La gran llanura de los chistes
El concepto de chiste entró en crisis. Si durante mucho tiempo se pudo hablar de “la página de los chistes” de un diario, hoy la etiqueta empieza a perder sentido. Para no hablar en el aire, si pensamos estás tiras como chistes, ¿no le estamos dando a la palabra chiste un sentido nuevo?
El problema, previo a cualquier otra consideración, sería pensar qué cosa es un chiste. Para alguien con tanta resistencia al psicoanálisis como yo, algunas puertas están cerradas. Los académicos madrileños son una fuente tan poco confiable como los antiacadémicos vieneses, pero más sencilla: el diccionario de la RAE informa que un chiste es un “dicho o historieta muy breve que contiene un juego verbal o conceptual capaz de mover a risa”. La tira de Sala “mueve a risa”, la de Liners es un juego gracioso, la de Kioskerman es ya otra cosa. Pero en todos los casos, lo que ha sido alterado de modo evidente es la necesidad de una de esas construcciones sorprendentes -y graciosas- a efectos de justificar el género “tira”. No es necesario que se construya una tensión o una ruptura del sentido común, ni se ata la tira a su eficacia.
Algunas precisiones. No todos los autores de tiras y demás formas breves de la historieta (a los que empieza a ser problemático llamar humoristas gráficos) han abandonado el chiste tradicional, ni Liniers, Sala y Kioskerman (o Max Aguirre, Tute, el duo Langer/Mira en Clarín, o Rep) dejan de lado en todos los casos ese recurso. Pero me parece indudable que el chiste dejó de ser una condición necesaria para calificar algunos géneros o formatos característicos de la historieta, como la tira diaria sin “continuará”.


