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16 agosto 2007

Invención

Este cuento es mío. Lo escribí hace varios años. Lo encontré ayer, en una hoja amarillísima con manchas de café.

Invención

Tengo esta imagen: un hombre sentado en el primer asiento de un colectivo lleva a su hijo dormido en el regazo. Sé que el nene se llama Tomás, pero el nombre del padre se me escapa. Sólo para que el relato gane fluidez, llamémosle Adolfo.
Tomás tiene menos de dos años, balbucea algunas palabras. Parecería que una es papá, aunque Adolfo se cuida mucho de creerlo. Adolfo sabe que no quiere a su hijo. Tomás sólo representa la confirmación de que una vez tuvo la estúpida idea de casarse. (Los encontramos el domingo a la tarde, la vuelta a lo de la exmujer a devolver a Tomás).
El recorrido es largo, Adolfo está incómodo. A su lado se ha acomodado una joven que lo obliga a replegarse en su asiento y a apretarse aun más al chico, a sentir aun más la presencia que busca negar.
Han pasado unos minutos, la muchacha se ha dormido. Adolfo, entonces, puede estudiarla sin el temor de ser descubierto. Bella, de unos veintidós o veintitrés años. Lleva el pelo negro recogido. En una segunda mirada, reconoce una redondez: está embarazada, quizá de cinco meses. Adolfo tiene un gesto inesperado: sonríe.
El colectivo toma Avenida Casares. Dobla con rudeza, de la manera en que nos tienen acostumbrados los colectiveros porteños. La joven, dormida, se acomoda. Ahora apoya su cabeza en el hombro de Adolfo.
Adolfo está sorprendido. Está mucho más incómodo que antes. Le duele la costilla en la que Tomás le clava un codo. Y sin embargo, sigue sonriendo.
Una anciana sube al colectivo y, mientras espera que la máquina se decida a aceptar sus monedas, saluda con un guiño al padre feliz. Adolfo, entre cansado y contento:
– Volvemos de una tarde de sol y plaza.
– Tenés una familia hermosa.
– ¡Sí, gracias! – y tras un segundo, no pudiendo contener su orgullo: – Tommy ya dice papá.
La mujer se pierde en un asiento del fondo. Adolfo no se da cuenta del tiempo que su boca mantiene la sonrisa.
Finalmente llegan a la parada en que padre e hijo deben bajar. Adolfo logra liberarse de la joven y llega a la puerta con Tomás todavía dormido. Bajan. El colectivo acelera y sale de la escena. Sólo un poco del humo del caño de escape recuerda su presencia.
Adolfo aprieta el paso, el ceño fruncido. Tomás le pesa. Quiere entregarlo lo más rápido posible. En un rato transmiten el partido por tevé y no quiere perdérselo.

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16 julio 2007

Microrrelatos

El viernes pasado disparé un juego: armar en el blog una reunión de microrrelatos policiales. La propuesta fue para bloggers literarios, habituales comentadores en Hablando del asunto, algunos amigos. Se lo propuse a pocos, como experiencia piloto. Lamentablemente afuera quedó gente muy presente del blog de quienes no tengo el mail (sirva como disculpas).

Para hacerlo difícil, cada uno debía arrancar su cuentito con un cliché: "la boca del arma todavía humeaba". Para hacerlo viable, puse como fecha límite de entrega, hoy al mediodía.

La idea fue muy bien recibida, agradezco a todos los que respondieron, sobre todo a quienes se animaron a escribir. A ver quién toma la posta.

Micorrelatos
(Arranco con el mío porque me la banco...)

