Borges meando
Toqué a Borges, qué rara emoción. Tentado, lo guié hasta el inodoro. El maestro me decía gracias, no se moleste tanto, gracias, todavía puedo. El me decía con cierto pudor, con deseos naturales de quedarse solo y pelar su pajarillo en paz. Lo coloqué, más o menos, al lado del inodoro y salí. Ni siquiera miré a Doña Paula, la cincuentona histérica que aguardaba en el pasillo la finalización de la pishada, que contemplaba, desde el pasillo, a la concurrencia, acaso pensando en sus recuerdos del mañana, en sus nietos, y daba exageradas gracias a Dios porque todo hubiera salido “lindo”, y porque Jorge Luis Borges estuviera allí, no tanto en el baño como en el altivo panamericano de artes y ciencias, un instituto embrionario, que se postula como paradigma, como dijo en el discurso. La cultura, ah, qué maravilloso es “hacer cosas en el campo de la cultura”, si hasta parecía mentira que su esposa, la Astete, la de Millán, estuviera cantando milongas, qué logro, qué satisfacción.
Mientras tanto yo me preguntaba en cuánto podría cotizarse, dentro de algunos años, una fotografía de Borges meando. Me motivé, más aún cuando recordé que la puerta del baño no cerraba bien, tenía fallado el picaporte y roto el tambor. Sola, la puerta se abrió unos centímetros, suficientes centímetros para que, corriéndome medio metro, estirando mi cuello, pudiese distinguir con nitidez la figura enigmática, laberíntica, histórica, cautivante de Jorge Luis Borges pishando. Fueron unos poquitos centímetros que me permitieron contemplar el pajarillo inolvidable de Borges, en realidad un pájaro pálido, rugoso, breve y tal vez muy manoseado, desusado. El pájaro que ficticiamente penetró una primera y última vez la imagen de Ulrica, en la posada de Thorgate, una poronga andariega que supo de pueblos de Texas, de árboles de estancias, de baños de Adrogué, Las Delicias y diversas universidades.
Lo apunté: claramente en el visor, de cuerpo entero, el maestro sacudiéndose el pájaro. ¡Apunten!, ¡fuego!, clic.
Gatillé nerviosamente la primera fotografía, la pasé y de inmediato clic con la segunda, el flash iluminó la puerta del baño, el pasillo, las paredes del pasillo, el piso, y doña Paula se dio vuelta justo cuando clic gatillé la cuarta, y en la quinta clic la honorable señora comprobó mi inmoralidad, mi irresponsabilidad, sí era un individuo sin escrúpulos, un asqueroso, queridos.
Jorge Asís, Flores robadas en los jardines de Quilmes, págs. 94-95


Ese fragmento me hace recordar esta anécota
En una de las entrevistas en España, Borges le pide a Peicovich que lo acompañe al baño. Peicovich no apaga el grabador. Mientras Borges mea, pregunta:
-Dígame Peicovich, ¿usted sabe algo de John Birch?
Y yo, seducido, tratando de no mostrar una grieta ante el padre eterno, hago “la gran argentina”. Respondo:
-Algo he visto por ahí, pero todavía no lo leí… Creo que es alguien que… ¿qué escribió?
-No, m´hijo. John Birch es como le dicen los ingleses a la pija. Y Lady Jane a la concha.
Mi carcajada se escuchó en Portugal.”
La saqué de Eblog
Pero es diferente, ¿no? Asís se mete con un Borges viejo e indefenso. Se caga de risa. Acá aparece el mejor Asís, el que le dijo aquello a Romano, lo de que en la mesa de los transgresores, Romano sirve el café.
Si, creo que vi esa pelea en uno de los programas tipo TVR. Es genial. A mi también me gusta más el fragmento de la novela más que la anecdota.
hace un tiempo, puse en mi blog la anécdota de peicovich con la respectiva foto de borges. para el que guste, les dejo el link:
http://elvoyeur.blogspot.com/2007/10/al-bao-con-borges-el-escritor-y.html
saludos.
No conocía la anécdota de Borges con Peicovich, pero sí la foto de Borges en el baño (esa que Voyeur colgó en su post). El fotógrafo es Rogelio Cuéllar, a quien conocí cuando viví en México.
Rogelio me contó que acompañó a Borges minuto a minuto durante una visita que el viejo hizo al DF, en 1983. Borges se acostumbró a la presencia del fotógrafo que lo seguía como una abeja, sacándole fotos para engrosar su portfolio. Todas las mañanas, al arrancar con su agenda, Borges preguntaba: “¿Y el duende, dónde está?”. “Aquí, maestro”, contestaba Cuéllar.
Un día, cuando llegaron al Antiguo Colegio de San Idelfonso, Borges necesitó ir al baño y le pidió a Rogelio que lo acompañara. El fotógrafo lo llevó y se encontró parado frente a esta imagen: Borges meando. Dudó: el viejo estaba ciego, pero no sordo. Al final, se decidió y disparó. No con mirada irreverente, como en el caso de Asís, sino con una mirada “sin pudor”, según me dijo. El viejo oyó el clic y dijo:
—Ya está el Duende haciendo travesuras…
Es decir: se cagó (o meó) de risa. Sin embargo, en México la foto despertó la furia de los fanáticos borgeanos, que como suele suceder con los fanáticos, no pueden soportar que alguien diga o haga algo que parezca mancillar el honor del objeto de su devoción, incluso si esa acción o dicho son desestimados con humor por el propio interesado.
Más tarde, un amigo generoso le compró a Rogelio una copia de la foto y me la regaló a mí. La tengo sobre mi escritorio, junto a una foto de Christa Cowrie.
Saludos, muy bueno el blog.
[...] La irreverencia es otra manera: Asís, en Flores robadas de los jardines de Quilmes, construye una escena en la que alguien se asoma para ver a Borges orinando en el baño. Por cierto, esa escena existe: [...]