09/09/2008

Museo de la Revolución

Por P Z


por P. Z.


museo de la revolución

I

México DF, 1995. Desde el país que se ha quedado sin Revolución Productiva y que lo ha aceptado mansamente confirmando un segundo mandato con más del 50% de los votos, parte el protagonista –mucho después sabremos que se llama Marcelo– hacia México, enviado por un editor porteño que intenta abrir negocios beneficiándose con el cambio del dólar. Tiene, además, otro objetivo. Al menos para nosotros, será “el objetivo”: viaja en busca del cuaderno de notas de Rubén Tesare, un militante de izquierda desaparecido en 1975. Allí lo espera Norma, una exiliada argentina, que dice tener no sólo ese cuaderno, sino también el diario de Tesare.

Laguna Chica, 1975. Rubén Tesare –asumimos que pertenecía al ERP– es enviado en una misión simple aunque riesgosa. Debe entregar un bolso a un compañero cuyo contenido ayudará a la guerrilla del monte tucumano. Tesare viaja en un micro Chevallier, releyendo su cuaderno Gloria –el que más tarde caerá en poder de Norma–, revisa sus notas sobre la revolución de octubre del ’17, analiza las escritos de Marx, Lenin y Trotsky. Algo sucede, el contacto nunca llega, y debe permanecer un día más en ese pueblito cordobés. Sin premeditación, conoce a una mujer en el bar de la estación, Fernanda Aguirre, y terminan juntos en la habitación del hotel.

II

No corresponde aquí analizar el corpus teórico del comunismo, que Norma le lee a Marcelo casi con monomanía en el cuaderno de Tesare. Tan sólo una ligera mención, útil a fines de continuar la reseña: Rubén Tesare había estudiado la relación entre la revolución y el tiempo. La revolución y el tiempo; la revolución en el tiempo; la revolución del tiempo.

Marx y Engels, desde el Manifiesto Comunista, desarman la fuerza de la tradición: en la sociedad burguesa el pasado predomina sobre el presente, en la comunista es al revés. Lenin espera durante años a que se hallen las condiciones objetivas y subjetivas para empujar la revolución. Y cuando están dadas, el tiempo que avanzaba cansinamente se acelerará hacia el infinito. Pero una vez sobrevenida, el tiempo vuelve a imponerse como un problema, ahora pedagógico: cómo hacer que el pueblo la asuma, de dónde asirse, de dónde partir. Trotsky mucho después encuentra en la burocracia estalinista la traición a la revolución, recupera entonces el pasado y afirma que la verdadera revolución no ha tenido lugar. Es necesaria una nueva revolución –verdadera– que acabe con la burocracia.

Del futuro al pasado para proyectarse otra vez hacia el futuro. ¿Y el presente? El presente es lo liminal, lo incierto.

III

Hay un juego de paralelos entre el viaje de Tesare y el de Marcelo. Ambos conectados por ese cuaderno que uno lee y que al otro le leen. Pero si la historia se repite, ¿será inevitable caer en la sentencia marxista: la primera vez es tragedia; la segunda, farsa?. Sí, siempre que el pasado se museifique –tanto da que el objeto fetiche sea un cuaderno o la casa de Trotsky, Museo de la Revolución–.

Daría la impresión de que nada en la novelas de Kohan aparece porque sí. Todo tiene una razón, un sentido. Entonces, no es casual que la novela se narre en un continuo sin capítulos, siempre en presente. Tampoco es casual que la mujer se llame Norma, ni es casual que se desarrolle en México. Mucho menos casual es la aparición sobre el final del cartel de Nike: “De acuerdo con los nuevos parámetros que rigen las estrategias de la publicidad, no se ve cuál es la marca de la ropa que el atleta usa, aunque se infiere que es Nike”. Niké, como sabemos, es la diosa de la Victoria.

IV

Es para mí imposible terminar esta reseña sin mencionar la genialidad del arte de tapa. Cómo podía ser de otra manera: lleva la firma de Juan Pablo Cambariere.

Un comentario en Museo de la Revolución

  1. Matías F. dijo el

    Tengo que releerlo.

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