04/08/2008

Auschwitz

Por P Z

Omar Genovese


Auschwitz, de Gustavo Nielsen

A cuatro años de su publicación en Alfaguara -mediante un subsidio de la Fundación Antorchas (2003)-, Auschwitz de Gustavo Nielsen se editará en Polonia a través del sello Muchaniesiada (http://www.muchaniesiada.com).


“Larga vida a Alemania. Larga vida a Austria. Larga Vida a Argentina. Estos son los países con los que más me identifico y nunca los voy a olvidar. Tuve que obedecer las reglas de la guerra y las de mi bandera. Estoy listo.”
Adolf Eichmann,
palabras adjudicadas al coronel SS antes de ser colgado en Israel el 1º de junio de 1962. (Nótese que las letras iniciales de los tres países conforman la sigla de una organización paramilitar, avanzada del Plan Cóndor en Argentina: AAA.)

No hay nada extraño en esta novela

Auschwitz

Luego de una real devastación de la economía Argentina a manos de diversos desatinos políticos (2001/2002 y subsiguientes), con la miseria esparcida como norma de relación social, la tierra determinada en las coordenadas del orgullo patrio ha quedado poco menos que arrasada. Es sorprendente la capacidad de olvido, de desplazamiento, que exhiben los ciudadanos. En términos familiares, resultan como tías solteronas disimulando con la omisión el escarnio de una oveja descarriada de la moral vigente, tan pendiente de lo dicho y la mirada torva como esquiva. En ese marco de impostación, Auschwitz interpela con su trama de otra manera, distinta a la forma con que lo hizo en aquél breve período caótico e incierto cuando fue publicada, donde cualquiera era amenazado con ser presidente, y cualquier hijo de vecino corría serio riesgo de pasar de una vida acomodada a ser un mero despojo. Papeles como billetes, cifras de nada (índices, riesgos), identidades trucadas, rituales domésticos desestabilizados por esa bomba sin hongo ni explosión, apenas estallido rastrero corriendo como agua por las alcantarillas hacia un río que nos contempla impávido desde hace cientos de años. Pero cierta radiación antigua atravesó todo eso y mucho más, hasta el presente, como un algo que perdura sin importar situaciones ni destinos como modelos de país. Esa emisión tomó forma de substancia, sangre impura que reclama siempre pureza en el derramamiento, alimentando la estilográfica de Nielsen, convirtiendo su prosa, invadiéndola. Y en el cuerpo escrito de Auschwitz hay un pulso interno, ya amenaza como garra imaginaria replegada en las sombras, ya pesadilla devorando las apariencias de lo paranoico. Nielsen queda borrado por Berto, quien al cabo de ocho páginas ya nos tiene encerrados en su espacio, lo cual es un excelente síntoma que alimenta la ilusión de que la literatura argentina está lejos de su desaparición absoluta.

Nunca más un mi lucha

No hay nada extraño en Berto, personaje central de esta novela. Salvo un detalle: es nazi, lo confiesa y se articula en torno a semejante distinción. Las palabras nos definen, y en esa raíz vuelca la imaginación del autor todo el alimento del relato. Luego, tan luego en el paso de las páginas, en el crepitar de la lectura (porque la prosa de Nielsen incendia los referentes que planta, los desarma y reinstala para ponernos en duda) surge la pregunta inevitable: ¿ocurre en la ficción aquello que urde la mente de Berto?). Recurso que Nabokov supo cultivar con delicado punto de telar, y aquí hace corte, traza el límite entre la seguridad de quien puede tomar distancia del texto y la intención misma de la interpelación de la lectura: los hechos que generan las palabras, también nos definen. Pero a diferencia de lo histórico en el pasado literario referencial medio -ese culto que se instala con capricho desde la crítica endogámica-, el niño (hijo, sobrino, ideal de continuación de la existencia, indefensión absoluta y disponible) será materia de metodología de una pseudociencia originada en Fabio Zerpa, en las páginas del Nunca más y en las imprecadoras frases del Mi lucha. Voces alucinadas, voces anónimas, voces testimoniales, voces reclamando a la memoria y al olvido. El método de ese conocimiento ordenado no es más que la tortura de un niño, al que Nielsen disfraza como extraterrestre, algo extraño a la definición de forma de vida, excluido de toda norma vigente de la conducta humana. ¿Berto es un genocida al destrozar un engendro invasor?

