Canto a mí mismo
por Matías Fernández
matiasfernandez.hda@gmail.com
Esta breve columna surgió del más pleno ocio ejercido durante el día de todos los trabajadores. Desde hace un tiempo, cuando me enteré de la apertura y puesta a disposición de los archivos digitales del New York Times quedé fascinado. La posibilidad de explorar los artículos y ver facsímiles de las páginas en formato PDF es deslumbrante. Ojalá llegue a nuestro país de la mano del diario centenario de las páginas grandes y del gran diario argentino.
En esa exploración que todavía sigue me puse a la búsqueda de críticas literarias con el claro y obsceno fin de leer cosas que con el tiempo cambiarían. El campo se acotó cuando di con que sólo podría acceder gratuitamente a los archivos desde el año 1851 hasta 1923. Pero no tanto cuando hice el gesto inaugural de la mayoría de estas columnas: miré a mi biblioteca como quien busca una respuesta.
Ahí estaba, a un costado, Hojas de hierba, de Walt Whitman, el gran poeta estadounidense. Todos podrán recordar sin demasiado esfuerzo su poema más importante, “Canto a mi mismo”, que comienza así: “Yo me celebro y yo me canto,/Y todo cuanto es mío también es tuyo,/Porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca.”
Estos tres versos son traducción de Jorge Luis Borges, quién lo tradujo entero y dijo sobre Whitman en una conferencia en Francia en el año 1983:
Las teorías pueden ser útiles para estimular la poesía. Por ejemplo, yo no creo en la democracia, es una cuestión estadística para mí. Pero esa idea ha hecho de Whitman un gran poeta. La idea de la democracia, esa extraña idea de escribir un libro con un personaje… un triple personaje, una suerte de trinidad. Pues el Walt Whitman de Hojas de hierba es el periodista Walt Whitman que lo escribe; una imagen muy magnificada de su propia vida y esta idea es genial… Es decir que cada lector es un poco Walt Whitman, Walt Whitman se dirige a él; cuando uno lee el libro piensa haberlo escrito de una cierta manera. Y hay un hecho que quisiera señalar, bastante extraño, y es que todo el mundo imitó el resultado de Walt Whitman. Todo el mundo; por ejemplo, Lee Masters, por ejemplo, Neruda, por ejemplo, Carl Sandburg —puede ser su mejor discípulo americano—, en fin… todo el mundo imitó aquello a lo cual él llegó, pero nadie ha repetido esa extraña experiencia de un héroe que fue tres personas: el escritor; una imagen glorificada del escritor y el lector. Y bien, ésa es una manera de trabajar.
Con dos clics certifiqué el año de edición, 1855. Inmediatamente encontré la primera crítica disponible en el diario, que comienza de esta manera:
¿Qué centauro tenemos aquí, medio hombre, medio bestia, relinchando desgarrado y desafiando a todo el mundo?
¿Qué conglomerado de pensamientos es este ante nosotros, con insolencia, filosofía, ternura, blasfemia, belleza y flagrante indecencia cayendo como golpes de borracho a través de las páginas?
¿Quién es este joven arrogante que se proclama a si mismo el Poeta del Tiempo y que se arraiga como un cerdo entre la basura podrida de los pensamientos licenciosos? ¿Quién es este enardecido y vigoroso amante de la naturaleza que la estudia tan encarecidamente y que, de tanto en tanto lanza sus enseñanzas con una lengua sublime?
Sin lugar a dudas el poema de Whitman debe haber causado mucho más revuelo que admiración cuando fue editado. Mucho más del que deja entrever este contenido artículo. En la sección 5 del poema podemos leer:
I mind how once we lay such a transparent summer morning,
How you settled your head athwart my hips and gently turn’d over upon me,
And parted the shirt from my bosom-bone, and plunged your tongue
to my bare-stript heart,
And reach’d till you felt my beard, and reach’d till you held my feet.
En el proceso constitutivo de las naciones se ponen en juego muchas elecciones que la constituirán como tal: el idioma o dialecto oficial, la bandera, el territorio, pero también la literatura.
En ese sentido, la obra de Whitman se convirtió en una de las piedras fundacionales de la tradición literaria estadounidense, precursora de lo que entendemos hoy como su ideología, con todo lo bueno y lo malo. La ingenua imagen de libertad que anhelan y proyectan tanto como la ferviente ambición expansionista.
Este fenómeno tuvo su correlato en la Rusia soviética con el estudiadísimo Maiakovsky y en Argentina con Echeverría y su poema, “La Cautiva”. Especulo con que hacia el futuro las fundaciones de los nuevos estados serán diferentes, con otras pujas y objetivos y muy probablemente no produzcan estas creaciones artísticas, aunque si habrá otras. Es muy productivo leer este poema en clave política, aunque no creo que esa sea su única cifra y mucho menos la más importante, sería una necedad semejante pensamiento.
Mientras tanto y para quien no haya leído Hojas de hierba, recomiendo leerlo con el ánimo de un patriota, de aventurero, de soldado y de soñador pero ante todo con cuidado, porque este poeta que a todos contiene puede devorar al paseante desprevenido.

Buena columna.