03/09/2010

Impresionismo crepuscular

Por Federico Reggiani

¿Qué deseo puede hacer que uno (yo soy ese uno, hoy) escriba sobre historietas? No encuentro nada, o sólo encuentro el más triste de todos, el deseo de llenar el rectángulo blanco con que el procesador de textos imita una hoja de papel, que no es otro que el deseo de existir. Publicar sin saber qué. No, no pienso citar la obligatoria frase del señor O.L. (Y qué vivo soy, la cito de refilón).

Primera impresión: no se editan historietas. Ya sé: sí se editan. Parece que este mes salieron 10 libros, dos revistas, un libro de ensayos. Un par de veces he polemizado con Andrés Valenzuela en su imprescindible blog. (Ah, los adjetivos: “imprescindible”, sin dudas, si uno tiene deseo de historieta). Polemizado, no sé: nos hemos chumbado un poco. Yo sostengo que casi no se editan historietas, que no hay de qué hablar. Valenzuela tiene el mal gusto de refutarme con datos, con el prestigio de la empiria. Es probable que tenga razón y que yo tenga unos días negativos. Pero digamos que, comparado con la producción un poco espeluznante de literatura, casi no hay historietas para leer. Casi no hay de dónde elegir. No hay “masa crítica” para descartar, y descartar sin leer es el primer ejercicio de lectura. Y otra cosa: de las novedades, sólo es posible obtener una ínfima parte sin hacer un curso de espeleología, y no es que me queje del pobre servicio de prensa de las editoriales a la hora de nutrir a brillantes reseñistas, sino que me quejo de lo difícil que resulta comprar historietas, aún si uno vive en una ciudad grande, esa donde trabaja Scioli. Mi plata no vale.

Segunda impresión. Esa falta de “masa crítica” conspira contra la posibilidad de que aparezcan, además, historietas ineludibles, de esas que deben comentarse. Aunque sea para escupir bilis, para matar al padre, para envidiar al compañero. Me repito y me contradigo, ya hablé por acá sobre la dispersión de lecturas y cómo conspira contra la conversación. Ahora digo que la falta de opciones produce lo mismo. No hay que releerse. Seguir leyendo

19/03/2010

Temas de conversación

Por Federico Reggiani

Es conmovedor leer algunos libros sobre historieta del pasado. Todos están plagados de pequeños errores de hecho, que hoy podemos verificar a golpe de Google. (Dicho sea de paso, la multiplicación de errores de hecho en los grandes diarios argentinos hace pensar que muchos periodistas no han adquirido aún el arte del googleo). Esos errores no siempre invalidan todas las argumentaciones: aquellas realmente buenas suelen sobrevivir a los errores en que se basan y los libros idiotas siguien siendo idiotas por más eruditos e impolutos que sean.Pero no es mi intención hablar de la escritura más o menos académica o más o menos periodística sobre historieta. Ya tendré ocasión cuando consiga, (re)lea y procese el magnífico El oficio de las viñetas, de Laura Vázquez, que acaba de editar Paidós.

Pensaba acerca del estado de sobre-información que tiene hoy un lector de historietas. Recuerdo cuando, de adolescente, “escuché hablar” (se escuchaba hablar de las cosas) de “una historieta de Batman en que Batman está viejo y fascista“. Me recuerdo,  examinando una revistita brasilera con un Batman que, quizás, fuera ese Batman (después descubriría que era el magnífico Batman Año Uno, de Miller y Mazzuchelli).

Las cosas cambiaron de un modo descomunal en pocos años. No soy un lector muy habitual de escaneos (por pereza, sobre todo, no por una especial adoración hacia la propiedad intelectual) pero no ignoro que casi cualquier cosa está más o menos a un par de clics de distancia. Si se me ocurre decir acá que ningún lector debería ignorar los prodigios narrativos de Bernie Krigstein, no necesito ni siquiera un enlace para saciar la curiosidad del lector curioso.

Bienvenido el futuro, entonces, no tengo problemas con eso. Prefiero que chequear un dato sea tarea fácil, prefiero saber por mí mismo si Krigstein es una gran autor o un bluff. Sólo pienso qué efectos tiene esa multiplicación de opciones sobre la producción. Más en concreto, qué efectos tiene sobre la conformación de una comunidad, de un “campo” de la historieta argentina. Porque, para que la historieta sea un campo -de juego, de batalla-, es necesario contar con ciertos valores en común. Y el hecho de que la edición argentina y la distribución en Argentina de historietas editadas en  otros países de habla hispana sea algo completamente aleatorio, sumado a que cualquier lector puede completar su menú con lo que el azar de internet le depare, hace que sea muy difícil encontrar lecturas comunes y por lo tanto, temas comunes de discusión y poéticas sobre las que pelear.

