08/09/2009

Entrevista a Manuel Fuentes Vázquez {2

Por Fabrizio Tocco (Desde Barcelona)

F: ¿Estarás de acuerdo conmigo en que en España se lee en mayor medida literatura argentina contemporánea que la literatura española que se lee en Argentina?

MF: Es cierto, pero sólo de 3 ó 4 años para acá. Ahora empezó a haber un flujo en el que empieza a ser más fácil encontrar literatura argentina o hispanoamericana, en general. Pero no ha sido tan fácil. Alfaguara, por ejemplo, tiene dos líneas editoriales: una española y una argentina. Lo que publica Alfaguara Argentina no llega aquí.

F: A excepción de Cortázar.

MF: Claro, pero Cortázar no solamente es Cortázar; Cortázar es un negocio. Que ahora va a seguir y que empezó hace años, cuando un señor que se llamaba Juan Cruz (te hablo de hace diez años atrás) dijo: “hay que leer a Cortázar”. Pero a Cortázar no hay que leerlo por obligación, hay que descubrirlo por devoción. Sin embargo, volviendo a tu pregunta, en Buenos Aires hay escaparates con literatura española contemporánea.

El escritor mexicano Gabriel Zaid, en Los demasiados libros (Mención especial del Premio Anagrama de Ensayo, 1996), estudió cómo el volumen de producción es tan inmenso que el fenómeno de la discriminación se ha convertido en algo imposible. De ahí que siga siendo válida la idea de la sólida base de los clásicos y a partir de ahí, operar. Hay que leer primero a los clásicos argentinos antes que a lo que escriben los contemporáneos. En Argentina, la gente se cachondea de La Cautiva de Echeverría: es lógico, porque se la metían a los pobrecitos niños como aquí en España se hacía con La Celestina, desde la primaria. Pero de meterlo antes de lo que toca hemos pasado al desprecio. Eso es peligroso. Con esto que estoy diciendo, quizá me esté volviendo un tanto viejo.

F: ¿De dónde surje esa hispanofobia mezclada con anglofilia-galofilia patente en las letras argentinas? Se me ocurren, como dos excepciones, Macedonio y Mujica. Después está la ambigüedad de Borges que admiraba a Cervantes y Quevedo, pero desdeñaba gran parte de la tradición española.

MF: Esta pregunta da para muchos prismas. Sintéticamente: el romanticismo español es una mierda. Aunque mis colegas hispanistas se enfaden mucho conmigo, no lo digo yo sino una autoridad: Dámaso Alonso, quien lo definió como un “movimiento rebotado, tardío y mediocre”. Más allá de la razón política (que el español fuera el enemigo en la construcción de la identidad literaria argentina decimonónica), el romanticismo español era una basura. Si lo comparas con el alemán, el inglés o hasta el francés, sacas la conclusión de que si te hablan de romanticismo español te están engañando. Creo que esa es la principal causa por la cual los argentinos rechazan la literatura española desde el momento de su nacimiento. Un colega argentino me dijo una vez, bromeando: “ustedes tienen toda la literatura de la edad media, el siglo XVI, un maravilloso XVII, déjennos a nosotros ahora, ¿no?”.

F: ¿Cómo explicás el Martín Fierro a tus alumnos españoles? Te lo pregunto porque he oído a algún profesor establecer una analogía entre el gaucho y el gitano.

MF: Ese paralelismo es erróneo. Para explicar el Martín Fierro, primero, no hay que explicarlo como lo hizo Unamuno. Desde una postura de usurpación.

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07/09/2009

Entrevista a Manuel Fuentes Vázquez {1

Por Fabrizio Tocco (Desde Barcelona)

Manuel Fuentes VázquezManuel Fuentes Vázquez. (Foto de Àngel Monlleó, nuestro agradecimiento especial a él)

Manuel Fuentes Vázquez (Villa Nador, Marruecos, 1953) es autor de los ensayos reunidos en El espejo de obsidiana. Estudios de literatura hispanoamericana y española (2007); fue presidente del VIII Congreso Internacional de la AEELH (2008); y editó junto a Paco Tovar, La aurora y el poniente. Borges (1899-1999), conjunto de ponencias en homenaje al centenario de J.L.B. Se doctoró en Filología Románica en la temprana transición española hacia la democracia. Hace ya dos décadas que se dedica apasionadamente a enseñar literatura hispanoamericana en una universidad catalana. Además de todo esto; me enseñó literatura en el secundario. Acaso él no lo sepa, acaso no importe demasiado para esta entrevista; pero este hecho mínimo en su biografía supuso uno de los factores claves para que yo me convirtiera en un entusiasta estudiante de letras, poco tiempo después. La inclusión de su testimonio en este ciclo radica en su experiencia al impartir clases de literatura en la Universidad del Salvador, en Buenos Aires, a principios de esta década.

