Me fui de viaje
por Matías Fernández
matiasfernandez.hda@gmail.com
El Desierto es nuestro,
es nuestro más pingüe patrimonio.
Esteban Echeverría.
Usualmente cuando leo un libro que me entusiasma mucho, lo comento en forma de reseña. Eso no quiere decir que no todos los libros que reseñe me gusten. Pero en este caso, creí que daba para un poco más que eso.
Resulta que, como pasa habitualmente, me salí de mi plan de lecturas. Ahí en “la pila” me esperan los libros que tengo que leer. No podría explicar por qué me salí, simplemente llegó a mis manos este librito llamado La isla secreta. No pude más que leerlo. Su tapa no era gran cosa, su propuesta tampoco: un libro de viaje a Islandia. Xavier Moret, autor catalán, ganó el premio Grandes Viajeros que otorgaba Ediciones B e Iberia. No sé si se sigue dando.
Entonces, dupliqué: Libro de viaje, en viaje, en el diario limbo de 3 horas que paso entre ida y vuelta parado en trenes y subtes. Ahora les contaré de qué va este libro tan lindo, pero no quiero empezar a hacerlo sin agregar que lo terminé en dos días, dos viajes de ida y dos de vuelta -sin suicidios dilatorios de por medio-. Un record de disfrute. Apenas lo terminé, con esta columna en la cabeza, tuve miedo de quedarme con sabor a poco y me envalentoné a leer otro libro de la misma colección para hacer de uno, un par. Aunque empecé a leerlo el martes, supe que llegaría.
Tenía varios para elegir, pero ya que venía de lo exótico, fui a lo, por lo menos a primera vista, más familiar. Agarré Final de novela en Patagonia, otro ganador del mismo premio, sólo que en el año 2000. El anterior era de la edición 2006. El autor, Mempo Giardinelli, otro de los tantos que conocía sólo de nombre.
Y también fue una alegría el libro. En tres viajes lo liquidé. Creo que tengo una buena veta de lectura ferroviaria ahí.
Mientras hacía los transbordos o esperaba trenes y subtes pensaba en cómo abordar la columna. No quise simplemente contar de qué va. Y me di cuenta de que el par era más que fructífero, proteico, como dice una de mis profesoras.
Ambas novelas tienen por protagonistas a un escritor profesional que desea terminar un libro inconcluso. Quieren tomarse un aire para poder escribir y se llevan su proyecto con ellos pero casi inmediatamente el libro de viaje pasa de apéndice a primer plano.
Habría que detenerse en una de las dicotomías clásicas al analizar este género y es la diferencia entre turista y viajero. El turismo es un fenómeno que nació alrededor del siglo XVII y que viene de Grand Tour, un viaje que hacían los jóvenes aristócratas ingleses y franceses, en su gran mayoría, por Europa como parte culminante de su formación. Los viajeros, en cambio, eran los hombres sin hogar ni lugar, en perpetuo movimiento, por afición u obligación.
Ahora el turismo es algo completamente diferente, claro. El viaje turístico ya no es formador sino comercial, hedonista y más que nada, breve. Los viajes del grand tour podían prolongarse por varios años. Sin embargo y aunque no leí bibliografía especializada sobre el tema últimamente, el viaje es un tópico siempre vigente que debe haber actualizado, estoy seguro, el valor de la oposición para que siga siendo productiva.
¿Estos libros están escritos por turistas o por viajeros? Yo me inclino más por lo segundo que por lo primero. Atención que no estamos hablando de lo real, sino de un artefacto narrativo. El gesto de la exploración y el contacto con lo desconocido me inclina por la opción del viajero, alejado de los folletos y hoteles con spa.
Los libros de viaje están plagados de intertextualidad y referencias. Me gusta el caso de Giardinelli que se lleva consigo a los personajes de su última novela con las ansias de narrarlos por su mismo recorrido, hacerlos pisar sus huellas. Tanto así que conducirían el mismo vehículo que él y su compañero de viaje. Un Ford, “El coloradito”. Entonces, de capítulo en capítulo se mezcla la narración de la futura novela, con el libro de viaje. Me hizo pensar en el viaje de Lucio Mansilla en Excursión a los indios ranqueles. Un viaje que consumió dos volúmenes pero que no duró más de veinte días y cuatrocientos kilómetros, en el que el narrador va intercalando historias de fogón, sueños y reflexiones que inevitablemente retrasan la acción folletinescamente.
Todo lo que Giardinelli tiene en inmensidad, Moret lo contrasta en aislamiento. Y es que la isla es muy chiquita, con pocos pobladores -calculo que más que la Patagonia-, fría, muy fría. Lo que si tiene Islandia es historia y leyenda. Es una tierra llena de dioses, vikingos, elfos y conquistadores. Lo que en un principio parecería un viaje a un territorio yermo y aislado, termina siendo todo lo contrario, por lo menos literariamente. La isla tiene una vida vigorosa, cosmopolita y natural. Vida que Xavier recorre al tiempo que trata de escribir su novela, antitética al espacio al que se traslado. Estaba ubicada en Zanzíbar, África. En la Patagonia de Giardinelli el territorio no tiene nada de eso, la desolación es la que prima, al estilo de Historias mínimas. Espacios inmensos habitados por apenas un almacenero y sus interminables historias. Y aunque parece no haber nada, hay muchas cosas. Hay perros por todos lados, perpetua basura volante proveniente de basureros a cielo abierto y desidia, mucha desidia e inoperancia que pareciera tener su brazo ejecutor en el omnipresente viento.
Algo que me llamó mucho la atención por ostensible es la multitud de citas a Borges. Él era un gran aficionado de la mitología nórdica, la de Odin, Thor, Balder y Loki. A lo largo del libro no hay menos de siete citas y creo que me quedo corto porque empecé a tomar nota bien entrada la lectura. En una de ellas Moret comenta que Borges dijo no haber viajado tres veces a Islandia sino haber peregrinado. Giardinelli alude al escritor de Palermo en un libro de 330 páginas.
Quería dejar para el final el tema de los caminos. En ambos libros, protagonistas. En la Patagonia por la obvia inmensidad. Los caminos son -como también cuenta Lucio Mansilla en Ranqueles- simplemente la huella de quien pasó antes. El asfalto era un lujo no dado a la región en la época en que fue escrito el libro, muy fuertemente marcado por el desastre previo al crack de 2001 y supongo que no lo será tampoco ahora. Los personajes de Final de novela están aislados en su tierra porque ni ovejas les han quedado, porque el precio de la lana era claramente desfavorable en comparación con la que producían otros países. Imagino que otros países como la Argentina que llegaría ocho años después. El Calafate, sin embargo, era una isla, una isla como Islandia, rica y pujante. Tanto como ahora.
Los caminos en Islandia no terminan jamás, empiezan hacia un lado y continúan por el otro como si de un círculo se tratara. Pero son igual de desolados ya que casi la totalidad de la población está en el extremo este de la isla, en Reykjavík, todo lo demás es tierra de elfos, trolls y colonos. En particular el interior de la isla, que contiene al célebre volcán Snæfellsjökull por donde se puede ingresar -según Julio Verne- y llegar al centro de la tierra.
Esta lectura no se termina, porque todavía me queda mucho viaje. El Mediterráneo, China y El camino del Inca me esperan en un estante.



Me dieron muchas ganas de viajar con un bolso liviano y mi Moleskine.
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