidad pero que también es una máscara. No hay nada argentino. También dice que cualquier cosa que un escritor argentino haga, lo hará con felicidad. Termina diciendo que el patrimonio del argentino es el universo. Yo me acordé de estas ideas y pensé, al componer El fondo del cielo, en escribir una novela sobre el universo, para reclamar ese patrimonio de una manera muy clara.
Los escritores argentinos no tenemos ese problema. Para bien o para mal. Porque también está esa idea de traición o extradición como tradición, que en otros campos nos ha traído varios problemas. La incapacidad de asumirnos como un país, ese sálvese quién pueda constante. Inclusive dentro del campo literario, el canibalismo absoluto y la violencia que hay entre facciones todo el tiempo, tipo “lo vamo a reventar”. La culpa de todo la tiene el fútbol, ¿no? [Risas] Es el único momento, parecería, en el que los argentinos son argentinos. Por desgracia.
FT: Quitando, entonces, la tradición argentina. ¿Por qué creés que hay tan poca ciencia-ficción escrita en castellano?
RF: Pues, no lo sé. Tal vez es gente que no necesitó escaparse de la idea de que están viviendo en Argentina. Tal vez son gente más feliz o más interesada en el sitio en el que les tocó vivir. También hay una cosa muy liminar: Argentina está en el fin del mundo. En comparación con otros países latinoamericanos, en Argentina sólo hay dos o tres generaciones. De la cultura indígena no nos ha quedado absolutamente nada, salvo en el Norte. No hay ruinas impresionantes que te recuerden ese pasado, que te hagan consciente de que en ese lugar hubo otros planetas antes que el tuyo. Argentina siempre está en órbita y como perdida en el espacio.
FT: Bueno, hay mucha literatura escrita en inglés, donde se vehiculó el desarrollo tanto de la literatura fantástica como del realismo.
RF: Creo que lo que ocurrió en Estados Unidos y no ocurrió mucho ni en Argentina o España es que allí se vivió una Edad de Oro de las revistas de género. También por la depresión o por la necesidad de fantasear. Pero había cuarenta y cinco revistas de ciencia ficción conviviendo en un determinado momento. Bueno, era fuente de trabajo. No creo que el pensar fantásticamente sea patrimonio de un determinado país, pero sí de determinadas circunstancias.
FT: Después de una década viviendo en Barcelona, ¿cómo valorás estos años a nivel profesional y personal?
RF: Muy bien. Siendo escritor, el modo en que califico una ciudad pasa por los libros que escribí allí. Lo que he escrito en Barcelona me gusta. Tuve un hijo, algo que hace de ese lugar una cosa mucho más importante en tu vida. Yo llegué aquí con treinta y cinco años y para mí fue un enorme alivio que la gente me viera como tal. Porque, generalmente, los lugares donde empezás profesionalmente, a los veinte años tenés veinte años hasta que te morís. En la óptica de muchísima gente, seguís siendo el joven escritor argentino, forever and ever. Tal vez es algo que le pase a Ray Loriga aquí. Mi sensación es que envejecí apenas aterricé en España. Y fue muy agradable envejecer. Que se me considere alguien de la edad que tengo. En Argentina, estaba cansado que mis libros se juzgaran siempre pasados por un cierto filtro de la ocurrencia juvenil.
Además, me parece que hay que irse. Yo nunca criticaría al escritor que nunca sale de su casa, que se muere en la cama donde nació y que toda su literatura pasa por la manzana donde vive. Me parece que hay escritores muy interesantes. Pero a mí me interesa, cada tanto, mover, cambiar el paisaje, limpiarme la pupila. Yo me fui muy joven de Argentina. Por todas las razones incorrectas. Y obligado, además, tenía diez u once años. Lo que te ocurre es que cuando te vas a esa edad y volvés a los dieciséis, sos una especie de extranjero profesional. Después… no hay que olvidarse nunca: Borges, Cortázar, Gardel, el Che Guevara, todos murieron afuera. Evita murió en Argentina pero pasearon su cadáver por medio mundo. [Risas] Las manos de Perón andá a saber dónde están.
FT: Bioy Casares murió en Buenos Aires.
RF: Creo que no le dio tiempo. Me da la impresión de que si hubiera tenido un par de meses más, hubiese disparado. Yo hablaba bastante con Bioy y me parece que hubiera salido corriendo. Me lo imagino más… Costa Azul, agonizando en un Petît-Hôtel frente al Mediterráneo. Me parece que le hubiera gustado mucho más.