  • Patricio Zunini
    La boca del arma todavía humeaba. Perry la miraba fascinado. Dick presumía las manchas de sangre. En el espejo retrovisor, la casa de los Clutter se iba haciendo cada vez más pequeña. Era un gran día.
  • MIC
    La boca del arma humeaba todavía, el cuerpo de Milena inherte, ya el arma en su mano, salgo a lavarme su sangre inoportuna. El teléfono suena, dudo, e indebidamente escucho: -¿Milena? latidos en mis sienes, frío medular, y luego: - sí, soy yo.
  • Alejo González Prandi (La víspera)
    Café
    La boca del arma todavía humeaba. Cerró el libro. Fue a la cocina y prendió la hornalla. La mujer miraba en el living algunas fotografías. Tomó el filtro y vertió el agua. Esta foto puede venir bien para nuestra habitación. Los ojos marcaron el último gesto. Porque las paredes están muy blancas y el espacio adrede, me dijeron, convoca fantasmas. El café estaba caliente. La boca se le entumeció. Separé la foto para que la puedas ver. Sería ideal que no sueñes tanto con carnicerías. Ya leí tu diario. Agua negra en dos tazas blancas dispuestas en el mármol. El sudor fue una sábana desde el hígado y sintió el temblor. Bueno, puede ser esta otra también. Tiene más grises, pero el otoño me hace acordar a mi padre. Levantó la bandeja. Hubo más equilibrio que fuerza. Miró al frente y un calambre en forma de equis copó el desolado campo que va del esternón a la nuca. ¿Qué haces en la cocina? Estas fotografías están muy logradas. El autor era un muchacho joven. Audaz. Lo mataron ayer en la ruta. Iba para Comodoro Rivadavia. Dicen que los accidentes de autos es la principal causa de muerte en el país. Yo no sé porqué la gente no mira por donde vive. El silencio entornó el paso. Había gravedad en sus bolsillos. Fue el frío repentino y después la normalidad. Apoyó la bandeja sobre el algarrobo y contempló a la mujer, que todavía humeaba con la boca sin armar.
  • Ana (Felices juntos)
    Vio que la boca del arma humeaba todavía cuando se precipitó a la habitación al escuchar el estruendo.Los ángulos eran casi los mismos: Gloria boca arriba, los brazos abiertos, los ojos cerrados, el tiro en la frente. La pistola sobre la mesita de noche, como él la había dejado tras dispararla hacía unas horas, apuntando solitaria hacia la puerta desde la que él ahora temblabla porque muy despacio descubría un punto rojo en la sien derecha de su Gloria, y la ventana abierta, por la que acababa de escapar otro amante desdichado que consumaba una venganza tardía.
  • Catador oculto
    la boca del arma todavía humeaba, su padre y su hermano entraron corriendo a la habitación. El estruendo los sobresaltó, pero nada como lo que vieron después.
  • Matiastideida (Malísimo

    La boca del arma todavía humeaba, Aristóbulo se sintió seguro. Creyó haber acabado con todos los maleantes de la ciudad con aquella última bala, cuando sintió algo punzante en la espalda.
    -¿Creíste que te ibas a quedar con todo? -preguntó Segismundo mientras insistía con la presión-
    -¿Por qué Ziggy, por qué te vendiste?
    -No me vendí, tonto -rápidamente Ziggy dio vuelta a su compañero, mientras continuaba apuntándole- Nunca entendiste nada. ¿Pensás que todos estos van a desaparecer de hoy para mañana? ¡No! Mañana habrá hijos de puta como estos, dispuestos a matarme y a matarte.
    -¿Entonces vos vas a convertirte en el hijo de puta? -El detective miraba al traidor con ojos tranquilos-
    -¡No te hagas el piola Aristo! Soy yo quien tiene el arma.
    -Decime por qué. ¿Qué te hizo traicionarme así? Siempre fuiste un hombre recto, no me entra en la cabeza este cambio. ¿Me matarías por un puñado de dinero?
    -La pregunta es, Aristo. ¿Vos me matarías?
    -¿Qué decís Ziggy?
    -¿Te acordás cuando boletearon a mi mujer? -preguntó el policía traidor-
    -Claro que me acuerdo Ziggy: cagamos a tiros al killer. -el tartamudeo en la pabra killer fue evidente-
    -¡No te hagas el boludo! -Segismundo levantó el arma y apuntó directo a la cara de su compañero- Hace meses que te estoy siguiendo el juego. Encontré un corpiño de mi mujer en tu alacena a la semana de su muerte. Cuando me hacías café para consolarme. Poco me costó darme cuenta del resto. Al tiempo encontré guita en tu cuenta bancaria. Mucha guita.
    -Ziggy, solo fue una noche. No te lo conté para no ensuciar su memoria... jamás podría haberla matado, yo también la quería. -la explicación de Aristóbulo parecía sincera-
    -¡Hijo de puta! ¡La mataste! Ahora se acaba todo. Vas a pagar. Me voy a quedar con todo: la guita, las balas y tu nombre. ¿Cuánto hace que te vendiste, eh?
    -No me vendí, Ziggy. Te juro que no. Solo te estábamos probando. El comisario pensó que con la muerte de tu mujer y los problemas de alcohol caerías rápidamente.
    Las tres balas sonaron fuerte y el cuerpo sin vida de Segismundo cayó al suelo, sobre el de algún mafioso desconocido que todavía conservaba su temperatura.
    Dos policías vestidos de uniforme entraron tras él, de frente al detective.
    -¿Está bien, detective? -preguntaron a coro-
    -Si, estoy perfectamente. ¿Qué dijo el comisario sobre lo mío, Ramón? -el detective llamaba a sus agentes de confianza por el nombre de pila-
    -El comisario dijo que lo suyo ya estaba depositado, que le agradecía por todo y esperaba verlo el lunes en su oficina.
    -Perfecto muchachos, ¿vamos a comer unas pizzas?
    -¿Y con estos fiambres qué hacemos? -preguntaron los agentes.
    -No se calienten. Que los levante la cana. ¿Vamos?