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01/01/2010

Alineación y balanceo: una década

Por Federico Reggiani

Federico Reggiani escribe un resumen de la década mientras arma sus valijas para las vacaciones en un paraíso tropical, durante el mes de enero. Que la pase bien y vuelva con guayabas para todos es nuestro deseo.

***

Cuenta la leyenda que una señora le dijo a Borges: “qué lástima que se murió su madre, le faltaba tan poquito para llegar a los 100 años”. A lo que el escritor huérfano replicó: “Veo que la señora es devota del sistema decimal”.
Como todos. Hay que decir que se trata de una religión inútil, pero poco intrusiva. No conozco a nadie que se haya hecho matar por el metro patrón (aunque quién les dice, con la cantidad de cabezas que rodaron en la Revolución Francesa, capaz que aparece algún ejemplo).
El asunto es que terminó el año y terminó la década1 y es hora de balances. Los amigos de la revista Comiqueando publican una lista con “Los 100 cómics de la década“. Aunque reseñé un par, no sé si estoy muy de acuerdo con el resultado -sobre todo porque sólo leí el 19% (¡viva el sistema decimal!) de los títulos- y ni siquiera estoy muy convencido de los títulos que yo mismo propuse propuse: esas listas, aunque divertidas, dan cuenta de un estado de la memoria (“qué me acuerdo de lo que leí”) más que de un estado del arte.

Así que me hundo en el pedantesco ejercicio de hacer mi propio balance, apenas amparado en la sospecha de que un texto publicado el 1 de enero tiene asegurado el olvido.

Antes que proponer libros concretos, me parece más interesante proponer fenómenos ocurridos en estos diez años en que la historieta argentina tuvo entre sus principales influencias a Remes Lenicov y la demoledora devaluación duhaldista. (Nótese la fina aliteración, también podría probar con “la demoledora devualuación desdolarizadora del doctor Duhalde”: a ver quién da más).

Va mi lista de fenómenos:

  1. El fin del sueño masivo.
    La historieta dejó de tener algo parecido a un público masivo cuando la década del ’90 se cargó los consumos populares en Argentina. Pero subsistió, en larga agonía, el deseo, el sueño, la intención de recuperar una historieta industrial, masiva, con capacidad de generar a la vez empleos y un público.
    A lo largo de la década, el llanto por esa pérdida se fue apagando hasta volverse marginal y parodiable.
    No celebro la pérdida de la masividad -creo que abrazar alegremente un destino de elite y vernissage es un error-, pero sí el fin del lamento.
  2. El libro como formato dominante
    Todos los que participaron en fanzines de algún tipo en los ’90 se preguntan hoy, un poco azorados: ¿por qué no sacábamos libros? Libros orgánicos, con alguna lógica interna, más visibles, con capacidad de tentar otros canales de distribución, con una mayor duración, más lindos. El término “novela gráfica” no hizo más que darle a un fenómeno creciente una etiqueta para facilidad de los libreros (que todavía no la han incorporado del todo).
    Estos años vieron al libro convertirse en el formato de edición dominante pero, sobre todo, fueron los años en que los historietistas empezaron a pensar en el libro como resultado final de su producción. Historietas publicadas revistas, en la web o fabricadas en una torre de marfil tienden a ser pensadas como totalidades orgánicas más o menos extensas antes que como series indefinidas -el formato dominante en el pasado- o unidades breves.
    Faltaría una actividad editorial más sólida, más constante y más seria (libros con contratos firmados, editoriales en competencia, canales de distribución fluidos, intervención más activa y menos desinformada por parte de los “grandes jugadores”), pero el cambio ya se produjo.
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13/11/2009

Prosas profanas, versos sencillos

Por Federico Reggiani

En algún momento, calculo que a mediados del siglo XX, comenzó a perderse el oficio o la técnica de la versificación regular. No es que nadie pueda hoy hacer versos con rima y métrica regular, pero sí es cierto que los escritores y, sobre todo, las industrias culturales, perdieron el ojo para juzgarlos. Basta ver qué ocurre cuando se edita algún libro de rimas -generalmente infantil- o cuando en la televisión algún humorista pretende mimar a un payador o a una recitadora. Para no salir demasiado del ámbito de la historieta, puedo recordar la cantidad de sílabas sobrantes y faltantes y la chambona acentuación -por no hablar de las rimas triviales- en la página que Pablo de Santis escribió para Max Cachimba en la Fierro de Octubre, o en la por otra parte bella historieta “Abajópolis” que Liniers incluyó en Macanudo 6.