Sur europeíza la literatura argentina hacia el sur. El proyecto de Ortega era germanizar la literatura española hacia el norte. De tal manera en que se da un juego entre las tesis que defendían Ocampo y Ortega de forma antitética. Sin embargo, ambos contaban con un aspecto común en sus proyectos que para mí es muy interesante: depurar la literatura de la lacra nacionalista

Nadie debería ignorar que el nombre auténtico de Manuel es “Manolo”. Después de algunos años sin vernos, Manolo me recibió en la húmeda terraza del bar de la Universidad Rovira i Virgili, Tarragona, capital catalana de la provincia homónima, ubicada al sur de Barcelona. Manolo padece una obsesión por Borges que él mismo no dudaría en calificar de patológica y se queja del “bochorno”, (curioso término peninsular que en criollo llamaríamos meramente “aire caliente”). Me invita un café: “aprovecha, che”. Me confiesa que se ha encerrado monacalmente este verano para leer las obras completas de Bolaño. Se ha gastado un dineral, dice. Ha sucumbido a la presión de sus pares universitarios, quienes ya no toleraban más su espera deliberada de unos años para acometer dicha empresa. Bolaño le gustó. Se interrumpe. “Luego se pueden retocar todas estas fotos en el Photoshop, ¿verdad?”. Manolo enciende un cigarrillo y se deja llevar por las preguntas.

Fabrizio: ¿Cómo nace tu relación carnal con la Argentina?

Manuel Fuentes: Supongo que podría remontarse a la infancia, al gaucho Martín Fierro, pero entonces entraríamos en tópicos. Realmente, la carnalidad con Argentina empieza muy pronto, pero empieza con Borges. Es una paradoja, ¿verdad? Porque si algo se le ha criticado desde el nacionalismo argentino (tanto de derechas como de izquierdas) fue el haberse dedicado a la literatura, por un lado, y que no le gustara el fútbol, por el otro.
También hay una vía familiar: una tía abuela (que aún vive) emigró hacia allá. Eso en un niño también crea un imaginario. Aunque en mi carnet de identidad diga lo contrario, antes me considero argentino, después francés, y finalmente, como decía Cernuda, “soy un español sin ganas”.
He estado dos veces en el país. La primera vez, fui invitado a un congreso en honor a Borges en Tucumán. Ése fue mi descubrimiento de la otra Argentina, porque en Buenos Aires estuve de pasada. La segunda vez, ya estuve dando clases en la Universidad del Salvador. Viví un mes en una casita en la Avenida Pueyrredón, que la Universidad me facilitó todavía en tiempos de corralito. Tengo sólo agradecimientos por todo lo que me brindaron. Después conocí Mar del Plata, donde vive una catedrática que es amiga mía, Elsa Calabrese. Pero sobre todo quería ir allí por Girondo y su poema liminar de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, fechado en Mar del Plata, 1921. Quería ponerme delante del mar para trabajar mejor de vuelta el poema con mis alumnos en clase.

F: ¿Qué diferencias notás entre los sistemas universitarios español y argentino?

MF: La primera diferencia es notabilísima: intentar que un estudiante argentino admita a un profesor español. Digamos que los españoles no somos muy bien vistos en el mundo académico argentino. Entre toda Hispanoamérica y Europa (pero fundamentalmente, España) se produce una gran red de afectos y desafectos. Lo digo por ahí, en algún articulito, si se me permite el autoplagio. Hay un corte que los historiadores de la literatura suelen situar en el Romanticismo, cuando empieza a puentearse España: los intelectuales van de Argentina a Francia. Eso siguió hasta hace no mucho. Por otra parte, yo creo que la gente que iba a dar conferencias a Buenos Aires era pesadísima. Ortega y Gasset, Ramón Gómez de la Serna… tenían que decirle, «¡cállese usted!» y los echaban del teatro. Contribuyeron al mito del español realmente pesado. Al único que aguantaban (aunque fuese pesado) era Lorca, porque iba con Neruda que era más pesado que él. Creo también que tuvo mucho que ver Victoria Ocampo, que a la sazón era la directora de Sur, (con aquel maravilloso equipo de los años treinta) pero también colaboraba en Revista de Occidente,

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