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22 mayo 2007

Laiseca narrando La Balsa de Stephen King

Alberto Laiseca tenía un micro en I-Sat donde narraba cuentos de terror (llegó a ganar un Martín Fierro). Ese micro se convirtió más tarde en libro + video, contribuyendo a la figura de monstruo que el propio escritor se construyó.

De allí, la narración de La Balsa de Stephen King:

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07 abril 2007

La confesión

El texto de Manuel Peyrou apareció en la Ñ de hoy. Allí cuentan que Peyrou, "dilecto amigo de Borges, se destacó en el cuento breve y en el relato policial". No conozco nada de él, pero este cuento me despertó la curiosidad.

La confesión
En la primavera de 1232, cerca de Avignon, el caballero Gontran D'Orville mató por la espalda al odiado conde Geoffroy, señor del lugar. Inmediatamente confesó que había vengado una ofensa; pues su mujer lo engañaba con el conde.
Lo sentenciaron a morir decapitado, y diez minutos antes de la ejecución le permitieron recibir a su mujer en la celda.
- ¿Por qué mentiste? -preguntó Giselle D'Orville-. ¿Por qué me llenas de vergüenza?
- Porque soy débil -repuso-. De este modo me cortarán la cabeza, simplemente. Si hubiera confesado que lo maté porque era un tirano, primero me torturarían.

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02 abril 2007

Conciencia

Uno de mis cuentos preferidos de Italo Calvino, en la Gran Bonanza de las Antillas.