No pretendo incursionar en la rancia discusión entre poesía clásica y verso libre, ni deplorar un hecho que originó a buena parte de mis poetas preferidos, que no son precisamente epígonos escolares de Darío. (Aunque Dario es, digámoslo, extraordinario). Sólo noto que había una técnica más o menos generalizada y que esa técnica parece haberse hecho mucho más rara.

Aún muchas historietas mudas, incluso, son verbales, en la medida en que su contenido puede parafrasearse con entera facilidad en un par de frases: cualquiera que intente “contar” un chiste de Sempé se hunde en el ridículo. Cuando la precariedad de medios técnicos es evidente, lo verbal se vuelve dominio absoluto.

¿Qué tiene que ver esto con la historieta?

La semana pasada tuve el gusto de ser anfitrión de un debate muy interesante, y por momentos un tanto crispado, sobre el estatuto del “chiste” en las formas breves de la historieta contemporánea argentina. El propio debate me impide usar el término “humor gráfico” si lo que postulo es que la presencia del chiste dejó de ser condición necesaria para constituir una de esas formas breves.

La situación actual da cuenta de varios fenómenos interesantes. Por un lado, la presencia de “chistes sin chiste” parece ligarse a un creciente uso de modos de producción cercanos a la institución arte, lo que implica polémicas sobre el valor de esa institución y sobre los modos humillados en que la historieta la espía.

Hay además un cambio muy fuerte en el modo en que una tira construye su núcleo de lectores. Me robo la idea de una conversación con un amigo: los contenidos cada vez más prescinden de los contenedores y el lector del diario, el que lo compra en el kiosco, es el lector minoritario de la tira, el que muy probablemente ni la lee o la detesta, y las tiras van creciendo solas y de manera lateral al medio, granjeando más popularidad en Internet que en la prensa. Y esos lectores que buscan especialmente a un autor y a veces ni saben en qué medio publica, establecen relaciones de complicidad que permiten abandonar la necesidad de un efecto directo en cada entrega. Seguir leyendo

09/10/2009

Historieta/Realidad

Por Federico Reggiani

La semana pasada me calcé una camisa de once varas y empecé a escribir sobre las relaciones entre la historieta y la política. Antes de terminar, ya estaba enredado con lo que quería decir: ¿hablaba de política, de actualidad, de realismo?

De todo un poco. Ensayo algunas precisiones.

Cité a Kioskerman y a Sasturain. Kioskerman notaba una relación entre grandes “acontecimientos externos” y su representación: a grandes hechos (guerras, masacres), relatos. No sé si hay pruebas de eso, en general aparecen desajustes, y los ejemplos canónicos son, para la historieta, contrarios: Maus se produce en EEUU 40 años después de Auschwitz, Persépolis en Francia a 20 años de la revolución iraní.

Sasturain, por su parte, notaba una tendencia a mirarse el ombligo en la historieta contemporánea, pero ese mirarse el ombligo está más relacionado -otra vez Maus, otra vez Persépolis- con la política y con lo real en el sentido más torpe de la palabra, que es el que más me gusta, que carradas de papel impreso con historietas de aventuras.

Alguna comprobación: la historieta, la argentina sin dudas, pero me arriesgo a extender el comentario a otros campos nacionales, no ha sido muy afecta a contar lo contemporáneo, ni lo real, ni lo político. El modo de producción es siempre una explicación plausible. La historieta es un medio tempranamente globalizado. La historieta norteamericana fue, durante mucho tiempo, historieta mundial: reimpresa, reformateada, plagiada y copiada en todas partes. La “escuela argentina de historietas” bien podría llamarse “escuela italiana de historietas”. Hoy tenemos “ibermanga” o “argentimanga” o “francomanga”. La “época de oro” de la historieta argentina nace con el editor Cesare Civita y la importación de dibujantes italianos y termina con los dibujantes argentinos dibujando para la Fleetway inglesa. Ningún “incentivo”, como dicen los economistas, para contar el presente o para mostrar la aldea. Existieron casos aislados, y espero que si a esta altura queda algún lector me aporte postulantes para la antología: la experiencia de Oesterheld (con El Eternauta y Rolo el Marciano Adoptivo, con La guerra de los Antartes después), las tiras de Trillo en Clarín (El loco Chávez, El Negro blanco), la línea Cuero, Superhumor, Fierro en tiempos de transición a la democracia. Sin embargo, me parece claro que con un sistema de producción como el que dominó de manera casi exclusiva la historieta hasta hace poco, la ficción y el género son refugios.

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02/10/2009

Historieta / política

Por Federico Reggiani

Una afirmación: la tradición de historietas políticas en Argentina, y quizás en el mundo, es casi insignificante.
Una aclaración: pienso en historietas no humorísticas (y evito construcciones como “historieta seria”, “historieta de aventura”, “historieta realista” porque llevarían toda discusión al mismísimo lado de los tomates).