FT: ¿Qué extrañás de Bolaño?
RF: En tanto amigo, su humor. Bolaño era un tipo muy divertido, nos reíamos mucho. Teníamos conversaciones completamente rocambolescas, nos contábamos los libros que estábamos leyendo. No hablábamos tanto de lo que hacíamos cada uno. Es lo que él escribió en “Todos los temas con Fresán” en Entre paréntesis. Nos hicimos amigos muy rápidamente, lo conocí a los dos días de llegar a Barcelona. En tanto lector, los libros que Bolaño jamás podrá escribir, que además eran muchísimos, porque era un tipo con una capacidad bestial. Siempre te queda la duda de si esa capacidad no estaba dictada por la inminencia o la posibilidad de su muerte. En todo caso, era un pozo donde había mucha agua todavía.
FT: ¿Cómo valorás tu temprana trayectoria en Pelo y tus primeros pasos en Página 12 después de haber publicado ocho obras?
RF: Para mí el periodismo fue la manera de poder costear mis proyectos. La no-ficción trabajó para la ficción. Fue un modo de financiarme, porque yo tuve una vida académica muy complicada. El periodismo era lo más parecido a la literatura, porque generalmente trabajás solo en la escritura. También es cierto que por intuición o por una gran astucia me las arreglé para trabajar siempre en medios en donde me dejaban hacer lo que quería. Quiero decir que la diferencia que establezco entre ficción y no-ficción es un poco de formato y de soporte, pero mucho de lo que hago en un campo lo siento muy cercano a lo que estoy trabajando en el otro. Si me preguntás si algo ha cambiado con los años, te diría que sí, que los años van pesando, que el cuerpo responde menos. Ya no hay esa velocidad para ponerte un sombrero y sacarte el otro. Pero también es cierto que a veces fantaseo, con cómo será dejar por completo el periodismo y pasar a la ficción. Y me asusta un poco, porque si dejo uno, dejo el otro también. El periodismo te mantiene el músculo caliente.
FT: Supongo que notarás la diferencia que hay en la sofisticación del periodismo entre la actualidad y el tiempo en el que arrancaste con tu carrera. Intuyo que entonces era más flexible. Por lo menos acá, en España, para acceder a determinados puestos de trabajo, te exigen cierto nivel académico que a vos no te hizo falta.
RF: Me parece que todavía hoy en Página 12 no creo que nadie te pida un diploma. Pero sí, yo soy de la generación que básicamente se formaba en una redacción.
FT: No había Masters de Periodismo.
RF: No. Y, por suerte, yo debo ser bastante psicópata porque no tuve que salir a cubrir muchas cosas desagradables y siempre me las arreglé con mis editores para escribir sobre lo que quería. Yo tenía un buen sistema que consistía en proponer algo antes de sentarte a esperar a que te lo pidan. Porque lo que te pidan siempre va a ser mucho peor que lo que vos llegues a proponer.
FT: Después de México, Londres y Nueva York. ¿Se puede saber en qué metrópoli aterrizará La parte inventada, tu próxima novela?
RF: No. Estoy tentado de que sea Cataluña, por una vez. Pero tengo que averiguar cómo se dice “Canciones tristes” en catalán [Risas, Fresán aclara que sí lo sabe]. Lo lógico sería llegar aquí, pero es un libro extraño a nivel que no importa tanto el lugar donde transcurra, me parece.



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Una de las cosas más extrañas que hice en mi vida fue hacerme un disco con las canciones que nombra en Mantra, y llamarlo “Canciones tristes”. Lo tengo que buscar, la tapa está hecha en un remito.
Cualquiera, libro y música! Después no lo escuché nunca más.
Buenísima la entrevista y un grosso Rodrigo.
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Rodrigo Fresán fue el primer escritor del que me hice seguidor -yonqui, diría él-. Leí todos sus libros y los tengo en mi biblioteca como un tesoro (o una pila de referencias pops o una montaña de placer o una fuente de energía o esos recuerdos que siempre están ahí o…). Sus personajes y su mundo forman (formaron y formarán)parte de mi vida de lector.
Muy buena entrevista, dejar ver a un Fresán al 100 %