Se declaró la guerra y un tal Luigi preguntó si podía alistarse como voluntario.
Todos le hicieron un montón de cumplidos. Luigi fue al lugar donde entregaban los fusiles, tomó uno y dijo:
- Ahora voy a matar a un tal Alberto.
Le preguntaron quién era ese Alberto.
- Un enemigo -respondió-, un enemigo mío.
Los otros le dieron a entender que debía matar a cierto tipo de enemigos, no los que a él le gustaban.
- ¿Y qué? -dijo Luigi.- ¿Me tienen por ignorante? El tal Alberto es justamente de ese tipo, de ese pueblo. Cuando supe que le hacían guerra, pensé: "Yo también voy, así puedo matar a Alberto". Por eso vine. A Alberto lo conozco: es un sinvergüenza y por unos centavos me hizo quedar mal con una mujer. Son viejas historias. Si no me creen, se lo cuento todo con detalle.
Los otros dijeron que sí, que de acuerdo.
- Entonces -dijo Luigi- explíquenme dónde está Alberto, así voy y lo peleo.
Los otros dijeron que no lo sabían.
-No importa -dijo Luigi.- Haré que me lo expliquen. Tarde o temprano terminaré por encontrarlo.
Los otros le dijeron que no se podía, que él tenía que hacer la guerra donde lo pusieran y matar a quien fuese, Alberto o no Alberto, ellos no sabían nada.
- Ya ven -insistía Luigi-, tendré que contárselo. Porque aquél es realmente un sinvergüenza y hacen bien en declararle la guerra.
Pero los no querían saber nada.
Luigi no conseguía dar sus razones:
- Disculpen, a ustedes que mate a un enemigo o mate a otro les da igual. A mí en cambio matar a alguien que tal vez no tenga nada que ver con Alberto, no me gusta.
Los otros perdieron la paciencia. Alguien le dio muchas razones, y le explicó cómo era la guerra y que uno no podía ir a buscar al enemigo que quería.
Luigi se encogió de hombros.
- Si es así -dijo-, yo no voy.
- ¡Irás ahora mismo! -le gritaron-. ¡Adelante, marchen, un-dos, un-dos! - Y lo mandaron a la guerra.
Luigi no estaba contento. Mataba enemigos, así, por ver si llegaba a matar también a Alberto o a alguno de sus parientes. Le daban una medalla por cada enemigo que mataba, pero él no estaba contento. "Si no mato a Alberto", pensaba, "habré matado a mucha gente para nada". Y le remordía la conciencia.
Entre tanto le daban una medalla tras otra, de toda clase de metales.
Luigi pensaba: "Mata que te mata, los enemigos irán disminuyendo y le llegará el turno a aquel sinvergüenza".
Pero los enemigos se rindieron antes de que hubiese encontrado a Alberto. Tuvo remordimientos por haber matado a tanta gente por nada, y como estaban en paz, metió todas las medallas en un bolso y recorrió el pueblo de los enemigos para regalárselas a los hijos y a las mujeres de los muertos.
En una de esas veces encontró a Alberto.
-Bueno -dijo-, más vale tarde que nunca. - Y lo mató.
Fue cuando lo arrestaron, lo procesaron por homicidio y lo ahorcaron. En el proceso él se empeñaba en repetir que lo había hecho para tranquilizar su conciencia, pero nadie lo escuchaba.

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Tusquets publicó La gran bonanza de las Antillas en la colección Fábula, traducida por Aurora Bernárdez

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20 febrero 2007

Las víctimas de la Revolución

vidas breves de idiotasUn soldado, durante el segundo año de la república, durante la Revolución francesa, propuso al comité de salud pública un cañón de efectos terribles inventado por él.
Se preparaba para un cierto día la prueba, en Meudon; pero Robespierre le escribió al inventor una carta tan llena de elogios que a su lectura éste se quedó duro como la piedra. Hubo que mandarlo al manicomio en estado de completo idiotismo y del cañón no volvió a saberse nada.
Esto se lee en el tratado médico de Felipe Pinel, que cuenta también cómo durante la misma Revolución había a menudo melancólicos que creían tener la cabeza llena de una materia muy pesada, y otros totalmente vacía y seca como una nuez. Un melancólico creía en cambio que un terrible déspota le había cortado la cabeza. Pero para convencerlo de que eso no era verdad, su médico le hizo hacer un gorrito de plomo y le ordenó que lo llevara durante toda la Revolución, para que el peso tremendo le demostrara que siempre tenía la cabeza entre los hombros.
Esta cuestión de tener la cabeza creaba en aquellos tiempos muchas suposiciones. También un relojero, muy estimado en París, creía que la cabeza ya le había sido cortada y que había andado por ahí rodando después del patíbulo junto con muchas otras más; y creía que los jueces, arrepentidos por sus sentencias, habían ordenado recoger las cabezas y volver a pegar cada una a su respectivo cuerpo. Pero por un error a él le habían puesto la cabeza de otro. Esta idea lo molestaba:
– Mire mis dientes –repetía–, los tenía tan lindos y ahora están todos cariados, miren la boca, yo la tenía sana y ahora está toda infectada y asquerosa.
A veces este relojero bailaba y cantaba en su negocio como si tuviera desenroscado el cuello; a veces se enfurecía solo y golpeaba la frente contra cualquier cosa, para romperla. Daba vueltas por París en busca de su cabeza original y corría a todas las ejecuciones a buscar en el cesto donde se amontonaban las cabezas para ver si encontraba la suya.
Un día se encontró con un colega y hablaron del famoso milagro de San Dionigio, que caminaba con la cabeza en la mano y la besaba. El relojero sostenía con ardor que esto era posible, que no se trataba de un milagro, y se ponía a sí mismo como ejemplo. A lo que el otro estalla con una risotada:
– Pero verdaderamente eres un descerebrado –le decía–, ¿cómo podía San Dionigio besar su propia cabeza? ¿con la punta de los zapatos?
Esta réplica inesperada desconcierta mucho al relojero, que se retira confundido en medio de burlas y risas. Nunca más volvió a hablar de la sustitución de la cabeza; se dedicó a su profesión con el mayor escrúpulo; pero prefirió en general no volver a abrir la boca para nada.
Esto lo cuenta siempre Pinel, para demostrar cómo la lógica a veces es una buena cura para la idiotez.
En Vidas Breves de Idiotas, Editorial Eudeba, Buenos Aires, 1999, 1º Edición, págs. 49-50