El problema sigue siendo la definición, qué palabras dan entidad al objeto a victimizar. Sin eufemismos, la mesa está servida en un paroxismo donde lo siniestro se encarna en un empleado del Easy (gran almacén, enciclopedia material de lo práctico), servicial, con pasado, ferretero letrado en ese saber terrorífico, doctor en aplicación del dolor. Y allí, a partir de allí, la teoría se corporiza y rinde examen de aptitud, nadie está libre de esos otros extraterrestres aplicados, metamorfoseados, al acecho: la mano de obra desocupada, hermandad silenciosa, perenne en lo más profundo del pensamiento argentino (por darle una categoría a la especulación individual que persevera). Efectos del terror, de un terrorismo que supo poner orden omitiendo toda referencia a lo humano. Porque para ejecutar la faena del dolor se necesita bestializar a los dos partícipes indispensables, uno desde la abstracción dogmático-fanática, el otro desde su borramiento en el tiempo, la distancia y los afectos (o hacerlo, por síntesis, extraterreno). Ese montaje realiza Nielsen, cargando de rarezas el relato, y entonces un vecino hindú más que extranjero resulta imprescindible, como la amante judía, el Torino 380 verde militar (emblema canonizado por elevación histórica de la visión de Ezequiel Martínez Estrada), la secretaria francesa, las citas textuales de Mi Lucha, la lectura de Berto del Nunca Más a su víctima foráneo-espacial, los trayectos alucinados por, de y hacia un Palermo tan indiferente a los otros (todos nosotros) como lo es en realidad.

El semen inválido

Antítesis de la vida, Berto transfiere su impotencia e infertilidad en acto. Es la transmutación misma de un Tigre Acosta, con el pavoneo del asesino serial que se sabe impune, en un ámbito de leyes de obediencia y justicias sin ojos, o con ojos vaciados y a la vez cómplices. Cuencas de la profundidad de una tumba sin nombre impulsan al pibe de barrio –Berto-, como todo un resentido, hasta la médula barata de sus certezas raciales. Berto simboliza, se hace ícono, una figura de historieta sin historia que escribe en el cuerpo ajeno la fatalidad de lo obvio. El personaje sufre por el destino de su semen, que sea valorizado en un mercado, que el complot invasor lo use contra la humanidad, como un arma sin control, no querida. El semen de Berto es lo que la bomba atómica a la conciencia de Einstein. ¿Hay placer en hacer sufrir? Sí, y el deseo transfigura al otro, lo posee y reconvierte.

El poder, crudamente, es algo más que posibilidad de poseer, es motor e impulso. Berto puede, ¿pero qué puede? Llevarnos, lectores, llevarnos en un fin de semana iniciático. No de paseo ni de turismo, sino al laberinto de las otras intenciones, donde el abismo espera en el centro, en esa profundidad que oculta el delgado pliegue de la hipocresía.

La letra se reproduce, pone paños fríos, recompone el orden del personaje para su bien pensada estabilidad emocional, pero nada será igual. Él probó la pasión de la pérdida de control, el desmadre de la violencia; cebado, es un lujurioso sin referencias, casi extraterrestre por ejercerse en fidelidad fanática. Berto sabe que nada hay detrás de esas letras sordas de Hitler, pero las necesita, debe –a su manera- justificarse y así continuar. Hay una amenaza en el texto: la máquina de narrar se detiene lentamente, pausada, mullida, para dejar la inquietante huella de un posible retorno, cíclico, inminente, guarecido tras todo pensamiento ubicuo, tranquilizador y temeroso.

Espero que en Polonia lleguen a traducir buena parte del encierro, la ironía y crítica al método argentino de eludir responsabilidades pues, al fin, el nexo con Auschwitz, el nexo político autóctono, está en el pasado: Eichmann fue capturado en Buenos Aires, en una calle de tierra llamada Garibaldi. Sabrán ellos cuánto reclama la lectura de Auschwitz, cuántos fantasmas polacos esperan guarecidos en las palabras que adoptan otros significados, sin guía, en la soledad de la contemplación de alguna pared descascarada, lavada una y mil veces para ocultar manchas de sangre.

4 comentarios en Auschwitz

  1. Auschwitz « el fantasma dijo el

    [...] Auschwitz Como nadie lee en Argentina, a Nielsen lo editan en Polonia. [...]

  2. Gusnielsen dijo el

    Uau, man. Gracias.

  3. El Gemelo Malvado dijo el

    La metalectura de la metalectura es interminable hermenéusis. Siguen los Alephs inacabables, Gus. 1) Tu libro me llega, 2) Empiezo a leerlo, 3) Me cuelgo en “El factor Borges”, 4) Voy a Gombrowicz y él me lleva a la única copia que guardo de la vieja y magistral “Águilas Negras”, 5) Hoy entro a tu sitio y 6) que me lleva acá. El 7 dice: hoy a la tarde, panza al sol, sigue Auschwtiz.
    Felicitaciones por la reedición-edición, Gustavo.

  4. Patricia Ons dijo el

    A mi Berto siempre me dio miedito. Detras suyo hay una monstruosidad digna de estos tiempos miserables. Berto no se tiene piedad. Me llena de orgullo que berto llegue a lugares, donde, por ahi, la miseria es otra y Berto se convierta en la mierda cariñosa que es.

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