Dos textos me pusieron a pensar en estas cuestiones. El primero, la pregunta pregunta 28 del imprescindible cuestionario que Kioskerman dedica a “Señoras y Señores del comic” en su blog, que generó cierta polémica cuando le tocó responder a Max Aguirre. La pregunta dice:

Siguiendo la premisa de que un autor “escribe sobre lo que conoce”, tengo la idea de que los artistas en tiempos de grandes guerras, grandes epidemias o grandes cambios sociales se han volcado más a cierto tipos de historias con tramas vinculadas a “acontecimientos externos”, que les han dado mucho sobre qué escribir. Y que en tiempos más tranquilos (más tranquilos que aquellos, no por ello menos conflictivos), como los que vivimos, se vuelcan más hacias sus mundos internos y sentimientos. ¿Qué pensás de eso?

El segundo texto es el final de las “Contraindicaciones” de Juan Sasturain en el número de septiembre de Fierro. Dice Sasturain:

En épocas de genuino interés introspectivo y/o franco boludeo con el registro de las vivencias propias en historieta, cabe recordar que hay gente y cosas (más) interesantes en esa zona tan rica, a nuestras espaldas en el tiempo, y en el espacio más allá de nuestro esternón.

(Pudoroso paréntesis autobiográfico, puesto que la pudorosa omisión sería más ridícula. El párrafo que cito completa un elogio a una historieta histórica que hicimos con el compañero Kraneo, lo que vuelve más interesante -para mí- el problema: alguien que me ha enseñado a pensar la historieta utiliza una historieta mía -sube el rubor- para oponerla a la moda autobiográfica a la que estoy subido desde Historietas reales).

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18/09/2009

Matabicho, por Lucas Varela

Por Federico Reggiani

MatabichoHacer listas y señalar con el dedo es de mala educación, pero creo que cualquier lista de los mejores historietistas argentinos actuales incluiría sin discusión a Lucas Varela. Desde el fanzine ¡Kapop! hasta El Síndrome Guastavino, que publicó Fierro y editó hace pocos días Random House Mondadori, ha ido publicando historietas de una coherencia sorprendente, repletas de obsesiones carnales y residuos pop que, si se me disculpa el uso de una metáfora, detestable hábito crítico que estoy tratando de esconder con esta acotación metalingüística, parecen salidas de la mente de un cirujano de esos a los que cada tanto se le muere un paciente por razones misteriosas.

Matabicho (Moebius, 2009) es una antología de historias breves de Varela. Hace unos años se publicó otra, Estupefacto (Domus, 2007, un libro que todavía se puede conseguir, y a buen precio) que habría que leer como compañía del que hoy reseño, sobre todo porque si un defecto se le puede buscar a Matabicho es que deja con ganas de más. La estrella de ambos volúmenes es el detestable Paolo Pinoccio, un muñeco de madera que suele dar unas vueltas por el infierno, destino que por lo general se merece. El libro es además un catálogo de la increible capacidad de Lucas Varela para inventar imágenes y objetos: desde esa pasta de almas en pena que sirve como aderezo y como lubricante sexual, hasta su insoportable Can Cerbero de bigotes o el enano al que le crecen las tetas cuando se fuma un Chesterfield. Todo es verosimil en sus manos.

¿Ahora bien: qué hace Lucas Varela? Construye, dibujo tras dibujo, un mundo desolado en el que sus criaturas viven con entera naturalidad. Una épica de la indiferencia (sé que la frase la robé, pero no encuentro de dónde, sigo): en sus historietas pasan cosas horribles, y a nadie parece importarle. En ocasiones, ni a las víctimas. Es interesante comparar las historietas publicadas en Matabicho con El Síndrome Guastavino. El Síndrome… (con guión de Carlos Trillo) cuenta hechos horribles, protagonizados por un sicópata, hijo de un represor, con exhibición de torturas y miserias. Sin embargo, cierto caracter alegorizante y una evidente posición de enunciación que distribuye antipatías hace al relato un poco menos desolado que las historias de Paolo Pinoccio, porque al menos hay una verdad y existe el bien. El espacio en que se desarrollan los relatos de Paolo (tanto como el espacio límpido de las ilustraciones que se incluyen en el libro) no parece dejar lugar para esas categorías.

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11/08/2009

Vitamina potencia

Por Matías F.

Aunque Federico Reggiani ya tiene libros publicados y administra desde hace años Historietas reales, no tenemos empacho en tenerlo por “nuestro”.

Es por eso que mostramos orgullosos la publicación de su Vitamina potencia en la última edición de la Revista Fierro con dibujos de Ángel Mosquito.

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