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07 febrero 2007

Mi Cortázar favorito

Conocí a Cortázar con Historia de Cronopios y de Famas.
Aquí dejo unos cuentos breves de mi Cortázar favorito.


Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj
[el cuento narrado por Cortázar: 2' 20"]
Piensa en esto: cuanto te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente un reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes: no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a su cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj: te regalan la obsesión de atender
a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a tí te ofrecen en el cumpleaños del reloj.


Historia verídica
A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar con las baldosas. El señor se agacha afligidísimo porque los cristales cuestan muy caro, pero descubre con asombro que por milagro no se han roto.
Ahora este señor se siente profundamente agradecido y comprende que lo ocurrido vale por una advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y adquiere en seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche, y al agacharse sin mayor inquietud descubre que los anteojos se le han hecho polvo. A este señor le lleva un rato comprender los designios de la Providencia son inescrutables y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora.


Historia
[el cuento narrado por Cortázar: 0' 24"]
Un cronopio pequeñito buscaba la llave de la puerta de calle en la mesa de luz, la mesa de luz en el dormitorio, el dormitorio en la casa, la casa en la calle. Aquí se detenía el cronopio, pues para salir a la calle precisaba la llave de la puerta.


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01 enero 2007

John Berger inédito

Publicado en Ñ el sábado 30/12/2006

En casa
John Berger

Así que quieres una historia sobre estar en casa, dijo ella, ahí te va una:
Tenía trece años, tal vez catorce. El ya tenía voz de hombre pero no el ritmo de una voz de hombre. Estaba sufriendo y estaba decidido a que no se le notara. K y dos chicos más habían golpeado a mi puerta y me habían despertado. Cuando hay problemas y corre la sangre, la gente suele venir a consultarme porque saben que trabajo en la farmacia. Y yo asumo ese rol porque, a pesar de lo que muchos creen, eso me hace la vida más fácil. Raf estaba herido en la pierna y no podía apoyar el pie derecho. Había venido saltando en un pie, los dos brazos alrededor de los hombros de los otros. Se llama Raf, me dijeron.
En los tiempos en que vivimos, el coraje espontáneo empieza bien en la juventud. Lo que viene con la edad es la resistencia el cruel regalo de los años.
Le dispararon desde uno de los jeeps; estaba afuera después del toque de queda. El se las arregló para arrastrarse bajo un camión abandonado y después, esconderse en un lugar en ruinas. Dije a los chicos que lo iba a examinar a solas, en la farmacia. Así, si las luces llamaban la atención –era más de medianoche–, ellos no quedarían implicados.
Buscamos una camilla de lona, pusimos a Raf encima, lo llevamos hacia atrás por el camino roto y después, lo pasamos a la camilla permanente que está en la habitación trasera de la farmacia. Aparentemente, había perdido una buena cantidad de sangre.
Le dije a K que podía volver en una hora si quería y que si, por cualquier razón, encontraba la farmacia cerrada y con candado, eso significaría que yo me había llevado a Raf al hospital, de urgencia.
Los tres se me quedaron mirando como si yo me hubiera vuelto inmensamente grande. Probablemente no haga falta, les dije para tranquilizarlos, voy a hacer todo lo que podamos para evitarlo pero tenemos que pensar en todo, ¿no es cierto? Si estamos aquí, golpeen a la puerta tres veces.
Cuando nos quedamos solos, Raf me sonrió. Una sonrisa rara para alguien tan joven, como si ambos, los dos, hubiéramos pasado un examen para hacer algo, y la sonrisa fuera de reconocimiento y orgullo por eso.
Tiraron cinco cargadores y creo que erraron tres, dijo.
¿Dónde está tu madre?
En la aldea.
