Un almuerzo con Agosto
Apenas había empezado a leer Agosto cuando fui a almorzar con una compañera de trabajo. Ella ya lo había terminado. Me contó que le había gustado y me preguntó qué me parecía a mí.
Le dije que pintaba bien, que me gustaba, pero que apenas iba unas cincuenta páginas, o sea que no podía dar un juicio revelador.
Hablamos del tono coloquial del libro, del diálogo sostenido con esa segunda persona que es una amiga muerta. Ella, mi compañera, me repitió que le había gustado pero que le parecía algo fácil en términos de escritura y que, en resumidas, cuentas eso terminaba produciendo un libro atractivo pero menor.
La pregunta terminó cayendo sobre qué podríamos tomar hoy como “menor” en el sentido de poco trascendente. Según mi punto de vista la simplicidad también tiene su mérito. Porque no hablamos de fácil en términos de algo hecho rápido y mal sino en términos de un efecto de lectura. Eso que parece fácil podría haber llevado mucho trabajo de escritura para que efectivamente parezca algo fácil y hasta ligero. Hasta ahí pudimos llegar porque no nos pusimos de acuerdo, para ella lo simple es fácil y para mí lo simple es un efecto a lograr. Me concedió el beneficio de la duda porque tenía tan poco leído del libro hasta el momento.
Pero vean esto:
Desde que llegué acá, desde que empecé a acercarme al valle, en el bondi ya, a la mañana, ni bien me desperté y empezó a haber montañas me vino una sensación tan potente de Julián, como si simplemente hubiera estado anestesiada, como puesta en hielo, o en sal, la sensación, todo este tiempo; desperté y mi nariz dormida había empañado el vidrio, helado, mi cara estaba fría y aplastada, esparcí el vapor en el vidrio con la manga de mi campera, vi el primer sol de mañana sobre los picos, todavía no daba sobre la ruta, y sentí, qué horror, la memoria en el cuerpo, en la vista, todo, una memoria sensitiva, de sentidos, alojada ahí, la memoria, se ríe de planes, de decisiones. (pp 25-26)



