Hiperviaje a Una luna, de Martín Caparrós
Dicen que Martín Caparrós puede convertirse en el prócer argentino de la crónica periodística. Cierto es que lleva varios kilómetros en su bigote y muchísimas más palabras por detrás. Cierto también, es que viaja. En uno de esos enredos aeroportuarios, de check-in, check-out, concibió Una Luna: diario del hiperviaje, una serie de crónicas sobre jóvenes migrantes alrededor del globo (encargadas por la ONU). Son los entretelones y pensamientos de un señor que empieza a preguntarse en voz alta si no está ya demasiado viejo.
Gracias a Eterna Cadencia que nos cedió la foto de Martín Caparrós, por Lucio Ramirez
Las búsquedas de Caparrós giraron, en principio, sobre la mirada subjetiva del que cuenta la historia:
Y el placer, para mí, de hacer de la mirada pretendidamente neutra del reportero un ojo caprichoso. Esconderse en un cruce: deslizarse más acá del periodismo, más allá de la literatura, para ocupar un lugar sin espacio: escribir crónicas
decía en Larga Distancia (1992), su primer libro sobre ese género.
Más de quince años después, a Caparrós le interesa el movimiento, el desplazamiento de un lugar a otro. Qué significa moverse, irse, visitar, llegar, esperar, pisar un lugar, huir en general ¿Qué es lo que impulsa a la gente para moverse? Podría ser una pregunta caparrosiana que guíe el texto. Dentro de ese movimiento, no se le olvidaron los modos: el hiperviaje es su criatura conceptual.
Hijo de la globalización e internet, el hiperviaje es esa posibilidad de ir hacia la otra punta del mapa en un click. Pasar de un aeropuerto nevado y envuelto en un cielo gris, a uno de vigas ardientes por la inclemencia de un sol abrasador, tras unas pocas horas sentado, atendido por una solícita azafata y distraído por unos videítos berretas en la pantallita personal. En las distancias kilométricas hay un hipersalto, una negación del espacio, ¿un no viaje? Es eso de que antes la gente viajaba, ahora la viajan.