¿Qué estás haciendo aquí?
Trabajando.
Trabajas hasta tarde...
Usted también trabaja hasta tarde, contestó él y se frotó los ojos. Yo no supe si era por dolor o como señal de complicidad. Tal vez, las dos cosas.
Le saqué los vaqueros, le limpié la pierna y corté con tijeras el torniquete que le habían hecho en la parte superior del muslo. No hubo un brusco chorro de sangre así que, gracias a Dios, no habían tocado la arteria. El me miraba, curioso, pero no sobre su situación inmediata: ¿Sabe con qué sueño?, me preguntó.
Yo controlé sus reacciones tocando la planta del pie polvoriento, manchado de sangre, y la pierna se retorció como es debido. Los nervios le funcionaban bien. Le lavé los pies.
¿Sabe con qué sueño?, repitió él.
No, dime. Ahora te voy a examinar la herida; si te duele demasiado, me lo dices en voz baja.
Sueño, dijo, que estoy panza arriba en la cubierta de una lancha a motor y usted está manejando y estamos lejos de la costa y la lancha está golpeando las olas. Zump. Zump.
Eran dos heridas adyacentes. Una era larga y no muy profunda y la otra era fea y pequeña y profunda. Supuse que la bala que había causado la primera había entrado por una tangente porque la habían disparado desde arriba y había vuelto a salir donde terminaba la herida, sobre la rodilla.
¿Adónde va nuestra lancha?, le pregunto mientas levanto con la mano izquierda el pequeño instrumento que sirve para abrir los labios de una herida. La orilla de una herida, como dicen los franceses, como la orilla de un río.
En la mano derecha, tengo una cánula y con la punta, golpeo con delicadeza a todo lo largo de la abertura; espero oír un ruido metálico o tocar bruscamente la dureza del metal. Es más fácil registrar una bala incrustada así que verla con los ojos.
Así que, ¿adónde vamos?, pregunta él. Estoy acostado en cubierta y usted está en el timón. ¿Adónde vamos?
No había ninguna bala. Dejé caer el labio. Ahora, la fea.
¿Sabes una cosa sobre los sueños de todos ustedes, los hombres?, le pregunto.
Dígame, dice en tono áspero.
Les encanta soñar con el confort...
Estaba buscando y oí el ruido del metal. Dos golpes más. Una bala.
Y las mujeres, ¿qué es lo ellas...? De pronto, apretó los dientes.
Vamos a hacer algo para que te deje de doler, Raf.
No se vaya.
¿Crees que te voy a dejar en la camilla? Espera treinta segundos.
Crucé hacia los analgésicos donde encontré la morfina que estaba buscando.
Voy a darte una inyección en el hombro.
Le di la inyección (5 mg) y los dos esperamos.
¿Y con qué sueñan las mujeres?, preguntó por fin.
Con que los lugares ya no estén separados, le digo.
Los lugares tiene que estar separados, ¡para eso están los kilómetros!
La lógica tranquila de su respuesta me recordó a mi esposo, que está en prisión.
No mires ahora, susurro, cierra los ojos.
Con los ojos cerrados, me asusto, veo las Uzi 5s que me están apuntado.
Entonces, mírame la cara, no las manos.
¡Así que tiene hoyuelos!, dijo, todavía tiene hoyuelos.
Desde el fondo de la herida, saqué con los fórceps una bala verdosa como un diente podrido. El ni siquiera se estremeció. Después, hice gotear un poco de antiséptico en la herida hasta que rebalsó como un volcán. El cerró el puño derecho, solamente eso.
Levanté la bala de 30 mm de la Uzi con un par de pinzas y se la mostré.
Y él empezó a sollozar. Puse mi cabeza junto a la de él, y después de unos minutos, se durmió.
Le cierro las heridas con hilo y una aguja curva chiquita. Después de que cada uno de los puntos acerca las dos orillas del río, hago un círculo con el hilo alrededor de las pinzas que sostienen la aguja para hacer un nudo. Procedo, nudo por nudo. La herida quiere que la una.
Hacer los nudos me hizo recordar los dedos de mi abuela y la forma en que se movían cuando ella estaba bordando. Eran dedos más diestros que los míos.
Le hago dos vendajes, le pongo una almohada bajo la cabeza. Y hamaco la camilla imitando una lancha que cabalga en las olas que se levantan a su paso.
Eran las 2.30 de la mañana. Estábamos solos, estábamos esperando. Todo estaba tranquilo.

Revista Ñ, 30/12/2006 - Traducción: Márgara Averbach

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07 noviembre 2006

Tabaré Vázquez lee a Rulfo

[Literatura infiltrada]

El domingo Tabaré Vázquez, en un discurso pronunciado en la Cumbre Iberoamericana, incluyó una fábula de Juan Rulfo. Pude verlo por tv, pero justo cuando estaba llegando al final, los amigos de TN (que no debían estar escuchando nada de lo que se decía), pasaron a otra noticia...

Después de buscar un rato en internet, encontré el cuento en Pláticas con Juan Rulfo.


Este es el texto que, con alguna modificación, leyó Tabaré:


En esos pueblos de Dios, donde todo es penuria y dolor, vivía una pobre vieja junto a un raquítico manzano que era todo su haber. Los escuincles del lugar en cuanto el árbol daba frutos, subían la cuesta de noche y robaban la fruta verde, riéndose a carcajadas de los gritos y amenazas de la tía...
Un día aparece el señor y, tocando en la choza de la anciana, le pidió algo de comer. Ella, muy apenada, le dijo: aquí no tengo nada más que este pobre manzano. El señor, conmovido, le prometió cumplir tres deseos y, ella, sin titubear le dijo:
- Cuando me vaya a morir, me mandas avisar un día antes.
- Concedido - respondió el Señor
- Cuando los muchachos del pueblo se suban al árbol... que no se puedan bajar.
- Concedido.
- Y sólo cuando yo lo mande, lo puedan hacer.
- Concedido - repitió el señor.
Pasaron los años y un día, se presentó la muerte y, cumpliendo con la promesa, le avisó a la anciana, que su tiempo había concluido. La viejita le pidió subir al árbol y cortarle el último fruto que comería antes de morir. La muerte condescendió y, cuando trató de bajarse, imposible. Al sentirse atrapada se angustió, amenazó, rogó y rogó, pero todo en vano. La viejita le decía: "Si me prometes la vida, yo misma te bajaré del árbol. La muerte se negaba a negociar y desquiciada clamaba al Señor: "yo tengo mucho trabajo, ya se me están quedando muchos vivos; a pesar de los tiros y puñaladas nadie puede morirse porque yo estoy aquí prisionera, no cumplas con tu promesa, Señor".
El Señor se negaba a romperla; pero, un día, ya fastidiado le dijo a la muerte: "Acepta, y olvídate de ella". Esa madrugada, la muerte desesperada le grito a la tía prometiéndole la vida y ella la dejó bajar, desde entonces quedó viva la tía Miseria en mis pueblos y, por eso mi gente no puede librarse de ella.

Porqué publiqué esta entrada:
¿Será la miseria la razón de las papeleras?

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